RESEÑAS DE VETAS

Libros recién publicados y textos de interés permanente.

Nombre: pedsarod
Lugar: santo domingo, Dominican Republic

9.6.07

Novedad: "Contra la República Perfecta" de Adolfo García Ortega



Reseña:

"Contra la República Perfecta" de Adolfo García Ortega

Abada Editores, Madrid 2007


ÍNDICE
Contra la República Perfecta 5
Invisibilidades 25
Los tres Tblínn 35
Notas (estructuralistas) sobre Alonso Berruguete
a la manera de Roland Barthes 39
El cuadro chino 45
La taxista mexicana 53
Dos poemas nihilistas 59
Notas para un poema sobre Moscú (1988) 65
Acerca del hecho de estudiar lenguas exóticas 73
Tipología de los diarios 77
Me acuerdo 91
60 notas sobre Bouvard et Pécuchet 101
Mi película favorita 123
Fidelidad / Infidelidad 129
Proust entre los mortales 137
Tanto por olvidar, por recordar 147


ADOLFO GARCÍA ORTEGA
Contra la República Perfecta

Desmitificación de la literatura, espíritu libertario, mosaico de homenajes,
juegos para amantes de los artificios (y artefactos) literarios, ensayos en
estado puro, biografía camuflada de relato, todo esto más alguna sorpresa
inesperada puede encontrarse en Contra la República Perfecta , una especie
de caja portátil de géneros en miniatura. A lo largo de los distintos textos
de este libro, el lector se ve enfrentado a un entretenido mapa para
orientarse por el territorio desacralizado de la escritura, a la vez que se
traza un guiño cómplice a quienes, como el autor, son fanáticos
enamorados de los libros.

Hay muchos ecos de los escritores preferidos de Adolfo García Ortega,
como Georges Perec, Raymond Queneau o Gustave Flaubert. Y también
mucha ironía, como el texto que da título al libro, especie de gran sátira de
la profesión de escritor y de su mundo viciado. Los Diarios como
representación, la vida doméstica de Proust, el análisis detallista de
Bouvard et Pécuchet, el cine de Fritz Lang, la escultura de Berruguete
estudiada como un texto, o el relato sobre un tapiz chino del siglo XI son
algunos de los asuntos tratados en este libro lleno de ecos literarios y
agudas reflexiones de nuestro más genuino escritor postmoderno.

* * *
A DOLFO GARCÍA ORTEGA nació en Valladolid, en 1958, y vive en Madrid
desde 1982. Ha estado vinculado al mundo del libro, la comunicación y la
literatura desde 1980. Actualmente es Adjunto a la Dirección del Área
Editorial de Grupo Planeta. Ha escrito libros en el campo de la poesía, del
ensayo, del relato y, sobre todo, de la novela. Como poeta, destacan sus
libros Fortuna , Las cenizas del paraíso y otros poemas, Travesía y Te
adoro Kafka.
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Ha publicado los libros de relatos Privado paraíso y Un fin
de siglo, género en el que obtuvo el Premio NH de Cuentos 1997 y el
premio UNED de Narración Breve 2004. Sus novelas son Mampaso , Los
días rusos, Café Hugo, Lobo, El comprador de aniversarios (Premio Dulce
Chacón 2004) y Autómata (Premio de la Crítica de Castilla y León 2007).
Algunas de sus novelas se han traducido a varios idiomas. Colabora
habitualmente en el diario El País .
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25.5.07

"Pelando la cebolla" / Gunther Grass


Günter Grass: "Me dejé seducir por el nazismo sin hacer preguntas"


Pelando la cebolla
Günter Grass
Colección: Literaturas
Páginas: 456
Fecha de publicación: 16/5/2007
Género: Novela
Precio: 21.50 €
ISBN: 978-84-204-7140-2
EAN: 9788420471402

«El recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella.»
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Pelando la cebolla es un extraordinario ejercicio de memoria en el que Günter Grass se pregunta sin autocomplacencia y con absoluta sinceridad por los sucesos que marcaron los primeros años de su vida. Desde su niñez en Danzig, su incorporación a la Waffen SS, su trabajo como minero sobre los escombros de aquella Alemania de posguerra, hasta su exilio en París, donde escribirá a lo largo de dos durísimos años El tambor de hojalata.
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Este libro es la narración de una vida intensa y es, a la vez, una honesta confesión en la que Günter Grass plantea cómo el no preguntar supone una forma de compromiso. Las páginas de Pelando la cebolla gozan de una frescura y fuerza genuinas que nos invitan a adentrarnos en la obra de un escritor que ya es uno de los clásicos indiscutidos de la literatura actual.

La crítica ha dicho

«Preciso y auténtico. Describe sin vergüenza, pero lleno de dudas, el surgimiento de un artista, una piel de cebolla tras otra.»
Die Zeit
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«El libro es mucho más y mucho menos que una confesión. Tiene mucho que contar.»
Frankfurter Allgemeine Zeitung
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«Grass ha logrado una obra maestra literaria, temáticamente cautivadora, estilísticamente muy artística y despiadadamente abierta.»
Stuttgarter Zeitung
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«Un cariñoso retrato familiar, una sensacional obra.»
Der Spiegel
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«En Pelando la cebolla hay muchos pasajes que cautivan al lector con una fuerza inconfundible.»
Der Tagesspiegel



http://www.elcultural.es/HTML/20060907/Letras18559.asp

Pelando la cebolla. La mala memoria de Günter Grass
Günter Grass
Beim Haüten der Zwiebwl.
Ed.Steidl, Göttingen, Alemania, 2006.
480 páginas. 24 euros

El autodesignado preceptor moral de la Alemania de posguerra, Günter Grass (1927), confesó en una entrevista al "Frankfurter Allgemeine Zeitung" (12 de agosto) su pertenencia juvenil a la Waffen-SS. La admisión de su pertenencia al temido cuerpo sugiere preguntas que exigen reflexión: ¿por qué Grass silenció durante tanto tiempo un desliz juvenil de tal índole? ¿ocasionará la declaración algún daño al valor de su obra literaria?
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Otra interrogación que deberá despejarse concierne el efecto de la noticia sobre el estatus del escritor literario del siglo XX. La comercialización ya hace tambalearse la figura del autor en su pedestal de artista, los escándalos provocados por hechos silenciados (Louis-Ferdinand Céline, Christa Wolf, Paul de Man, y muchos otros creadores más) quizás exijan también responsabilidades por el daño causado al entorno cultural.
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Parto de que Günter Grass es, en principio, sólo culpable de haber silenciado durante tanto tiempo su comportamiento juvenil, porque no se le pueden pedir responsabilidades al Grass muchacho, perteneciente a una familia pobre de su natal Danzig (la Gdansk polaca actual), ni condenar el deseo de sumarse a un cuerpo de elite relumbrante para luchar por su patria. El valor de una obra proviene de su significado cultural del que el literario es sólo un componente.
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Günter Grass resulta justamente famoso desde la publicación de su novela El tambor de hojalata (1959), y una parte de ese renombre proviene de la perspectiva intelectual del narrador, que incluso le valieron la merecida notabilidad conferida por los premios Príncipe de Asturias y el premio Nobel. A lo largo de su dilatada carrera literaria Grass adquirió un doble renombre como izquierdista insobornable y como escritor. Su posición intelectual reforzó su marca autorial y comercial, permitiéndole una acomodada forma de vida, acorde con una vitalidad gustosa del regalo, con mucha mujer y mesas bien servidas.
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La famosa entrevista adelantaba el contenido de Pelando la cebolla (que en España publicará Alfaguara en unos meses), donde narra sus recuerdos de dos décadas cruciales de su vida, de 1939 a 1959, desde el comienzo de la II guerra mundial hasta la publicación de la mencionada novela El tambor.
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En una frase del tercer capítulo (del que reproducimos algunos fragmentos en estas páginas) confiesa: "Yo me inscribí voluntario en la Waffen-SS" (pág. 75). Toda la primera parte del libro viene dominada por el cuestionamiento de qué le llevó a ofrecerse voluntario, si fue la pobreza, el ambiente familiar, mientras obviaba los hechos evidentes de ver cómo los disidentes, un maestro, por ejemplo, desaparecían de su entorno.
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Resulta realmente curioso el hecho de que Günter Grass confiese el pecado, pero no acepte claramente la culpa. Tampoco parece haberse propuesto contar con detalle el asunto. Todo el recuento es minucioso en los episodios narrados, pero en realidad resulta fragmentario, poco coherente. Está lleno de historias breves, instancias de su vida juvenil, el reclutamiento, el momento en que lo hicieron prisionero, etcétera. Sería una injusticia filtrar el libro entero a través de unas frases o decisiones juveniles, como dije antes, aunque igualmente resultaría inaceptable no sopesar el modo en que se confiesa. El texto refleja sin duda al mejor Grass, dueño de un estilo inimitable, que no es ajeno al humor.
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Conocemos enseguida su antipatía hacia el padre, decidido partidario de Hitler, y del amor por su madre, una amante de la música y católica ardiente, de quien él heredó la disposición hacia el cultivo de las artes. La segunda parte del libro viene dedicada a contar el ascenso del joven a la posición de un artista laureado, cuando publicó El tambor del hojalata. Cuenta a lo largo de sus numerosas páginas infinidad de recuerdos de su vida, los diferentes momentos cuando conoció el éxito como dibujante, como poeta, los diversos amigos, mujeres. Todo ello tiene menos interés que la primera parte, pero nos permite ir reconociendo episodios que vimos antes reflejados en sus novelas. Sí sorprende que en este glorioso hacerse del autor la culpa de la primera parte no aparece.
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La obra está contada por un narrador en tercera persona, y sigue una forma muy concreta, la del pelado de una cebolla, que va desgajando los episodios de su vida. El libro viene ilustrado por una serie de dibujos de una cebolla en diversos estadios del pelado, más los de la portada y contraportada, debidos al autor. Uno tiene la impresión de que Grass necesitaba confesar su secreto, y que lo hace utilizando los mejores recursos de su repertorio literario. Por eso el libro está tan repleto de historias, de recuerdos, no siempre claros y completos, pero siempre contados con una enorme fuerza y precisión verbal.
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Grass se revela otra vez en este libro como un verdadero maestro del arte de contar, el que siempre ha sido. No obstante, al finalizar la lectura sentí que otro muro de Berlín se caía, que la polarización política conseguida por el personaje Grass, al que acompañaron en el viaje tantos otros escritores, se deshacía, y que se venderá también comercialmente, como los trozos del muro. La confesión extraerá su precio, como debe de ser, porque Günter Grass no acaba de aceptar la culpa, apenas comienza a contemplarla.
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Confío que la admisión del hecho le llevará a decir abiertamente: siento haber acosado a tantas gentes. Sí pienso que la cultura europea gana a Grass como autor de carne y hueso, despojado de la bermeja túnica sacerdotal y de la pose de oráculo, a quien escucharemos con placer sus historias de hierros y de felices experiencias humanas.
Germán GULLÓN el cultural/ Madrid
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Citas de Pelando la cebolla


"Queda claro que yo me ofrecí voluntario para el servicio de la Waffen. ¿Cuándo? ¿Por qué?""Vestidos con el uniforme atraíamos las miradas. Poderosos púberes que defendíamos el frente interno, de casa […]. Finalmente nos tomaban en serio". "En los cines del barrio [de Danzing] veía [...] a Alemania rodeada de enemigos, luchando con valor en una guerra a la defensiva, realizando esfuerzos heroicos en las estepas de Rusia. […] Éramos un baluarte contra la marea roja". "La pregunta persiste: ¿me asustó entonces el ver en la oficina de reclutamiento la doble S, que 60 años después todavía me horripila?" "En la piel de la cebolla no encuentro ninguna señal de susto ni de miedo.
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Debí de considerar a la Waffen-SS como una unidad de élite, que entraba en acción cada vez que era necesario abrir un frente. […] Además las Waffen-SS tenían un aire europeo: agrupados en divisiones luchaban juntos franceses, flamencos, [...] en el frente del Este […] para salvarnos de una oleada bolchevique". "Durante mi entrenamiento para el combate con tanques no supe nada de crímenes de guerra […]. Pero mi llamada ignorancia no puede encubrir el hecho de que pertenecí a un cuerpo, un sistema, que planeó y organizó la destrucción de millones de seres humanos.
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Aunque yo mismo no me considerara culpable, siempre queda algo en la conciencia que no se puede limpiar, eso que solemos llamar con frecuencia responsabilidad compartida. Es seguro que tendré que vivir con ello para el resto de mi vida". "Con el paso del tiempo empecé a darme cuenta, aunque todavía dubitativo, de que desconocía o, dicho con mayor precisión, no quería admitir, que yo había estado envuelto en un asunto criminal, cuya carga con los años no se aminoraba ni era posible enterrar en el olvido, y del que todavía sufro."


Günter Grass llora lágrimas propias "Pelando la cebolla"

Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Günter Grass leyó de su libro "Pelando la cebolla" en la Berliner Ensamble.

En la primera lectura pública de su nueva obra, el premio Nóbel alemán pela la cebolla de sus muy dolorosos recuerdos. Una autobiografía entre hechos y ficción en donde no hay fronteras claras, pero sí muchas metáforas.


"¡Pero si yo lo que soy es escritor. Lean mi libro y como lucho en él. Así me pueden entender mejor!", replicó Grass, por estos días, a propósito de su mea culpa sobre el mayor pecado político de su vida.

El literato alemán nacido en Gdansk, hoy en Polonia, trabajó tres años en lo que desde este agosto de 2006 ha salido al público como la primera parte de su tan sensacional como irritable biografía.

Su confesión de que militó en las filas de las tenebrosas SS de las tropas hitlerianas ha causado desde comprensión hasta estupor, en todo el mundo. Pero una cosa es un capítulo en la vida de una persona y otra su obra de toda la vida.

Dos épocas en dos siglos
La autobiografía, en donde a lo largo de sus 479 hojas el laureado escritor recapitula su vida entre 1939 y 1959, reflejada en épocas de dos siglos, es una publicación de la editorial Steidl de Göttingen,

La obra comienza con el joven Grass de 12 años de edad. Un cumpleaños que coincide con un evento que habría de partir la historia mundial en dos: el estallido de la II Segunda Guerra Mundial. Esa historia muy personal empotrada en otra universal termina justamente con la publicación de "El tambor de hojalata", probablemente la médula de su mundo narrativo que en 1959 marcó el comienzo de su carrera profesional.

Cuando no sólo las liliáceas hacen llorar

"Pelando la cebolla" no es un una mera autobiografía, es literatura autobiográfica. Los recuerdos son como una cebolla, dice el mismo autor. Capa tras capa tiene que ser desvelada para llegar a los más profundos interiores de nuestra memoria.

Y como le sucede a todo aquel que pela uno de esos bulbos: las lágrimas no se hacen esperar. Así como escudriñar en la memoria propia puede hacer reflotar dolores de otros tiempos que nunca fueron calmados.

Grass escenifica dos cuadros de su yo: el empírico y el artístico. El uno calla o busca evasivas. El otro, el yo poeta, atrapa por sorpresa al yo reticente a la verdad y le estrega una buena cebolla en las narices. No es por eso coincidencia que cuando Grass habla de soldados, los mencione en tercera persona.

De la dualidad y las luchas del yo

El autor pone en escena un drama moral en el cuál él mismo encarna dos personajes: el del pecador y el del redentor. El uno se defiende y el otro acusa. Esta dualidad le inyecta mucha de la fuerza que posee la última obra de Grass.

Y, en efecto, Grass no oculta, no se oculta. Él no tiene pelos en la lengua ahora como nunca los ha tenido. El Nóbel cree en la fuerza liberadora de su obra literaria. Los frutos de su inspiración deben ser también un catalizador de los recuerdos.

Todos tenemos uno que otro "cadáver en el sótano"

Otros sufren, súbitamente, de una "laguna" en la memoria, como el ex canciller alemán Helmut Kohl, durante uno de los procesos sobre dineros ilegales en su partido cristianodemócrata. Pero mientras los políticos olvidan en una semana los errores que cometieron en la anterior, Grass crea una metáfora en la que él mismo se acusa y se eleva a una instancia en donde levita más allá del bien y el mal.

Pelando la cebolla es en definitiva un drama del recuerdo que adquiere un valor metafórico cuando parece replicarle al lector: ¡Yo también necesité mucho tiempo. Pero por todas las cebollas de este mundo, no me he ocultado nada. Vea como lagrimean mis ojos!
José Ospina Valencia / 2007
Deutsche Welle
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8.5.07

'Historia de España. La época del liberalismo'

Isabel II

Historia de España, VI. La época del liberalismo
Josep Fontana
Crítica/Marcial Pons. Barcelona, 2007.
576 páginas, 33 euros

Dos de las editoriales más prestigiosas en el campo de la historiografía –Crítica y Marcial Pons– se lanzan a la aventura de una nueva Historia de España, poniendo el proyecto en manos de dos reconocidos especialistas, J. Fontana y R. Villares, y contando para la materialización del mismo con el concurso de otros trece reputados profesores.
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Podemos decir que, ya desde la autoría, se pretende conjugar la diversidad de perspectivas con un cierto criterio unitario: se trata de encontrar un camino intermedio entre la obra de un solo autor, ya sea enciclopédica (la clásica de Modesto Lafuente) o sintética (las más recientes de Tusell o Domínguez Ortiz) y la dispersión de ópticas y planteamientos que caracteriza esa empresa monumental que es la Historia de España de Menéndez Pidal, luego continuada por Jover. Es verdad que el susodicho camino intermedio no es una novedad.
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Por citar casos recientes con parecidos propósitos, recordemos la Historia de España Alfaguara que dirigió M. Artola y la posterior Historia de España Labor que estuvo a cargo de Tuñón de Lara. En ambos empeños se pretendía, como en éste, trascender los límites del especialista y llegar al gran público con una obra coherente, sólida, distribuida en varios –no muchos– volúmenes, contando con la garantía de acreditados expertos en las diversas etapas.
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Otra significativa concomitancia es que en todas estas realizaciones se adoptaba una voluntad renovadora y un enfoque modernizador, en un alineamiento explícito con lo que se autodenominaba una visión progresista de la historia de España.
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Entonces, ¿qué sentido tiene esta nueva iniciativa, qué pretende aportar al panorama historiográfico? Para cualquier lector al tanto de las novedades en ésta como en cualquier otra parcela de conocimiento, la respuesta es obvia: la aceleración del tiempo en que vivimos es tan brutal que tres décadas –las que nos separan de los manuales antedichos– constituye tiempo más que suficiente como para sentir la necesidad de una puesta al día.
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Ésa es la justificación más evidente y así se expresa en una escueta Introducción general que parece va a repetirse en todos los volúmenes de la colección, con el obvio fin de que los propósitos motrices sean también conocidos por aquellos lectores que se limiten a una parte de la obra. En esas coordenadas generales se inserta un objetivo más definido: no se persigue tanto establecer un "estado de la cuestión"como ofrecer una visión de conjunto del pasado hispano desde la atalaya del presente. Se concibe este presente con un doble carácter: primero, como instalación en un país "de ordenación política plural en su forma de Estado" y abierto al exterior en todos los ámbitos; en segundo lugar y como consecuencia de ello, la obra resultante debe ser la expresión de "lo que un grupo de historiadores españoles de comienzos del siglo XXI piensa de la sociedad en la que viven, convencidos de que el conocimiento del pasado es herramienta imprescindible para proyectar el propio futuro" (p. XI).
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Aunque es de agradecer esa claridad –no sé si tanta contundencia– es evidente que esa perspectiva conlleva ciertos riesgos, desde lo que suele denominarse presentismo hasta una deriva hacia lo políticamente correcto en el análisis histórico, que ya se insinúa en los párrafos finales de la mencionada introducción. Habrá que esperar a los próximos volúmenes para hacer una estimación global de cómo se ha resuelto el reto de conjugar de esa manera pasado y presente. Por lo pronto, el volumen 6 de la colección, dedicado a La época del liberalismo y firmado por la mano experta de J. Fontana, es un magnífico trabajo de síntesis estructurado con claridad y escrito con pulcritud, al que se le pueden poner pocas pegas.
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Ya desde el prólogo –el específico de este volumen, no el general de la colección– deja el autor claro su propósito: quiere "contribuir a la recuperación de este siglo calumniado y maldito" pero sin caer en maniqueísmos ni en superficialidades, entendiendo por estas últimas la historia epidérmica de pronunciamientos e intrigas cortesanas. Le interesan por el contrario las luchas y frustraciones de esa inmensa mayoría condenada a malvivir sin derechos, esa machadiana "estirpe redentora" sometida a un negro hori- zonte de sudores y ayunos, sin margen alguno de construir su destino en un país dominado por una oligarquía de militares y terratenientes.
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No es extraño por ello que, pese a la antedicha voluntad de reivindicación del siglo maldito, Fontana tienda a utilizar los tonos más negros en la composición del panorama político, económico y social. Empieza por una "Corona en almoneda" para seguir con un país "entre hambrunas y revueltas"; luego, la invasión napoleónica y la guerra, mucho más contradictoria de lo que después se quiso presentar, y la Constitución de 1812, que es sólo un espejismo de libertad. Lo que se abre paso a continuación es el "terror blanco" y, en el mejor de los casos, una inestabilidad permanente. La violencia se hace omnipresente, ejercida desde un poder oscurantista o en forma de enfrentamiento abierto entre facciones (guerras carlistas), mientras que las reformas no sólo no alivian sino que agravan la situación del campesinado.
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Las alternativas políticas se suceden generando al cabo más frustración que logros concretos, incluyendo en este triste balance la más popular de todas ellas, la Gloriosa de 1868, que lleva a una República incapaz de "responder a las expectativas de quienes hubieran podido defenderla". Dos han sido los parámetros desde los que se ha venido trazando la valoración global de este "siglo XIX corto", es decir, de 1808 a 1874: "fracaso" (del liberalismo) y "normalidad" (sobre todo en la evolución socioeconómica, aunque también en el discurrir político), categorías obviamente antitéticas, expresión de perspectivas contrapuestas. Fontana, en desacuerdo con ambas, introduce un concepto alternativo, el de atraso.
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Con este término define un ritmo de avance, el español, que queda muy por debajo de otras naciones del occidente europeo, sea cual sea el objeto de comparación, desde la esperanza de vida a la escolarización, pasando por la mortalidad infantil, la estructura pro-ductiva o el grado de urbanización. Así, en definitiva, la etapa en cuestión queda caracterizada en el balance final por una serie de grandes problemas que no reciben adecuada respuesta de un Estado débil o, como dice Fontana, de unas "clases dominantes" preocupadas tan sólo "de imponer un modelo social". El cuadro que presenta el autor no destaca por el progreso conseguido sino más bien por las ocasiones perdidas: un raquitismo económico –un crecimiento agrario muy limitado, un desarrollo industrial frágil y desordenado que dejaba un país sin articular–, acompañado del gran fiasco nacional de la educación pública –de ahí, a su vez, un "débil proceso de nacionalización"–, y culminado en fin con un juego político falseado y corrupto.
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Una situación, en suma, que podría sintetizarse con una amarga reflexión de un viejo republicano, J. M. Bonilla: "Todo cuanto existe en España es contrario a la existencia de la libertad". Teniendo en cuenta que ésta era la época del liberalismo, la paradoja no puede ser más sangrante.
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7.5.07

"América en la encrucijada" / Francis Fukuyama

Francis Fukuyama
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Traducción de Gabriel Dolls.
Ediciones B. Barcelona, 2007.
237 páginas, 17 euros

La intervención en Iraq ha resultado un fiasco colosal, pero sería un lamentable error deducir de ello que el mundo estaría más seguro si los Estados Unidos de América renunciaran a ejercer una influencia global.
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La política de guerra preventiva de la administración Bush era peligrosa incluso en su formulación teórica, y su aplicación práctica ha sido un desastre; pero la confianza en que los esfuerzos diplomáticos y las resoluciones de la ONU bastarían para garantizar la seguridad global representa una ingenuidad no menos peligrosa.
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Por ello resultan tan oportunos los argumentos que expone Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en América en la encrucijada. Democracia, poder y herencia conservadora, un libro breve pero de gran solidez intelectual, en el que el gran politólogo norteamericano examina el legado del pensamiento neoconservador, analiza los errores de la administración Bush en Iraq, y propone unas bases sobre las que los Estados Unidos podrían construir una política exterior más eficaz y más aceptable para la comunidad internacional.
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Fukuyama, que en la actualidad pertenece al Consejo Presidencial sobre la Bioética y es catedrático Bernard L. Schwartz de Economía Política Internacional en la School of Advanced International Studies, de la Universidad Johns Hopkins en Washington, insiste en que se ha exagerado la influencia de los intelectuales neoconservadores sobre la administración Bush, puesto que ni Richard Cheney ni Donald Rumsfeld, los grandes impulsores de la guerra contra Iraq, eran conocidos por su afinidad con aquéllos, pero admite que la definición de la política neoconservadora que realizaron en los años noventa William Kristol y Robert Kagan encaja muy bien con los argumentos utilizados por George W. Bush para justificar su política exterior.
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El pensamiento neoconservador, que tiene tras de sí una historia de más de medio siglo, no representa un bloque monolítico, pero Francis Fukuyama cree que su legado se puede resumir en cuatro puntos: la convicción de que la política exterior no puede ignorar la orientación política de los distintos estados, ni su actitud ante la democracia y los derechos humanos; la confianza de que el poder de los Estados Unidos puede utilizarse con fines moralmente elevados; su escepticismo respecto al derecho internacional y las instituciones internacionales; y en el plano de la política interior, su desconfianza hacia los proyectos ambiciosos de ingenieria social, incluidos bastantes aspectos del Estado del bienestar.
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Es decir que el neoconservadurismo combina el idealismo democrático, que se suele asociar al legado del presidente Wilson con una propensión al uso de la fuerza por parte de los Estados Unidos, en la confianza de que América puede defender los valores más elevados mejor que la ONU o cualquier otra institución internacional. Sólo desde esa perspectiva se puede comprender que Bush invocara la democratización de Iraq como una justificación de su intervención bélica. La decisión de invadir Iraq se basó sin embargo en tres errores, según Fukuyama.
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En primer lugar, la administración Bush tergiversó la naturaleza y la gravedad de la amenaza que representaba el terrorismo de Al Qaeda, al suponer, sin pruebas, que Saddam Hussein le podría proporcionar armas de destrucción masiva.
En segundo lugar, no fue capaz de prever la reacción global antiamericana que iba a desencadenar su intervención en Iraq. Y en tercer lugar, infravaloró las dificultades que implicaría la pacificación y democratización de aquel país, un aspecto en el que contravino el tradicional escepticismo neoconservador respecto a los experimentos de ingeniería social, entre los que se encuentra sin duda el intento de transformar toda la estructura y la cultura política de un país.
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Es más, la administración Bush ni siquiera previó que la transformación de Iraq fuera a representar un problema, sino que confió en que los iraquíes se mostrarían agradecidos hacia una intervención que les libraba de la tiranía y procederían a construir un sistema democrático con la misma facilidad con que Polonia, Checoslovaquia o Hungría lo habían hecho tras la caí-da del comunismo. Por el contrario, Fukuyama opina que lo ocurrido en la mayor parte de la Europa excomunista representó un fenómeno excepcional, con cuya repetición en otras latitudes no es prudente contar.
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En términos generales, la guerra preventiva le parece a Fukuyama un planteamiento peligroso, en la medida que su buen uso exige una infrecuente capacidad de prever el futuro. De hecho, no parece nada probable que la administración Bush vaya a recurrir a la guerra frente a los dos miembros restantes del "eje del mal", es decir Irán y Corea del Norte, cuyos inquietantes proyectos nucleares deberán ser controlados de otra manera.
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En cuanto a la retórica de la "guerra contra el terror", Fukuyama es partidario de olvidarla, porque el terrorismo yihadista sólo tiene el apoyo de una minoría de musulmanes, bastantes de ellos jóvenes alienados residentes en Europa occidental, y constituye por tanto una amenaza insurgente que no puede combatirse sólo por medios militares. Y la democratización del mundo árabe es sin duda deseable en sí misma, pero a corto plazo no es de esperar que conduzca a una desaparición del terrorismo, ni mucho menos al triunfo de los valores que defiende Occidente; por el contrario es fácil que inicialmente favoreciera a los islamistas.
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Sobre todo, insiste Fukuyama, hay que tener presente que el impulso fundamental para la democratización vendrá siempre del interior de los países, no de la influencia exterior. En resumen, estamos ante un libro de gran interés, bien servido por una cuidada traducción y un útil índice temático.
AVILÉS, Juan
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¿Es usted un "wilsoniano realista"? Al igual que le ocurrió a monsieur Jourdan, quien hablaba en prosa sin saberlo, es probable que algún lector de América en la encrucijada descubra que es un "wilsoniano realista", expresión con la que Fukuyama describe su propia visión de cómo debería ser la política exterior de su país.
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Una visión que tiene puntos en común con otras escuelas de pensamiento sobre relaciones internacionales, pero que se diferencia de todas ellas. Coincide con la principal corriente del neoconservadurismo en que se debe tener en cuenta la naturaleza de los regímenes que compiten en la escena internacional, pero tiene mucha menos confianza en el empleo de la fuerza americana sin más apoyo que la que le ofrezca en cada caso una "coalición de los dispuestos".
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Coincide con los realistas de la escuela de Kissinger en la conciencia de los límites de lo que es posible lograr, pero no cree como ellos en que las relaciones internacionales sean un simple juego de poder en el que no habría que prestar atención a principios morales. Admite con los liberales internacionalistas que las instituciones internacionales son útiles y que Estados Unidos debe tener en cuenta la opinión mundial, pero no confía en que la seguridad del mundo pudiera quedar garantizada por una ONU reformada ni por las normas del derecho internacional.
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Fukuyama cuenta con que los Estados seguirán protagonizando la escena, pero cree que aumentará el papel de todo tipo de instituciones internacionales, desde las intergubernamentales hasta las surgidas de la iniciativa privada (como la ICANN, que desde California regula los dominios de alto nivel en internet).
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Piensa que la OTAN puede seguir jugando un papel importante, pero que para la promoción de la democracia en el mundo sería conveniente dar vida a una anémica institución fundada en Varsovia en el año 2000 y prácticamente desconocida, la Comunidad de Democracias. Y cree que en muchos terrenos el instrumento de influencia internacional más eficaz con que cuentan los Estados Unidos es el llamado poder blando, es decir la atracción que ejercen la cultura y los valores americanos.
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18.3.07

El libro negro del colonialismo: Marc Ferro



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SINOPSIS:
El siglo XXI se ha despertado con el renacimiento del terror. Las guerras de Afganistán y de Irak, las luchas étnicas en el continente africano, la situación en Oriente Próximo y distintas manifestaciones del terrorismo internacional revitalizan el fenómeno del colonialismo, ese lado oscuro de la colonización, y señalan la necesidad de realizar un balance de su historia.
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Alrededor del Marc Ferro –director de estudios en L’Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales–, un equipo de historiadores (Thomas Beaufils / Yves Bénot / Carmen Bernand / Pierre Brocheux / Catherine Coquery-Vidrovitch / Pascale Cornuel / Sylvie Ballet / Alastair Davidson / Marie Fourcade / Arlette Gautier / Leslie Manigat / Elikia M’Bokolo / Marcel Merle / Claire Mouradian / Pap Ndiaye / Jacques Poloni-Simard / Jaques Pouchepadass / Alain rucio / Pierre-François Souyri / Mariella Villasante Cervello / Nadja Vuckovic) describen las páginas más sangrientas, los excesos y los crímenes, pero también los discursos que legitimaron la empresa colonial.
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Las conquistas y después las luchas por la independencia han constituido, sin duda, los episodios más traumáticos de la colonización mundial, que tuvieron como consecuencia tanto el exterminio de pueblos enteros y el agotamiento de sus recursos naturales como las guerras de liberación; pero la colonización supuso además la trata de esclavos, es decir, la deportación de entre diez y catorce millones de personas al Nuevo Mundo; y una vez abolida la esclavitud, las terribles condiciones de vida y de trabajo para gran parte de la humanidad.
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Una explotación económica que el industrial siglo XIX aceleró y sistematizó. A lo largo de todo este proceso, las naciones conquistadoras defendieron una ideología que, lejos de ocultar los excesos cometidos, como nos gusta creer hoy, se afanaba en justificarlos.


También descubrimos que la violencia de la colonización no emanó sólo de Occidente y que existieron en el mundo otomano y en el árabe; que bajo el vocablo de «expansión territorial», Rusia y posteriormente Japón organizaron un sistema de explotación o de negación de la identidad nacional; y que el racismo que ha acompañado y sostenido los excesos del colonialismo ha podido contagiar además a los pueblos colonizados.

En conclusión, el colonialismo no ha dejado únicamente heridas muy difíciles de cicatrizar (como en el caso de Vietnam, Indochina y Haití, o de dos naciones enemigas, como India y Pakistán), sino que se perpetúa en el siglo XXI bajo otras formas que "El libro negro del colonialismo" pone en evidencia.
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ACOGIDA DEL LIBRO / COMENTARIOS:
"Provechosa lectura". Manuel Lucena Giraldo, "ABC".
"Minuciosa obra". Ángel Vivas, "El Mundo".
"Se ha conseguido un libro tan voluminoso como ágil. Los autores no incurren en la mera narración blindada de fechas o estadísticas, pero tampoco faltan datos y el aparato bibliográfico busca no vencer por aplastamiento".

Miguel Bayón, "El País".
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PERFIL:
Marc Ferro, París (1924), es director de estudios en L'Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales. Especialista en la revolución rusa y de la URSS y en historia del cine, es autor de "La Révolution de 1917" (1967), "La Grande Guerre, 1914-1918" (1968), "Cinéma et histoire" (1976), "L'Occident devant la révolution soviétique" (1980), "Suez" (1981), "Comment on raconte l'histoire aux enfants à travers le monde" (1983), "L'histoire sous surveillance: science et conscience de l'histoire" (1985), "Pétain" (1987), "Les origines de la Perestroïka" (1990), "Questions sur la Deuxième Guerre Mondiale" (1993), "Histoire des colonisations, des conquêtes aux indépendances (XIIIe-XXe siècle)" (1994), "L'internationale" (1996); "Les sociétés malades du progrès" (1999), "Que transmettre à nos enfants" (con Philippe Jammet, 2000), "Les Tabous de l'histoire" (2002), "Histoire de France" (2003), "Le choc de l'Islam" (2003), "Le cinéma, une vision de l'histoire" (2003) y "Les individus face aux crises du XXe siècle" (2005). De sus libros, se han traducido al castellano "Cine e historia" (1980), "Nicolás II" (1993), "Historia contemporánea y cine" (1995), "La Gran Guerra 1914-1918" (1998), "Historia de Francia" (2003) y "El conflicto del Islam" (2004).

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Marc Ferro

"El libro negro del colonialismo"

Dirigido por Marc Ferro

Traducción de Carlo Caranci.
La esfera de los libros, 2005-
1051 páginas, 19'95 euros

La historia de la expansión colonial europea contiene muchos episodios de abusos y atrocidades, algunos bien conocidos y otros olvidados. Una docena de estudiosos, en su mayoría franceses, han recopilado buena parte de ellos en El libro del negro del colonialismo. Su lectura recuerda todo el mal que se hizo en nombre de la civilización.

El título del libro lo dice todo: no se trata de presentar un balance del legado colonial sino de evocar el lado más oscuro de la colonización, aunque la historia de ésta no se pueda reducir, como reconoce en el prólogo Marc Ferro, a la de sus fechorías. Desde el exterminio de los habitantes de las Antillas en las décadas que siguieron a la llegada de Colón, a los horrores del Congo colonial sometido a una feroz explotación bajo el dominio privado de Leopoldo II de Bélgica, pasando por la trata de esclavos, los autores van desentrañando toda una serie de atrocidades lamentables, la mayor parte de ellas perpetradas por europeos. Se echa a faltar sin embargo un capítulo general sobre la naturaleza del fenómeno estudiado, que en realidad ni siquiera queda definido.

¿Debemos entender por colonialismo toda forma de sometimiento de un territorio por la fuerza? En ese caso, el libro debía haber comenzado con Menes, el legendario unificador del alto y el bajo Egipto, que seguramente no logró esa unión mediante un referéndum, o con Sargón de Acad, fundador del primer imperio conocido en Mesopotamia. Pero nada de eso se menciona, pues el libro comienza con Colón. Ello es legítimo, pero se debería haber recordado que, antes de que Colón llegara a América, el mundo había conocido ya innumerables casos de sometimiento y de exterminio de unos pueblos por otros. Como suele ocurrir en los libros colectivos, la calidad de los distintos capítulos varía mucho.


El exterminio de los indígenas de las Antillas, por ejemplo, está en general bien narrado, pero repite el desacreditado tópico de que la Española tenía más de un millón de habitantes en 1492, cuando diversos investigadores –como recuerda oportunamente el traductor en una nota– han realizado estimaciones más verosímiles, incluso de tan sólo 40.000 personas. Esto no afecta a la responsabilidad moral de los colonos españoles, enérgicamente denunciados ya en su día por Bartolomé de las Casas, pero ayuda a entender por qué la combinación del abuso colonial y las nuevas enfermedades infecciosas llevó a tan dramático resultado.


Lo más terrible es que episodios semejantes siguieron repitiéndose hasta la etapa final del colonialismo. El libro recuerda, por ejemplo el caso de los hereros de África del Sudoeste, masivamente exterminados por los ocupantes alemanes tras su rebelión de 1904, en el que probablemente fue el primer genocidio del siglo XX. Particular interés tiene el último capítulo, en el que se analizan las demandas de reparaciones por parte de los antiguos colonizados.


Salvo en casos excepcionales, la reparación legal acompañada de indemnización resulta inviable, pero la reparación moral resulta obligada y exige la difusión, en las escuelas y los medios de comunicación, de los horrores que acompañaron a la expansión europea. Esto último no implica negar que en algunos aspectos la expansión europea ha tenido también consecuencias a largo plazo favorables para las gentes de otros continentes, aunque este libro de denuncia no sea el marco adecuado para analizarlas. Su cometido es otro y lo cumple bien.
Juan AVILÉS/ El Cultural

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Entrevista a Marc Ferro


Por Emilia Lanzas


"Hay una conexión clara y directa entre colonialismo y terrorismo"


Marc Ferro es director de estudios de L'École des Hautes Études en Sciences Sociales, especialista en la Revolución rusa, en la URSS y en la historia del cine, es autor, entre otros ensayos, de L'internationale, Pétain, Les origines de la Perestroika, Questions sur la Deuxième Guerre Mondiale… Han sido traducidos al castellano sus libros: Cine e Historia, Nicolás II, Historia contemporánea y cine, La Gran Guerra 1914-1918, Historia de Francia y El conflicto del Islam.
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Acaba de publicar en la editorial Esfera de los Libros, El libro Negro del Colonialismo, siglos XVI al XXI: del extermino al arrepentimiento, un voluminoso estudio que Ferro ha dirigido, y en el que participan numerosos historiadores que hacen un amplio recorrido de las consecuencias de la colonización –o más exactamente de su reverso funesto: el colonialismo; un colonialismo que comenzó en el siglo XVI con el exterminio de gran parte de las poblaciones del Caribe y América del Norte, y que continuó con Australia, África…- y de sus consecuencias que aún hoy padecemos con hechos como las guerras de Afganistán e Irak, las luchas étnicas en África, las acciones terroristas del islamismo radical y los movimientos reivindicativos en Francia.

En el prólogo del libro relacionas el terrorismo islamista con los reflujos del colonialismo. ¿Dónde está la conexión?

Antes, tradicionalmente, se nacionalizaba la historia de la colonización. Para los occidentales se veía la colonización de España en Marruecos, de Francia en Argelia, de Rusia en el Cáucaso, de Inglaterra en Egipto… En el mundo islámico, sin embargo, sólo ha habido una colonización que les ha venido por todos lados: Del norte por parte de los rusos, por el oeste de España, por el sur los franceses… De esta forma, los que antes eran esclavos del Islam se han convertido en los amos, y los árabes cayeron en manos de las potencias occidentales. Los árabes se cuestionan cómo han podido convertirse en esclavos de aquellos que fueron sus esclavos. La tortilla se dio la vuelta de una forma brusca, y surgió el resentimiento.
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A finales del siglo XIX, el mundo islámico comenzó a buscar soluciones. La primera fue volver al Islam tradicional, al Islam conquistador; pero esta solución no pudo funcionar. La segunda consistió en imitar a Occidente, crear Estados-Naciones, de ahí surgió la lucha por la independencia. La tercera fue la Revolución islámica que comenzó con Jomeini; pero él no era árabe sino persa, y no tuvo el apoyo de todo el mundo islámico. La cuarta, en la que estamos inmersos, ha sido islamizar la modernidad, que es lo que intenta hacer ahora Bin Laden. Por lo tanto, el islamismo actual es el heredero del colonialismo.

De hecho, el terrorismo en España procede de Marruecos, el terrorismo inglés de Pakistán y el francés –que desde hace diez años está durmiente- procedía de Argelia. Por lo tanto, hay una conexión clara y directa entre colonialismo y terrorismo.
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Y los pasados levantamientos reivindicativos en Francia, ¿también son el precio del colonialismo?

Los que cometen los incendios y salen a protestar a la calle no son sólo musulmanes, hay muchos franceses con ellos. Es un movimiento social. Es una movilización que está fuertemente unida a los barrios. Lo que ha ocurrido en Francia es el resultado del paro y la crisis económica y también un claro fracaso de la integración de los inmigrantes africanos, principalmente. Los que protestan son los excluidos de la sociedad, ya sean blancos, negros, árabes… No sólo queman coches, el gran fracaso social es que estén quemando escuelas, ¿por qué? Porque la educación no les ha proporcionado salidas laborales.

Curiosamente, y esto es un inciso que habría que estudiar, los vietnamitas y los camboyanos, no sé sabe muy bien por qué, están plenamente integrados en la sociedad francesa.

Habría también que puntualizar que los árabes, que se suponen que son musulmanes, van mucho menos a las mezquitas de lo que van los franceses a las iglesias. Pero, como somos una sociedad solidaria, les construimos mezquitas, con lo cual favorecemos la aparición de musulmanes extremistas. La política francesa les quiere convertir en más musulmanes de lo que en realidad son.

Repito: En Francia la integración ha sido un fracaso. Y los jóvenes inmigrantes están realmente enfadados, como muchos jóvenes franceses, porque no pueden acceder a un puesto de trabajo; porque están desocializados, desclasados, no poseen ningún tipo de compromiso con la sociedad. También existe otra cuestión: en estas clases bajas, la diferencia de lo que les aporta el subsidio de desempleo y los sueldos, que se acercan al salario mínimo, es tan pequeña que optan por no trabajar.

¿Qué semejanzas existen entre la colonización y el imperialismo, según Lenin, el estadio supremo del capitalismo?


La colonización fue un movimiento reducido que gestionó la nobleza, ayudada por las monarquías, y que se movía por envío de grupos de personas, como un movimiento exterior que no afectaba a la metrópoli. Con el imperialismo, en cambio, la nación se convierte en el sostén. De hecho puede existir sin colonias. Como ocurre con los norteamericanos en el Caribe. Son, se podría decir, colonias sin bandera. No están presentes, pero se encuentran en los medios financieros, en el poder… Si bien, en Estados Unidos se ha producido un cambio, en Irak el Ejército apareció enarbolando su bandera, lo que no había hecho hasta ahora.

Lo que Schumpeter supo ver a principios del siglo XX es que se produce imperialismo cuando un Estado manifiesta una disposición a expandirse por la fuerza, sin límite alguno.Hoy, lo predominante, es el imperialismo de las multinacionales.

En la historia colonialista, ¿qué peso han tenido las religiones, las necesidades económicas o las ambiciones políticas?


Depende de las épocas. Pero, desde mi punto de vista, en un principio, los motivos religiosos fueron tan fuertes como los económicos y los políticos. Por ejemplo, Colón le explica a la reina Isabel que el dinero que consiga de sus conquistas servirá para recuperar Jerusalén, ésa era su obsesión, ligada a un mesianismo criptojudío. Hoy, esto suena a ilusión porque nuestra visión es exclusivamente economicista, pero en el siglo XVI las cosas eran bien distintas. No hay una balanza exacta para sopesar los motivos. Cuando Francia fue a Indochina, aunque sin duda existían intereses económicos, la principal razón era la de adquirir prestigio, un motivo exclusivamente imperialista. La Marina francesa quería estar al mismo nivel que la inglesa. Las rutas comerciales surgieron más adelante…
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En Canadá, en el siglo XVII, los franceses querían ocupar el territorio para arrebatárselo a los protestantes. Por su lado, el establecimiento de colonos rusos en Siberia es impulsado por los zares para multiplicar el número de contribuyentes y, en el caso de Inglaterra, ya desde la época de Humphrey Gilbert, en el siglo XVI, la finalidad principal era crear bases navales para el comercio y tierras para los colonos protestantes.

Se ha querido justificar el colonialismo en la supremacía de la raza blanca y de la cultura occidental. ¿Piensa que esta idea sigue imperante?

Uno de los rasgos estructurales del colonialismo fueron las actitudes racistas fundamentadas en una afirmación de desigualdad: existen razas no aptas para el progreso, por eso es mejor que desaparezcan. La trata de negros procede ya de los romanos y antes que ellos, de los fenicios y los cartagineses, pero los prejuicios aumentaron con la trata árabe en la Edad Media. En la gran época de los imperios islámicos, que comienza en el siglo X, millones de esclavos negros fueron llevados al mediterráneo y al océano Índico. La violencia de la colonización existió en el mundo otomano y en el árabe. No todo lo malo proviene de Occidente…

Hoy en día, sin embargo, el racismo interior dentro de cada uno de los Estados, es más fuerte que el racismo exterior. En Japón, por ejemplo, hay una clara actitud anti-coreana muy arraigada.

En cambio, en América del Sur, el racismo continúa siendo un motor político muy poderoso. Tal vez porque, en su independencia, hubo tres períodos: en primer lugar, el levantamiento de los colonos, en 1825, que pertenecían a la Corona; en segundo lugar, la emancipación de los criollos que ocuparon el gobierno y, sólo desde hace cinco años, la intervención de los indios en la vida política; tal y como está ocurriendo en Perú, en Ecuador, en Bolivia. La revuelta de los indígenas se está produciendo ahora; la independencia partió de los propios colonos españoles.

En la mayoría de los colonialismos se produjo un exterminio de la población autóctona. El libro se subtitula "del extermino al arrepentimiento". ¿Pero no parece que lo haya habido en casos como Australia, Estados Unidos y en España en donde aún hoy seguimos conmemorando el Descubrimiento?

El arrepentimiento no es total, pero sí se vislumbran visos, al menos. En Australia, por ejemplo, algunas personas se enorgullecen de sus ancestros aborígenes, igual que en Estados Unidos. Es un primer paso que, aunque no sea social es, al menos moral. Está claro que los norteamericanos están muy lejos del arrepentimiento en el caso de los indios. Al igual que, se les "olvida", que conquistaron tres Estados de Méjico en 1848: California, Nuevo Méjico y Arizona.
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Alguna vez se lo he mencionado y se escandalizan. Sin embargo, los mejicanos lo tienen bien presente, como el exterminio de indios por parte de los españoles. En Francia existe ahora ese arrepentimiento porque domina la ideología de los Derechos del Hombre y no tanto la de Estado-Nación. Los crímenes y los abusos siempre se justificaban por el bien de las colonias. En Francia, los manuales escolares de los dos primeros tercios del siglo XX contaban aún con entusiasmo cómo Bugeaud y Saint-Arnaud incendiaban los aduares en tiempos de la conquista de Argelia. Pero si el hecho de denunciar estos abusos ponía en entredicho la labor de Francia, entonces se negaba su existencia: mi gobierno se puede equivocar, mi país nunca.

África es el continente en el que confluyen todas las potencias colonizadoras. Es un continente totalmente esquilmado.

Cuando comenzó la independencia de la mayoría de los países africanos, años 60/70, hubo una idea predominante en los movimientos independentistas: que Europa había realizado un auténtico pillaje de sus recursos naturales. Eso era cierto, sin duda, pero una vez que consiguieron recuperar su libertad, la mayoría de la población abandonó sus monocultivos, sus pequeños ganados para explotar grandes plantaciones de café, algodón, etc.; con vistas a la exportación. Sin embargo, con la mundialización los productos de las materias primas rebajaron enormemente su precio, y se quedaron sin recursos para vivir. Entonces comenzaron los grandes flujos migratorios del campo a las ciudades. Ciudades que crecieron sin infraestructuras, sin servicios, sin trabajo… Esto les llevó a la emigración. La solución es que los países africanos desarrollen una producción interior que permita vivir a su población, tal como ha ocurrido en Mali. La solución no son las ayudas externas, porque éstas suelen caer en manos de sus dirigentes, la mayoría corruptos.

Incluso existen opiniones que defienden que a las colonias les fue mejor como tal que como naciones libres.


Es cierto que tanto ingleses, como franceses, holandeses… mejoraron enormemente las infraestructuras de sus colonias (Nehru escribió que uno de los rasgos más notables de la dominación inglesa en la India es que los mayores males que ésta ha infligido al pueblo indio presentan exteriormente la apariencia de dones del cielo: vías férreas, telégrafo…), pero sólo porque les beneficiaban a los colonizadores. También es cierto que al lograr la independencia, muchos países han bajado el nivel de servicios y demás, pero esos países deseaban la libertad, era lo que les importaba, no ser más o menos prósperos. No querían seguir siendo dominados. Corea, Singapur, Taiwan, India, Arabia Saudí y otros países han sabido aprovechar, desde el punto de vista económico, su independencia.

Todavía existe la esclavitud, pero no parece preocupar ni a los Gobiernos ni a los Organismos Internacionales.


Sí, la esclavitud existe aunque hace ya cien años que se abolió oficialmente. En 1962, Mauritania la declaró ilegal, pero ahí continúa. Sigue habiendo tráfico de personas.También continúa existiendo el colonialismo. No sólo en África negra, en donde, como antes he dicho, hay un colonialismo sin colonos, sino también en Europa y América. Por ejemplo, en París los que hacen los trabajos más duros son los mismos que en su día hacían los trabajos más duros en África. El colonialismo ha sobrevivido en las metrópolis.
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«El islamismo extremo viene de la afrenta sufrida por el mundo árabe»

El prestigioso historiador Marc Ferro presenta el ambicioso estudio 'El libro negro del colonialismo'


ANGEL VIVAS
MADRID.-
Tiene 81 años estupendamente llevados y pertenece al selecto grupo de historiadores franceses aglutinados en torno a la mítica revista Annales. De hecho, la dirigió a partir de 1970, junto con Jacques le Goff y Le Roi Ladurie, nombrados todos por el gran Fernand Braudel. Plenamente activo a la edad en que otros se dedican a la petanca, Marc Ferro nos dio hace pocos años una Historia de Francia (Cátedra) y ahora presenta El libro negro del colonialismo (La Esfera de los Libros), minuciosa obra colectiva que él ha dirigido. El subtítulo es revelador: Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento.

Habla con entusiasmo de su trabajo, o, como dijo Gil de Biedma, con la pasión que da el conocimiento. Lo primero, una precisión: el colonialismo es el lado oscuro de la colonización. Esta puede tener aspectos positivos; el colonialismo, no. Y para que nadie se llame a engaño, las primeras páginas del libro analiza tres exterminios, el de los indios del Caribe, el de los de América del Norte y el de los aborígenes australianos. Luego sigue con la trata de esclavos y los trabajos forzados. «Además, si lo hubiéramos titulado el libro rosa del colonialismo, usted no estaría aquí», dice Ferro con humor.

Más negro que rosa, el volumen, de más de mil páginas, da voz a los colonizados, trata el anticolonialismo y toca otros temas menos siniestros de la cuestión. Es una suerte de enciclopedia, un todo lo que usted siempre quiso saber sobre el colonialismo en el que están también las diferencias entre unos colonialismos y otros. «Por ejemplo, en Argelia había muchos médicos franceses y muy pocos médicos árabes. Sin embargo, los ingleses en la India, dada la gran cantidad de habitantes, sólo se ocupaban de ellos mismos y de los indios que trabajaban junto a ellos, para evitar que les contagiaran enfermedades. Hacia 1900-30, formaron a muchos médicos indios que luego pasaron a Inglaterra».

En el libro, como dice Ferro, se nacionaliza la colonización, se ve por países. Esa, sin embargo, no es la visión de los colonizados.Aparte de la diferencia terminológica (los colonizadores hablan de colonización; los colonizados, de colonialismo), estos últimos perciben el fenómeno de un modo global, se sintieron enjaulados y reaccionaron sin hacer distingos.

El caso de los árabes es claro, y eso nos lleva a un tema de actualidad. «Los árabes se preguntaron si no habían sido capaces de defenderse, y se dieron varias respuestas. La primera fue volver a encontrarse con las raíces del islam, cuando eran ellos los que dominaban a Occidente.

La segunda respuesta, crear Estados como los europeos; fue la respuesta nacionalista. La tercera fue la revolución islámica, de la que el mejor ejemplo fue Irán. Al fracasar todas, se plantean no modernizar el islam sino islamizar la modernidad. El islamismo extremo es el resultado de la afrenta que sufrió el mundo árabe».

Estamos en un terreno peligroso. Pero Marc Ferro es claro: no hay la menor justificación, explicar no es justificar. «El islamismo puede ser pacífico, pero también está claro que el islamismo radical está muy vinculado a sus antiguas metrópolis. En España, vienen de Marruecos; en el Reino Unido, de Pakistán; en Francia, de Argelia». Por otra parte, Ferro coincide con una opinión que va ganando terreno: no hay choque de civilizaciones, el choque es interno a las civilizaciones.

Si hay una cuestión ligada al colonialismo es la del racismo.¿Es éste una premisa de aquél? El historiador matiza. «En realidad, la colonización ha desarrollado el racismo. Se era menos racista en el siglo XVI que después. Eso se ve bien en la América española, donde había mucho mestizaje. En la India pasaba algo parecido; en el siglo XVIII, muchos oficiales ingleses se casaban con indias; luego, esos matrimonios se prohibieron y las indias pasaron a ser amantes. Luego desaparecieron también como amantes».

«El racismo fue creciendo», constata Marc Ferro. «Aunque recientemente ha disminuido. En Francia hay más matrimonios, proporcionalmente, con marroquíes que con portugueses. Y esto es aún más claro con los vietnamitas, que están totalmente integrados».

Otro caso que matiza mucho una visión simplista del colonialismo es el de las colonias españolas. «La independencia no se debió a los indígenas, sino a los criollos. No fue la independencia de las colonias, sino de los colonos; y los indios fueron aliados de la corona española contra los independentistas en los años 20 del siglo XIX», precisa el historiador.

Especialista en cine, es difícil no preguntarle a Marc Ferro por las películas coloniales. Cita una inmediatamente, La carga de la brigada ligera. ¿Y qué le parece La batalla de Argel? «Trata más de la guerra que del colonialismo. Pero quizá es la mejor película de ese tipo. Solamente tiene dos errores: no muestra la cantidad de árabes que querían ser franceses ni tampoco la gran solidaridad que existía en las granjas entre colonos y empleados, que compartían muchas cosas; solamente tenían dos barreras infranqueables, el sexo y que no había ningún poder político para los árabes».
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Marc Ferro


El libro negro del colonialismo
PRIMERAS PÁGINAS - INTRODUCCIÓN:
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Introducción:




"EL COLONIALISMO, REVERSO DE LA COLONIZACIÓN"

Marc Ferro

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, los sobresaltos de Argelia, las manifestaciones de arrepentimiento que se produjeron en Francia, ¿no representan, acaso, el reflujo de los tiempos de la colonización, del colonialismo?

La actualidad del Libro negro se impone así, aun cuando, como se verá, la colonización no se reduce sólo a sus fechorías, y algunas de las que se le atribuyen no le son imputables. Por otra parte, es cierto, que otras fechorías han sobrevivido a la colonización.1

El colonialismo, ¿es un totalitarismo?

Que El libro negro del colonialismo deba formar pareja con El libro negro del comunismo2 es, por otro lado, una necesidad evidente. Sin embargo, los que trabajan sobre los regímenes totalitarios han leído a Hannah Arendt con un solo ojo, según parece. Así, no han debido de darse cuenta de que junto al nazismo y el comunismo la autora había incluido el imperialismo colonial.3

Efectivamente, entre estos tres regímenes hay un parentesco que ya había señalado el poeta antillano Aimé Césaire, al menos en lo que se refiere al nazismo y al colonialismo: «Lo que el muy cristiano burgués del siglo XX no perdona a Hitler no es el crimen como tal, no es la humillación del hombre como tal, es el crimen contra el hombre blanco [...] por haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas, que hasta entonces sólo se destinaban a los árabes, a los coolíes de la India y a los negros de África».4 En la conferencia de Durban, en 2001, ¿no se los ha considerado, acaso, crímenes contra la humanidad?5

Procedimientos «colonialistas», escribe Aimé Césaire, después de la II Guerra Mundial. De hecho, el colonizado habla menos de colonización que de colonialismo, término que ha llegado tardíamente al vocabulario y que se considera una forma peyorativa atribuida a la colonización, mientras que en su origen —al sustituir al colonismo— buscaba solamente legitimar la expansión ultramarina.
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Ahora bien, aunque es evidente que la colonización no se identifica completamente con el «colonialismo» —ya que, al menos, ha producido igualmente un discurso anticolonialista6—, el término «colonialismo» ha levantado el vuelo en solitario.
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En este último medio siglo, este término se ha apoderado de la totalidad del fenómeno —la colonización, sus excesos, su legitimación— pues, una vez finalizada la descolonización —término poco afortunado, eurocéntrico, que ignora el papel de los pueblos oprimidos en su propia liberación— se habla ya de neocolonialismo, expresión que sufre la competencia de otras, quizá más adecuadas a la realidad. Volveremos sobre ello.

Es evidente que lo que implica el colonialismo para aquellos que lo recuerdan hoy existía ya antes de que el término apareciese, pero su realidad ha sobrevivido a la colonización y a la «descolonización». En las metrópolis —Reino Unido, Francia, Rusia, etc.— el racismo, que es una de sus figuras, se ha extendido, y el contagio ha podido alcanzar, en ultramar, a los colonizados.

Además, después de las independencias ha nacido una nueva forma de explotación, especialmente en el África negra: el colonialismo sin colonos. ¿Cómo analizar y definir los numerosos conflictos surgidos desde el final de la colonización?7
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Para un primer acercamiento constatemos ya que el estudio del colonialismo puede tomar prestados sus instrumentos u observaciones al análisis de otras experiencias históricas, por ejemplo los regímenes totalitarios. En este último caso, junto a un Libro negro ya había aparecido un Libro rosa. Todos estos regímenes han sido objeto, simultáneamente, del mismo oprobio y del mismo elogio. En el caso de la URSS, recordémoslo, tan cercano a nosotros, qué relatos han podido hacer «los regresados de Moscú» del «paraíso soviético», este país encantado cuyos peregrinos volvían con un compromiso inquebrantable.
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Mientras tanto, otros peregrinos quedaban fascinados por los éxitos del fascismo o del nazismo en naciones en que se había reducido el desempleo, donde se habían realizado grandes obras públicas y «donde los trenes llegaban a la hora».Al mismo tiempo, estos regímenes eran objeto de violentas críticas, basadas en hechos, en hechos sangrientos, pero ¿quién quería oírlos?
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En el caso de la colonización, observaremos que su Libro negro precedió al Libro rosa. La primera Memoria de De las Casas data de 1540.



Sin embargo, poco a poco, el «colonismo» ha resultado vencedor, en nombre de Cristo, sobre la lucha contra la trata, en nombre de la civilización. Es cierto que sus argumentos eran alimentados por quienes se beneficiaban de la explotación de las colonias, en Bristol lo mismo que en Nantes o en Lisboa, siempre que, para legitimar su presencia en ultramar, no interviniesen los propios colonos.



La puesta en entredicho ha asumido varios aspectos. Entre otros, la ideología socialista, que no ha dejado de recordar los aspectos negativos de la colonización e incluso sus principios. Sus argumentos participaban de la sustancia del discurso marxista. Para que los profesores de historia lo conociesen bien y lo difundiesen, «era necesario constreñirlos con programas bien definidos», decía Lenin al historiador Pokróvski. «En estos programas deben fijarse los temas que les obligarán objetivamente a adoptar nuestro punto de vista; por ejemplo, incluyamos en el programa la historia de la colonización.



El tema les obligará a exponer su punto de vista burgués, es decir, lo que los franceses piensan del comportamiento de los ingleses en el mundo; lo que los ingleses piensan de los franceses; lo que los alemanes piensan de unos y otros. La propia literatura del tema les obligará a mencionar las atrocidades del capitalismo en general.» Dentro de esta tónica, después de la II Guerra Mundial, Jacques Arnault escribió un Procès du colonialisme [Proceso del colonialismo], en las ediciones de la Nouvelle Critique (1958).

Ahora que ha terminado el siglo XX, debido a un cambio de mentalidades relacionado con los dramas del siglo pasado, debido a la toma de conciencia de las violencias cometidas aquí y en otras partes, un sector de la opinión de las viejas naciones europeas ha hecho suya una ideología de los derechos del hombre que apuntaba hacia el conjunto de los crímenes cometidos en nombre del Estado rojo o pardo, del Estadonación y de las «victorias de la civilización».

Generosas en la denuncia de los crímenes del comunismo o del nazismo, estas sociedades occidentales fingen creer hoy, de buena gana, que los crímenes del colonialismo les han sido ocultados. Ahora bien, esta creencia es un mito, aun cuando algunos de los excesos cometidos hayan sido expurgados adecuadamente de la memoria común.

Así, en Francia, los manuales escolares de los dos primeros tercios del siglo XX nos contaban con qué entusiasmo Bugeaud y SaintArnaud incendiaban los aduares en tiempos de la conquista de Argelia, y cómo, en la India, durante la revuelta de los cipayos en 1857, los oficiales ingleses ataban a hindúes y musulmanes a la boca de sus cañones, cómo Pizarro ejecutó a Atahualpa Yupanqui, cómo Gallieni pasó a espada a los malgaches. Estas violencias eran conocidas y, respecto a Argelia, ya desde la época de Tocqueville.8

En Tonkín, los testigos vieron cien veces «cabezas clavadas en puntas de picas, que se renovaban continuamente», lo que se podía ver reproducido luego en las revistas de la metrópoli.9 El manual MaletIsaac, edición de 1953, escribía que después de la revuelta de la kabila en 1871 «la represión fue rápida y vigorosa, con ejecuciones, deportaciones de jefes, grandes multas y confiscación de tierras». El general Lapasset, a quien cita Ch.R. Ageron en 1972, consideraba ya en 1879 que «El abismo creado entre los colonos y los indígenas sería colmado un día u otro con cadáveres»10.

Todos estos sucesos eran conocidos y públicos, pero si el hecho de denunciarlos tenía por finalidad poner en entredicho la «labor de Francia», entonces se negaba su existencia: mi gobierno puede haberse equivocado, pero mi país siempre tiene razón... Interiorizada, esta convicción persiste, se alimenta de la autocensura de los ciudadanos y también de la censura de las autoridades, todavía hoy. Por ejemplo, ninguna película o emisión de televisión que «denuncie» los abusos cometidos en las colonias figura entre las cien primeras producciones del boxoffice o del índice de audiencia.11

Al otro lado del Atlántico se ha producido un cambio respecto al exterminio de los indios, y se han sucedido continuamente las películas del oeste como Flecha rota, de Delmer Daves (1950), film proindio y antirracista producido con anterioridad a los crímenes cometidos por la aviación estadounidense durante la guerra de Vietnam, que iban a perpetuar el cambio. Sin embargo, en la realidad esta toma de conciencia no ha modificado en absoluto la política de Washington en relación a las «reservas» indias. En Australia, la toma de conciencia, debida a la acción de los aborígenes y de los juristas, es aún más reciente, pero la «mayoría democrática» blanca se opone a que tenga efecto.

Todas estas constataciones requieren una perspectiva nueva en cuanto al papel de los principales actores de la Historia, tanto en la metrópoli como en las colonias, e incluso modificaciones cronológicas que la tradición acabó por establecer.

Hacia el año 2000, como consecuencia de testimonios provenientes de argelinos víctimas de torturas, militares de alta graduación, como los generales Massu y Aussaresses, reconocieron los hechos, aunque asociándolos a la lucha contra el terrorismo.12 Esos hechos, por otra parte, eran tan sabidos como otros, y ya durante la guerra de Argelia numerosas voces, como la de Bonnaud, por ejemplo —lo mismo que hoy, en Rusia, ante los excesos cometidos en Chechenia—, se habían alzado para estigmatizar actos que las autoridades militares niegan o negaban. Ahora bien, al tratarse de departamentos de Argelia, ya se practicaban sevicias contra los nacionalistas mucho antes de que estallase la guerra, sobre todo por parte de la policía.

Notas:
1 Véase infra el cuadro de testimonios, que los enumera.2 Christian Courtois (coord.), Le livre noir du communisme, 2ª edic., Robert Laffont, París, 2000.3 Hannah Arendt, Les origines du totalitarisme. L'impérialisme, Fayard, París, 1997 [ed. cast.: Los orígenes del totalitarismo, trad. Guillermo Solana, Taurus, Madrid, 1998]. 4 Aimé Césaire, Discours sur le colonialisme, Présence Africaine, París, 1955.5 Véase infra el trabajo de Nadja Vuckovi ´c, «Qui demande des réparations et pour quels crimes?» 6 Véase más adelante el trabajo de Marcel Merle, «El anticolonialismo».7 Aunque el término colonialismo no se ha aplicado a la colonización árabe, hablaremos de ella en esta obra; véase infra el trabajo «Sobre la trata y la esclavitud». 8 Tocqueville, De la colonie en Algérie, 1847, Bruselas, reedic. Complexe, 1988.9 Sobre la imaginería colonial, véase Images et colonies, N. Bancel, P. Blanchard, L. Gervereau (compils.), BDIC, Nanterre, 1993.10 Ch.R. Ageron, Politiques coloniales au Maghreb, PUF, París, 1973, p. 229.11 Béatrice FleuryVillate, La Mémoire télévisuelle de la guerre d'Algérie, L'Harmattan, París, 1992.

*Doy las gracias a los demás autores de esta obra, a quienes he dado a leer esta introducción y me han sugerido correcciones útiles.

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8.3.07

El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste


Massimo Gaggi/Edoardo Narduzzi





El matrimonio Arnolfini,
de Van Eyck, símbolo de
la burguesía que hoy,
al parecer, está
condenada a desaparecer




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El fin de la clase media
y el nacimiento de la sociedad de bajo coste

Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi
Traducción de Cuqui Weller.
Lengua de Trapo. Madrid, 2007.
154 páginas,
16'85 euros

Sostiene este libro que la clase media está desapareciendo. Desde el siglo XIX fue la clase social que mantuvo el dique contrarrevolucionario y desempeñó un papel central en el desarrollo y sostenimiento del crecimiento económico. La clase media ha sido el caldo de cultivo de los profesionales y de aquellos que con su esfuerzo y sus virtudes cívicas han contribuido al desarrollo de la sociedad industrial.
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Señalan Máximo Gaggi, subdirector del "Corriere della Sera", y Edoardo Narducci, ensayista y empresario en el sector de la alta tecnología, que el Estado moderno es fruto de la voluntad política de la clase media. Dicha clase encarna el espíritu del Estado de Bienestar cuyos primeros pasos son fruto del empeño de Bismarck a finales del siglo XIX.
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Sin embargo, es a finales de la Segunda Guerra Mundial cuando el gobierno conservador de Winston Churchill se adhiere al Plan Beveridge y crea una red de servicios sociales que van desde la educación a la sanidad pasando por el subsidio de paro y las pensiones. Esta red constituye el gran triunfo de una clase media que legitima el espacio democrático para su desarrollo y una perspectiva política que va más allá de los nacionalismos y que prepara el terreno para lo que con los años será la Unión Europea.
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Tal como van mostrando Gaggi y Narducci a lo largo de estas páginas, "en apenas medio siglo el mercado ha creado una situación sustancialmente distinta". La presencia ostentosa de nuevos ricos es cada vez mayor, y mayor es también la sospecha de que su ingente dinero no es únicamente fruto del funcionamiento del mercado sino también de la evasión fiscal. A la par que aumenta el número de millonarios se detecta un aumento de los trabajadores no especializados y los pensionistas. Pero ni ricos ni pobres son la causa del progresivo debilitamiento que está sufriendo la clase media en Europa. El fenómeno es más complejo, y para exponerlo al lector, Gaggi y Naducci comienzan por trazar los cuatro rasgos más característicos que jalonan la pérdida de densidad de la clase media.
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El primero de ellos se concreta en la aparición de "una aristocracia muy patrimonializada y acaudalada". Gran consumidora de bienes, sus miembros serían los vencedores de la ruleta de la innovación capitalista. El segundo rasgo radica en la consolidación de una élite de tecnócratas del conocimiento con rentas altas y con una notable capacidad de consumo. Dicha élite sería altamente inestable, casi nunca alcanzaría a la aristocracia acaudalada y con frecuencia caería hacia la clase baja.
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La tercera característica del nuevo fenómeno social se apreciaría en la aparición de "una sociedad masificada de renta medio-baja", a la que los servicios de bajo coste proporcionarían un acceso a bienes y servicios antes reservados a clases más acomodadas. Ikea o los vuelos a bajo coste ilustran a la perfección el consumo de esta nueva sociedad masificada e indiferenciada. Por último, el escenario de la desaparición de la clase media que plantean Gaggi y Narducci se completa con una clase "proletarizada" cuyo poder adquisitivo no iría más allá de los bienes de primera necesidad.
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Maestros, funcionarios de bajo nivel o divorciados formarían un grupo cada vez más próximo a poblaciones emergentes del Tercer Mundo. La transformación social jalonada por las cuatro señales que para los autores marcan el desleimiento de la clase media, no sería, a pesar de todo, decisiva si no fuera porque el doble papel que jugaba la clase media no se hubiera ido al garete. Por un lado, su papel moderador, tanto del comunismo como del capitalismo más brutal y competitivo. Un capitalismo, añadamos nosotros, que ya no sería el del modelo renano sino el de ciertas prácticas anglosajonas.
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Por otra parte, habría que añadir la incapacidad de la clase media para mantener un nivel óptimo de demanda adicional de bienes de consumo capaces de garantizar economías de escala. Desaparecida la lucha de clases y globalizado el mercado, los productos se hacen infinitos e interclasistas. De este modo las empresas pueden recuperar en los mercados de Brasil o China las ventas perdidas en Alemania o Italia En opinión de Gaggi y Narducci, el contraste entre una economía en plena expansión y la expansión de amplias masas de gente empobrecida no significa una contradicción sino una muestra más de lo que está ocurriendo.
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Cada vez son más numerosas las enfermeras a domicilio en Estados Unidos que cobran ocho dólares a la hora o cocineros que ganan siete, lo que viene a sumar mil o mil doscientos euros al mes. Cifra con la que se puede sobrevivir si no se tienen hijos, se vive en una población barata o se goza de una excelente salud que no requiera, por ejemplo, gastos de dentista. (En Estados Unidos, el número de personas sin cobertura sanitaria, excepto la básica y gratuita asegurada por el servicio público, sigue creciendo. En 2005 era de cuarenta y cinco millones de ciudadanos). Si a ese sueldo le añadimos un poco más, entonces ya se puede entrar en los servicios de bajo coste.
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Skype, Wal-Mart o Ryanair ejemplifican las nuevas empresas que coronan al consumidor de nueva generación y que nada tiene que ver con el comprador de Ferrari, Bang and Olufsen, Versace o Cartier.
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El progresivo adelgazamiento de la clase media no ha seguido, para nuestros autores, un proceso homogéneo. Su transformación se ha adaptado a tres modelos. El primero estaría representado por la sociedad norteamericana. Un ámbito caracterizado por una considerable movilidad social y por la polarización de rentas y patrimonios. El segundo correspondería al modelo escandinavo. Alta calidad del servicio público y formas de flexibilidad del mercado de trabajo, en un ámbito social en el que la distancia entre las rentas más altas y más bajas no resulta desmesurada. El tercer modelo se incardina en las sociedades asiáticas emergentes.
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Singapur, Taiwan y algunas ciudades chinas ilustran espacios sociales caracterizados por sus élites poderosas, tan bien descritas por Charles Wright Mills, superpuestas a una clase "unificada y conforme" espacios en los que las reglas se imponen desde arriba respetando, eso sí, la tradición. Para los autores en ninguno de estos tres contextos existe la clase media. El desarrollo económico es intenso y va acompañado de una reorientación de valores y de estilos de vida nuevos.
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Tras describir un mundo en el que la clase media se derrumba –la Unión Europea resiste a la baja el desmoronamiento de lo que fue su columna vertebral–, Gaggi y Narducci tratan de plantear un boceto de lo será el gobierno de la sociedad postclase media. Tarea que ellos mismos reconocen difícil porque con una realidad social cada vez más magmática mejorar para todos las condiciones de vida y la igualdad de oportunidades es de enorme complejidad.
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Lo cierto es que tanto el consumidor como el elector se orientan cada vez más en las sociedades occidentales por los deseos de lo que los autores denominan las aspiraciones de la "clase de masa", una amalgama en la que los intereses del votante son móviles, abiertos y tienden a interpretar el presente y el futuro a través de su propia agenda.
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En esta sociedad "desclasificada", la sostenibilidad del llamado modelo social europeo plantea una pregunta que este libro no acaba de responder: ¿Durante cuánto tiempo se podrá mantener un modelo que tiene una evidente dificultad para generar desarrollo económico e innovación tecnológica al ritmo que marcan China o Estados Unidos?
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Bernabé SARABI
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Introducción


Por todas partes aparecen nuevos ricos que ostentan su opulencia; entre los trabajadores (en general los no especializados) y pensionistas se detectan focos de pobreza imprevistos; la clase media, en progresivo decrecimiento, pierde renta y seguridad: la sociedad está inmersa en una tempestad.
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Un fenómeno común a gran parte de las democracias industriales de Occidente, pero que en Italia se ha agudizado por el impacto de una paralización económica más grave y duradera que en otros mercados y por una difusión de la evasión fiscal que hace difícil mirar a los nuevos ricos como el producto de un mercado cada vez más despiadado -la "ruthless economy" (economía despiadada) teorizada por Simon Head, director de la Century Foundation- pero que en cualquier caso funciona (Head, 2003).
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Este terremoto, que altera profundamente los mecanismos de distribución de la renta, acelera los procesos que están llevando a la sustancial desaparición de la "clase media" tal y como la hemos conocido en el siglo XX: poco a poco ha perdido sus señas de identidad porque las condiciones históricas que habían determinado su éxito han desaparecido. Pero también se debe a otros factores: sobre todo el fin de la era de las expectativas crecientes, en la que quien no estaba ya "tocado" por el bienestar se sentía, en cualquier caso, "en lista de espera " y no excluido; el final de las seguridades ocupacionales y también el impacto en la estructura social de mecanismos de mercado cuyas señas de identidad se modifican continuamente debido a la evolución tecnológica.
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En muchos países la difusión de la oferta de productos y servicios "low cost" ("de bajo coste"), al aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los salarios, empieza a tener más peso que una reforma fiscal o que el welfare (bienestar). Por lo tanto, tiende a sustituir las viejas estratificaciones de intereses en torno a los mecanismos de redistribución gestionados desde el gobierno por una masa indiferenciada: una "clase que ya no es clase" compuesta por sujetos que, cada vez más, piden ser tutelados como consumidores, además de cómo contribuyentes y como perceptores -actuales o potenciales- de pensiones, asistencia y ayudas de distintos tipos. Este inmenso milieu social limita, por abajo, con las "nuevas pobrezas" de los trabajadores no especializados que se encuentran compitiendo con la mano de obra de los países en vías de desarrollo y, por arriba, con una gran clase acomodada compuesta por los ricos "consolidados" y por la burguesía del conocimiento.
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El declive de la clase media no es ciertamente un relámpago que llega sin avisar: en 1985 (Rosenthal, 1985), el economista del departamento de estadística del Ministerio de Trabajo estadounidense Neal H. Rosenthal se preguntaba si ya se había iniciado -como lo habían denunciado otros- una polarización de las rentas con la consiguiente progresiva reducción de la clase media y la creación, por un lado, de una gran masa de ricos y, por otro, de un ejército de nuevos proletarios. Su análisis lo llevaba a concluir que hasta ese momento no se había verificado nada parecido. Añadía, sin embargo, que los procesos de desindustrialización -entonces apenas iniciados- y el desarrollo de las nuevas tecnologías de alta rentabilidad podrían provocar un fenómeno de este tipo a partir de la segunda mitad de los años noventa.
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Sus previsiones se han revelado bastante exactas, como también la convicción -con visión de futuro, puesto que en 1985 todavía estábamos en la era pre-Internet, Microsoft era una pequeña empresa y Bill Gates estaba empezando a monopolizar los ordenadores personales mundiales con su nuevo sistema operativo- de que las industrias "high tech" ("de alta tecnología") favorecerían una polarización de las rentas.
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Otras voces se han dejado oír en los últimos años: precisamente a mediados de los años noventa (julio de 1997), Rudi Dornbusch, economista del Massachusetts Institute of Technology (MIT), célebre por sus análisis mordaces y un lenguaje rudo y socarrón, publicó Bye bye middle class, un ensayo en el que preveía la inminente desaparición del "big government" ("gran gobierno") (la tendencia de muchos gobiernos a incluir en la esfera pública la mayoría de los servicios dados a los ciudadanos y también una porción considerable de las actividades productivas), del welfare state (estado del bienestar) y de la propia "clase media, acostumbrada a la comodidad, por no decir a la pereza".
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Dornbusch era consciente de que la abolición del estado del bienestar era un desafío que los gobiernos no sabían cómo afrontar. Advertía, sin embargo, que los políticos debían empezar a prepararse para los tiempos difíciles, en los que la competición entre sistemas y empresas, las privatizaciones y la globalización, además de algunas innegables ventajas económicas, producirían también graves problemas sociales, empezando, precisamente, por una reducción de las rentas del trabajador no especializado. Un desafío políticamente difícil, sobre todo para una Europa sacudida, por un lado, por las "inevitables desigualdades y la coexistencia de millonarios enriquecidos gracias a las tecnologías, mientras, por el otro, los electores de la antigua clase media se sienten aislados". Así pues, Dornbusch pronosticaba desde entonces una navegación tempestuosa por democracias que se ven obligadas a ajustar cuentas, al mismo tiempo, con un aumento de las desigualdades y una difusa seguridad económica. Veía sólo una luz en el horizonte: la inminente llegada del euro como "oportunidad para una nueva y dinámica visión de Europa". Si estuviese vivo aún, quién sabe qué abrasivas ironías reservaría a la Europa de hoy, en plena crisis económica, institucional y de liderazgo político.
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Una crisis que puede empujar a los gobiernos del Viejo Continente a ignorar o subestimar el problema de la reinterpretación, además del saneamiento financiero, de sistemas de bienestar que se han construido basándose, sobre todo, en la capacidad contributiva de la clase media: sistemas que están por lo tanto perdiendo la "constituency" ("los electores potenciales ") de referencia.
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Quizá se podría incluso afirmar que estos sistemas han perdido parte de su legitimación política original porque era precisamente la clase media el principal mantenedor político de una infraestructura pública que tenía como finalidad la reducción de los riesgos y las inseguridades de la vida individual y colectiva.
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Aquí existen, obviamente, problemas de garantías mínimas irrenunciables, de derechos que tutelar, de nuevos equilibrios entre libertad y seguridad (el trabajo autónomo ofrece más libertad pero menos garantías). Y también existe la necesidad de proyectar cualquier reforma a largo plazo.
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Pero el problema no radica sólo en el volumen de los recursos financieros disponibles: es importante también el modo en que estos derechos se tutelan. Un sistema de garantías sociales al servicio de las necesidades de una sociedad "desclasificada " sólo puede ser, al menos en parte, original. La forma de organización y las modalidades de funcionamiento de una administración pública pensada para servir a los intereses de la economía material tienden, por ejemplo, a uniformarse en este contexto: la cosa pública en los tiempos de la producción industrial repetía lógicas y modelos de la industria pesada y de masa.
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Hoy, en una sociedad que tiene la etiqueta del cuaternario (es decir, obtiene valores de los servicios innovadores ofrecidos por encima de los básicos), la ayuda que se pide a la administración tiene que ver con la rapidez y la flexibilidad de proceder, así como con el volumen de los servicios producidos.
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La filosofía del consumo de bajo coste, en definitiva, llegará inevitablemente a la esfera pública: lo que significa que quien gobierna el Estado deberá repensar la oferta pública teniendo en cuenta la menor disponibilidad de la clase de la masa para mantener la carga de su financiación. En otras palabras, tendrá que emerger la capacidad de dar vida a un verdadero y propio bienestar de bajo coste.
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Capítulo II.
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El crepúsculo del consumidor burgués
Tres mil millones de nuevos capitalistas en marcha

La clase media, aunque sin una razón de ser política -su papel de contención de los empujes revolucionarios de la clase obrera-, probablemente habría sobrevivido al transcurrir del tiempo si la razón económica que había favorecido su formación no se hubiera desintegrado como la nieve al sol. La sociedad intermedia representaba y representa el tipo ideal de consumidor de última necesidad, preparado para comprar cualquier producto que la oferta sea capaz de proponerle.

Mejor si va acompañado de cualquier mensaje promocional. Las producciones materiales del siglo pasado se han centrado en las potencialidades de consumo de la clase media: el automóvil, los primeros fármacos, los electrodomésticos, la construcción residencial, el mundo editorial, el ordenador; y a través de todo esto en acaparar todo el universo de productos que han acompañado el aumento del bienestar de los consumidores.
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El matrimonio era perfecto: la industria concebía nuevos productos capaces de satisfacer necesidades a veces reales, a veces solamente latentes, y los presentaba a la voracidad de la clase media, preparada para representar el propio papel de consumidor obediente y poco selectivo. Así las empresas crecían y con ellas también la potencialidad de adquisición de la clase media. Una relación aparentemente indisoluble: por una parte, la clase media, al ahorrar, ponía gran parte del capital necesario a disposición de la industria material para poder ampliar la oferta; por otra parte, al consumir a manos llenas todo lo que podía, satisfacía sus deseos y se realizaba en el plano de la identidad de clase.
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Un sistema con su equilibrio, capaz también de contener el empuje revolucionario de la minoría que estaba llamada a hacer funcionar esas máquinas: obreros que veían en cualquier caso crecer también su nivel de bienestar y que empezaban a tener la fundada esperanza de subir algún peldaño en la escala social, pasando de ser obreros a ser empleados.
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Este sistema funciona mientras el escenario de acción e interacción permanece restringido al ámbito nacional o poco más. Cuando algunos aspectos de esta ecuación estallan o se ponen en entredicho en cuanto a su utilidad "superior", entonces también la clase media está obligada a encarar lo nuevo que avanza. Y en este caso lo nuevo ha avanzado con dos máscaras: la del triunfo de la economía de mercado y la del capitalismo sin fronteras.
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El primer aspecto tiene una implicación intrínsecamente política porque supone un papel del mercado más allá de la dimensión del lugar organizado para el intercambio, hasta convertirse en una verdadera y propia ideología colectiva. Sólo el mercado, según esta interpretación, puede garantizar desarrollo, inclusión, democracia y justicia social. El mercado es la única ideología de la historia "acabada", es decir, la ideología elemental que habilita el funcionamiento regular y aceptado de los intercambios. Pero un mercado transformado en ideología dominante no necesita una clase contrarrevolucionaria que lo defienda, que tutele los intereses que manifiesta. O, por lo menos, así lo creen sus sacerdotes, mientras no se manifiesten algunas reacciones de "rechazo", como el no a la Constitución europea en los referendos de la primavera de 2005 en Francia y Holanda. Por otro lado, en una economía que ya no es nacional sino globalizada -y aquí llegamos al segundo aspecto-, cambian también los papeles de las clases sociales y el propio sistema de los intereses que hay que defender.
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En este terremoto económico, productivo y social, no se cumple el doble papel desarrollado por la clase media: por un lado, el de centro de intereses homogéneos en las democracias electivas posindustriales (dique natural, por lo tanto, no sólo del comunismo sino también del capitalismo "salvaje e hipercompetitivo") y, por otro, el de mantenedor de un nivel óptimo de demanda adicional de bienes de consumo duraderos, necesario para que la industria alcance economías de escala y genere valores; en definitiva, para ganar consenso.
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Hoy, ninguna de estas dos condiciones "se mantiene": la democracia representativa tiene que afrontar la pulverización de los intereses que ya no pueden contar con el cúmulo de ideologías "fuertes" y de un sistema productivo cerrado y basado en bienes de consumo estandarizados, capaces de encarnar un estatus social. La demanda ha alcanzado una escala global, los productos son infinitos y se han hecho "interclasistas" (el ejemplo más citado hoy es el de la iPod), las empresas materiales pueden recuperar en los mercados de Brasil o China las ventas perdidas en Alemania o Italia.
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La globalización ha provocado trastornos económicos y sociales que producirán "tres mil millones de nuevos capitalistas", como dice el eficaz eslogan convertido en el título del último libro de Clyde Prestowitz, gurú republicano del libre comercio (fue consejero del presidente Reagan y negociador de los acuerdos comerciales internacionales durante su mandato). Según Prestowitz (Prestowitz, 2005), las dinámicas actuales son hijas de la coincidencia de tres factores: la derrota del comunismo, que ha empujado a tres mil millones de chinos, rusos e indios al capitalismo (interpretado, además, de manera bastante "agresiva"); la revolución de Internet, que ha "anulado el tiempo"; y la difusión de la mensajería aérea de bajo coste -desde Federal Express a Dhl-, que ha "anulado el espacio". El trabajo de estos enormes grupos de bajo coste se está utilizando en (casi) cualquier parte del mundo porque permite transferir rápidamente mercancías y prestaciones intelectuales con gravámenes insignificantes. Si Estados Unidos no espabila, China volverá pronto a ocupar un papel central, como en la época del Imperio Medio: hacia el año 2050 China superará a los Estados Unidos en renta nacional bruta (aunque, si se usa como medidor el poder adquisitivo, el adelantamiento podría cumplirse en 2025).
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Es precisamente este progresivo desplazamiento de los equilibrios de la demanda mundial hacia los países llamados emergentes lo que mina en la base los cimientos económicos sobre los que la clase media ha encontrado en los últimos siglos su estabilidad. Si la disminución de la demanda del milieu social francés está más que compensada por la capacidad de consumo de los neoacomodados indios, entonces, para quien invierte en el sistema productivo, la necesidad de una clase de consumidores occidentales con la cartera llena se convierte en un aspecto menos vital.
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Dos factores explican bastante bien las razones por las que las lógicas productivas y mercantiles contemporáneas implican la superación de la clase media o, como mínimo, de su papel. Las sociedades "neófitas" del capitalismo global de corte occidental, las asiáticas en particular, están lo más alejadas posible del concepto de clase media. Es más: son, de partida, mucho más parecidas a la imagen del magma social, de la sociedad-masa que hemos señalado anteriormente como el modelo de referencia posmaterial.
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Por ejemplo, China e India -las sociedades y los mercados que, más que otros, rediseñarán los equilibrios mundiales en el transcurso del siglo xxi- se mueven por caminos que prevén la formación de una gran clase de consumidores con un papel político, de hecho, limitado. La aspiración china es la de aprovechar las potencias del mercado para dar vida a una verdadera sociedad de masa con una conciencia nacional y patriótica, pero no de clase, a la que se le garantizan posibilidades de consumo cada vez mayores. De esta manera se afirma el cambio indispensable para llevar a China más allá del comunismo, pero sin deslegitimar al gobierno centralizado de una elite al servicio de los intereses comunes del país: se amplía el espacio de las libertades de elección de consumo dentro de un cuadro político paternalista. Una especie de Singapur elevada a la enésima potencia.
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En cuanto a India, que viene de la tradición de las castas y de la milimétrica segmentación de la sociedad con el objetivo de bloquear su movilidad, la lógica occidental de la clase media no es otra cosa que la aspiración a poder hacer alarde de algunos cientos de miles de consumidores educados, acomodados, no agresivos, como manda la tradición, y capaces de mantener unido un continente verdadero y propio. También la India de las castas tiene que adapatarse, cada día más, a la liberalización del saber y de las oportunidades de realización de los individuos, y aceptar el reto de convertirse en una sociedad abierta e integrada con el resto del mundo y caracterizada por algunos cientos de millones de individuos con una renta disponible cada vez más alineada con la occidental.
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Son precisamente estos grupos de nueva demanda, que se han ido formando a partir de finales de los años setenta y que con el inicio del nuevo siglo han acelerado el paso para ganar papel y peso internacional, los que quitan, cada vez más rápidamente, el oxígeno necesario para alimentar la energía motora de la clase media occidental. No sólo porque contribuyen considerablemente a rediseñar las características de consumo mundial en términos de tipología y costes de los bienes y de los servicios, sino también porque se hace difícil imaginar la supervivencia de una clase media occidental o europea con las características de las últimas décadas cuando asoman al mercado mundial mil quinientos millones de nuevos trabajadores a bajo coste. Sujetos cada vez más escolarizados e indiferentes a las lógicas de quien, en el mundo del bienestar, quiere defender las "conquistas del pasado".
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Así, en los países industrializados, la necesidad económica que hay que satisfacer a través de una clase homogénea de consumidores reconocibles está sujeta a la lógica de los grandes números: para conseguir el mismo resultado es preferible extender lo más rápido posible a cientos de millones de consumidores el umbral del bienestar. La sociedad de masa nace naturalmente con el crecimiento y el desarrollo económico del nuevo mundo. La antigua forma de producción, y con ella las clases que la han alimentado, ha sido arrollada por el nuevo empuje del globo convertido en mercado competitivo y abierto.
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Hay que reflexionar sobre la ironía de la historia: una clase que es hija de la revolución burguesa contra la aristocracia latifundista, pero que después, en su madurez, ha asumido un papel "contrarrevolucionario", es arrollada por una revolución invisible en sus acciones y nunca declarada, sin líderes ni banderas pero despiadada, como cualquier revolución, en conseguir sus propios objetivos.
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Así, sucumbe el papel económico desarrollado con éxito por la clase media, mientras el consumidor burgués sufre una eutanasia más o menos lenta. El mismo destino le espera a la estructura industrial que ha caracterizado a la economía de mercado de la clase media.
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Para comprender bien por qué ocurre esto, es oportuno concentrar la atención en la oferta de bienes y servicios: sólo así se puede entender el vuelco radical que se ha producido mientras tanto en favor de la demanda. Las necesidades de la sociedad de masa que hay que satisfacer son en buena parte originales. Y esto porque existe la exigencia, para quien produce, de desarrollar una oferta estandarizada, pero también, en la medida de lo posible, personalizada, dentro de un modelo productivo dado.
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Wal-Mart o Ikea, por poner dos ejemplos que aclaran la aparente contradicción, encarnan perfectamente esta petición de la demanda masificada, capaces de satisfacer en cualquier sitio por igual, pero con productos flexibles (o componibles), las necesidades de los consumidores en masa.
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Se trata de un fenómeno original para la economía de libre cambio, que uno de los mayores gurús internacionales en materia de estrategia del negocio, C. K. Prahalad, de la Universidad de Michigan (Prahalad, Ramaswamy, 2004), ha explicado con la necesidad para la empresas contemporáneas de aprender a coproducir valores junto a los propios clientes para responder mejor a la segmentación de los gustos. Una evolución que ya está en marcha en la electrónica y en las áreas de manufactura tradicionales. A estos sectores se les unirán otros, pensados para servir a nuevos segmentos de la sociedad de la masa global.
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Es el caso del sector automovilístico, que en 2005 ha registrado el éxito del Dacia Logan, el utilitario de bajo coste de Renault, fabricado en la localidad rumana de Potesti y concebido originalmente para los mercados de los países emergentes a un precio base de cinco mil setecientos euros. El coche, ahora comercializado en Europa, con precio final de siete mil quinientos euros, ha superado todas las previsiones de venta en Francia. A los que más ha atraído ha sido a los mayores de cincuenta años acostumbrados a comprar coches de ocasión. Después están los utilitarios chinos de bajo coste, con precios base todavía más reducidos. Faw Group Corporation ofrece un coche con motor de mil centímetros cúbicos y equipamiento básico a partir de cuatro mil euros, mientras que el grupo Jiangling Motors comercializa el Suv por sólo diecisiete mil euros, mucho menos de lo que piden los productores tradicionales por sus modelos análogos (los productores europeos objetan que algunos de estos coches no son sólo austeros: en las pruebas antichoque han revelado su fragilidad).
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En Londres, en el sector hostelero, se han abierto los primeros hoteles de bajo coste que ofrecen, por unos euros por noche, un espacio básico a quien se contenta con una cama, una luz, poco espacio para ropa y maletas, y servicios higiénicos decentes. Ahora existen también los cruceros de bajo coste -recién lanzados por "easyCruise.com", la nueva aventura del empresario de origen griego Stelios, de treinta y ocho años, famoso por haber sacado a bolsa y triunfado con su compañía aérea easyjet-, que permiten a las parejas disfrutar de un crucero de una semana entre la Costa Azul y la Riviera ligur por unos ochenta euros al día.
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Quien se obstine en producir u organizar modelos de oferta pensados para un consumidor que ya no existe quedará inevitablemente fuera de la escena. Es el caso de los grandes almacenes Sears, que tuvieron una crisis y fueron absorbidos por una cadena mayor, porque continuaron durante muchos años ofreciendo un binomio, producto de media calidad-precio más elevado, cuando los gustos de la mayoría de los consumidores en gran parte se habían movido al bajo coste de Wal-Mart y parecidos, y otra parte acomodada pero minoritaria había preferido, mientras tanto, la oferta más personalizada y de calidad de las cadenas tipo Neiman Marcus y Bloomingdales.
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Es evidente que se trata de pasos no inmediatos o instantáneos, pero también está claro que el movimiento hacia la sociedad de masas, al estar respaldado por un gran número de individuos deseosos de ganarse un puesto en el paraíso del bienestar, es difícil de parar.
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Se trata de una tendencia de superación del mercado de masas, que también se entrevé en la elección de los grandes productores de bienes de consumo, que ahora ya segmentan las grandes masas en tantos mercados con marcas y publicidad orientadas hacia ellos. "Tide" para Procter&Gamble sigue siendo un detergente que, él solo, factura dos mil millones de dólares al año. Pero ya no es un producto "universal" con la misma publicidad en todo el mundo, como sucedía en los años sucesivos a su lanzamiento, en 1949: hoy existen mercados (sobre todo en el Tercer Mundo) que aún permanecen sensibles a una marca que, en cualquier caso, se percibe como garantía de calidad, mientras otros mercados más evolucionados las prefieren más "elitistas" ("Ivory", "Crest") o productos no tan reconocibles, pero que ofrecen la ventaja del precio.
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También la publicidad sigue estos nuevos derroteros: en Estados Unidos, productos que antes se ofrecían a un público indiferenciado, a través de anuncios en las grandes cadenas de televisión nacional, hoy utilizan canales más limitados que apuntan a segmentos específicos del público. Para los jóvenes se usan, por ejemplo, las televisiones de circuito cerrado de la cadena de tiendas Foot Locker, mientras que, si se quiere dirigir a la comunidad negra o latina, se pone publicidad en Upscale, una revista distribuida en las peluquerías de la periferia y en las retransmisiones televisivas más seguidas en los bares hispanos.
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Una confirmación de estas líneas de tendencia se encuentra en un reciente best seller de dos profesores de la escuela de dirección de empresas francesa INSEAD. Al diseñar la estrategia que deben seguir las empresas para adentrarse en lo que se llama "estrategia del océano azul", W. Chan Kim y Renée Mauborgne (Kim, Mauborgne, 2005) explican que, para tener éxito con la producción de un valor innovador, las empresas sólo tienen dos salidas: diferenciar la oferta y producir a bajo coste. El deseo de adquirir a buen precio determina, así, la exigencia de organizar la producción de manera original respecto al pasado.
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Más adelante veremos cómo, con qué implicaciones y con qué incógnitas políticas. Mientras, nos ocuparemos, con datos en la mano, del desmantelamiento que se está llevando a cabo en las viejas clases medias occidentales, columna vertebral de la Revolución industrial y posindustrial y custodio en la defensa de los derechos de propiedad.
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29.1.07

MARIO VARGAS LLOSA: "DICCIONARIO DEL AMANTE DE AMERICA LATINA". Reseña de Tito Matamala (Chile)



Mario Vargas Llosa


Yo descubrí América Latina en París, en los años sesenta. Hasta entonces había sido un joven peruano que, además de leer a los escritores de mi propio país, leía casi exclusivamente a escritores norteamericanos y europeos, sobre todo franceses.

Con excepción de algunas celebridades, como Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, apenas conocía a alguno que otro escritor hispanoamericano y en esos años jamás pensé en América Latina como una comunidad cultural, sino más bien como un archipiélago de países muy poco relacionados entre sí.

Que era algo muy distinto lo aprendí en París, ciudad que, en los años sesenta, se convirtió, en palabras de Octavio Paz, en la capital de la literatura latinoamericana. En efecto, la mayoría de los escritores más importantes de esa región de mundo habían vivido, o vivían, o pasaban por París, y los que no, de todas maneras terminaban siendo descubiertos, traducidos y promovidos por Francia, gracias a lo cual América Latina reconocía y empezaba a leer a sus propios escritores.

Los sesenta fueron unos años exaltantes. América Latina pasó a estar en el centro de la actualidad gracias a la Revolución cubana y a las guerrillas y a los mitos y ficciones que pusieron en circulación. Muchos europeos, norteamericanos, africanos y asiáticos veían surgir en el continente de los cuartelazos y de los caudillos una esperanza política de cambio radical, el renacimiento de la utopía socialista y un nuevo romanticismo revolucionario. Y, al mismo tiempo, descubrían la existencia de una literatura nueva, rica, pujante e inventiva, que, además de fantasear con libertad y con audacia, experimentaba nuevas maneras de contar historias y quería desacartonar el lenguaje narrativo.

Mi descubrimiento de América Latina en esos años me catapultó a leer a sus poetas, historiadores y novelistas, a interesarme por su pasado y su presente, a viajar por todos sus países y a vivir sus problemas y sus luchas políticas como si fueran míos.

Desde entonces comencé a sentirme, ante todo, un latinoamericano. Lo he seguido siendo todos estos años y lo seré los que me quedan por vivir, aunque ahora entienda mejor que antaño que lo latinoamericano no es más que una expresión de lo universal, sobre todo de lo occidental, y aunque mis ilusiones de una América Latina libre, próspera, impregnada con la cultura de la libertad hayan pasado muchas veces del optimismo al pesimismo y de éste otra vez al optimismo, y de nuevo al pesimismo, a medida que el mundo en el que nací parecía encontrar el rumbo democrático o caía otra vez más en el autoritarismo y la violencia.

¿Qué significa sentirse un latinoamericano? Primero que nada, tener conciencia de que las demarcaciones territoriales que dividen a nuestros países son artificiales, ucases políticos impuestos de manera arbitraria en los años coloniales y que los líderes de la emancipación y los gobiernos republicanos en vez de reparar, legitimaron y a veces agravaron, dividiendo y aislando a sociedades en las que el denominador común era mucho más profundo que las diferencias particulares.

Esta balcanización forzada de América Latina, a diferencia de lo que ocurrió en América del Norte, donde las trece colonias se unieron y su unión disparó el despegue de los Estados Unidos, ha sido uno de los factores más conspicuos de nuestro subdesarrollo, pues estimuló los nacionalismos, las guerras y conflictos en que los países latinoamericanos se han desangrado, malgastando ingentes recursos que hubieran podido servir para su modernización y progreso.

Sólo en el campo de la cultura la integración latinoamericana ha llegado a ser algo real, impuesto por la experiencia y la necesidad -todos aquellos que escriben, componen, pintan o practican cualquier otra tarea creativa descubren que lo que los une es mucho más importante que lo que los separa de los otros latinoamericanos-, en tanto que en los otros dominios, la política y la economía sobre todo, los intentos de unificar acciones gubernativas y mercados se han visto siempre frenados por los reflejos nacionalistas, por desgracia muy enraizados en todo el continente: es la razón por la que todos los organismos concebidos para unir a la región, desde el Pacto Andino hasta el Mercosur, nunca han prosperado. Las fronteras nacionales no señalan las verdaderas diferencias que existen en América Latina.

Ellas se dan en el seno de cada país y de manera transversal, englobando regiones y grupos de países. Hay una América Latina occidentalizada, que habla en español, portugués e inglés (en el Caribe y en Centroamérica) y es católica, protestante, atea o agnóstica, y una América Latina indígena, que, en países como México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia, consta de muchos millones de personas, y que conserva instituciones, prácticas y creencias de raíz prehispánica.

Pero la América indígena no es homogénea, sino, a su vez, otro archipiélago y experimenta distintos niveles de modernización. En tanto que algunas lenguas y tradiciones son patrimonio de vastos conglomerados sociales, como el quechua y el aymara, otras, como es el caso de las culturas amazónicas, sobreviven en comunidades pequeñas, a veces de apenas un puñado de familias.

El mestizaje, por fortuna, está muy extendido y tiende puentes, acerca y va fundiendo a estos dos mundos. En algunos países, como en México, ha integrado cultural y racialmente a la mayoría de la sociedad -es tal vez el único logro de la revolución mexicana-, dejando convertidas en minorías a aquellos dos extremos étnicos. Esta integración, por cierto, es mucho menos dinámica en el resto del continente, pero continúa ocurriendo y, a la larga, terminará por prevalecer, dando a América Latina el perfil distintivo de un continente mestizo. Aunque, esperemos, sin uniformarla totalmente y privarla de matices, algo que no parece posible ni deseable en el siglo de la globalización y la interdependencia entre nacionales.

Lo indispensable es que, más pronto que tarde, gracias a la democracia -la libertad y la legalidad conjugadas- todos los latinoamericanos, con prescindencia de raza, lengua, religión y cultura, sean iguales ante la ley, disfruten de los mismos derechos y oportunidades y coexistan en la diversidad sin verse discriminados ni excluidos. América Latina no puede renunciar a esa diversidad multicultural que hace de ella un prototipo del mundo.

Este libro es un testimonio del compromiso con América Latina que contraje en París, pronto hará medio siglo, y al que sigo fiel. Aunque cualquiera que hojee sus páginas comprobará que, a lo largo del tiempo, mis opiniones literarias y mis juicios políticos y mis entusiasmos y críticas han cambiado muchas veces de blanco y contenido -todas las veces que la mudable realidad me lo exigía-, mi interés, mi curiosidad y también mi pasión por ese mundo complejo, trágico y formidable, de inmensa creatividad y de sufrimiento y penalidades indecibles, en el que las formas más refinadas de la civilización se mezclan con las de la peor barbarie, se han conservado intactos hasta hoy.

Una de las obsesiones recurrentes de la cultura latinoamericana ha sido definir su identidad. A mi juicio, se trata de una pretensión tan inútil como imposible, pues la identidad es algo que tienen los individuos y de la que carecen las colectividades, una vez que superan los condicionamientos tribales. Pero, al igual que en otras partes del mundo, esta manía por determinar la especificidad histórico-social o metafísica de un conjunto gregario ha hecho correr océanos de tinta en América Latina y generado feroces diatribas e interminables polémicas. La más célebre y prolongada de todas, aquella que enfrentó a hispanistas, para quienes la verdadera historia de América Latina comenzó con la llegada de españoles y portugueses y la articulación del continente con el mundo occidental, e indigenistas, para quienes la genuina y profunda realidad de América está en las civilizaciones prehispánicas y en sus descendientes, los pueblos indígenas, y no en los herederos contemporáneos de los conquistadores, que todavía hoy marginan y explotan a aquellos.

En verdad, cualquier empeño por fijar una identidad única a América Latina tiene el inconveniente de practicar una cirugía discriminatoria que excluye a millones de latinoamericanos y a muchas formas y manifestaciones de su frondosa variedad cultural.

La riqueza de América Latina está en ser tantas cosas a la vez que hacen de ella un macrocosmos en el que cohabitan casi todas las razas y culturas del mundo.

A cinco siglos de la llegada de los europeos a sus playas, cordilleras y selvas, los latinoamericanos de origen español, portugués, italiano, alemán, chino o japonés son tan oriundos del continente como los que tienen sus antecesores en los antiguos aztecas, toltecas, mayas, quechuas, aymaras o caribes. Y la marca que han dejado los africanos en el continente, en el que llevan también cinco siglos, está presente por doquier: en los tipos humanos, en el habla, en la música, en la comida y hasta en ciertas maneras de practicar la religión.

No es exagerado decir que no hay tradición, cultura, lengua y raza que no haya aportado algo a ese fosforescente vórtice de mezclas y alianzas que se dan en todos los órdenes de la vida en América Latina. Esta amalgama es su riqueza. Ser un continente que carece de identidad porque las tiene todas.

Aunque no se aborde de manera explícita, un asunto merodea por todos los vericuetos de este diccionario: la paradoja de la abismal contradicción que existe en América Latina entre su realidad social y política y su producción literaria y artística.

El mismo continente que, por sus astronómicas diferencias de ingreso entre pobres y ricos, sus niveles de marginación, desempleo y pobreza, por la corrupción que socava sus instituciones, por sus gobiernos dictatoriales y populistas, por los niveles de analfabetismo y de escolaridad, sus índices de criminalidad y narcotráfico y el éxodo de sus pobladores, es la encarnación misma del subdesarrollo, detenta un altísimo coeficiente de originalidad literaria y artística.

En el campo de la cultura sólo se puede hablar de subdesarrollo en América Latina en su vertiente sociológica: la pequeñez del mercado cultural, lo poco que se lee, el ámbito restringido de las actividades artísticas. Pero, en lo tocante a la producción, ni sus escritores, ni sus cineastas, ni sus pintores, ni sus músicos (que hacen bailar al mundo entero) podrían ser llamados subdesarrollados.

En sus mejores exponentes, el arte y la literatura latinoamericanos han dejado atrás hace tiempo lo pintoresco y lo folclórico y alcanzado unos niveles de elaboración y de originalidad que les garantizan una vigencia universal.

¿Cómo explicar esta paradoja? Por los grandes contrastes de la realidad de América Latina, donde no sólo conviven todas las geografías, las etnias, las religiones y las costumbres, sino también, como lo mostró Alejo Carpentier en Los pasos perdidos , todas las épocas históricas. En tanto que las élites culturales se modernizaban y abrían al mundo y se renovaban gracias a un cotejo constante con los grandes centros de pensamiento y creación cultural de la vida contemporánea, la vida política, con muchas excepciones, permanecía anclada en un pasado autoritario de caudillos y camarillas que ejercitaban el despotismo, saqueaban los recursos públicos, y mantenían la vida económica congelada en el feudalismo y el mercantilismo.

Un divorcio monstruoso se produjo: en tanto que los pequeños reductos de la vida cultural -mínimos espacios de libertad librados a su suerte por un poder político generalmente inculto y desdeñoso de la cultura- se hallaban en contacto con la modernidad y evolucionaban y salían de ellos escritores y artistas de alto nivel, el resto de la sociedad permanecía poco menos que inmovilizada en un anacronismo autodestructor. Es verdad que en los últimos tiempos han mejorado algo las cosas, pues hay en América Latina una gran mayoría de gobiernos democráticos. Pero algunos de ellos se tambalean por su incapacidad para satisfacer las demandas sociales y por la corrupción que los corroe, y el continente tiene todavía, como recuerdo emblemático de su pasado, la dictadura más longeva del mundo: la de Fidel Castro (46 años en el poder).

Este libro es, a su modo, una mezcolanza plural, muy parecida, aunque en formato microscópico, de lo que, creo yo, es América Latina. Se compone de textos escritos desde que, en mi juventud, me descubrí un latinoamericano, hasta la fecha, que se ocupan de todos los temas imaginables -la revolución, la fotografía, ciertos hábitos del lenguaje popular, el cine, las dictaduras, el paisaje, los escritores, la historia, el humor, el fútbol, los viajes, la pintura-, y comprenden variedad de géneros: el reportaje periodístico, el artículo, la evocación, la reseña, la nota necrológica, la crónica y hasta la ficción. Como están escritos en épocas diferentes hay entre ellos divergencias y contradicciones, que hubiera sido deshonesto tratar de disimular.

Lo que les da unidad es que todos ellos, desde distintas perspectivas y con diferentes pretextos, tratan de capturar a través de la escritura un instante, una imagen, de ese vértigo incesante que es América Latina, en alguna de sus infinitas manifestaciones.

El libro no aspira a ser objetivo e impersonal. Por el contrario, está cargado de subjetividad. La mayoría de los textos están escritos en primera persona y dan cuenta de mis experiencias y reacciones frente a determinados asuntos de la realidad latinoamericana. Y, por eso, de una manera un tanto accidental, este libro es también como el revés de una autobiografía, la materia prima que la haría posible.

No se puede entender América latina sin salir de ella y observarla con los ojos y, también, los mitos y estereotipos que se han elaborado sobre ella en el extranjero, porque esa dimensión mítica es inseparable de la realidad histórica de una comunidad, y, asimismo, porque muchos de esos mitos y estereotipos América Latina los ha hecho suyos y metabolizado, empeñándose a menudo en ser lo que, por razones ideológicas y folclóricas, muchos europeos y norteamericanos decían que era y querían que fuera, empezando por el cronista colonial León Pinelo, quién "demostró" que en la Amazonia se encontraba el Paraíso Terrenal.

Por eso, en estas páginas figuran muchos pensadores y escritores que, sin ser latinoamericanos, han tenido una influencia relevante en su vida cultural y política, y, como premio o castigo, merecerían serlo. Entre esas influencias ha prevalecido, en buena parte de la historia latinoamericana, la cultura francesa.

Desde los tiempos de la Independencia, en que las ideas de los enciclopedistas y los doctrinarios de la Revolución dejaron una huella fundamental en los ideales de emancipación, y pasando por el positivismo que marcó el quehacer intelectual y cívico de un confín a otro de la región pero, sobre todo, a Brasil y México, hasta hace relativamente poco tiempo los modelos estéticos, las ideologías, los valores filosóficos, los temas y prioridades del debate intelectual en América Latina han seguido muy de cerca lo que ocurría en Francia. Y, a menudo, lo que llegaba hasta nosotros de otras culturas lo hacía a través de las traducciones, las modas y las interpretaciones francesas.

Eso ha cambiado en nuestro tiempo, con la ramificación de centros culturales y la desaparición de las fronteras, pero, hasta mi generación por lo menos, la vida artística y cultural de América Latina sería incomprensible sin la fecundación francesa. Es la razón por la que Francia está presente en este libro; además de reflejar una preferencia personal, esta presencia, creo, sintoniza cabalmente con una verdad histórica.

Jamás hubiera sido posible este diccionario sin la ayuda generosa de mi traductor y amigo, Albert Bensoussan, incansable sugiriendo la inclusión de textos, perfeccionando la estructura del libro y preparando las notas aclaratorias, y la de mi antigua colaboradora y amiga, Rosario Muñoz-Nájar de Bedoya, quien se las arregló siempre, escarbando archivos, bibliotecas y cajones, para hacer aparecer los textos que creía desaparecidos. A ambos, muchas gracias.

Londres, 26 de julio de 2005
Por Mario Vargas Llosa

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Tito Matamala (Chile)


RESEÑA

El ABC de Vargas Llosa

En el "Diccionario del amante de América Latina", el autor peruano da cuenta de todos sus cariños y obsesiones hacia el continente a través de cuarenta años de prolífica labor de cronista. El libro se torna una pieza fundamental para entender nuestros procesos políticos, sociales y culturales.

Tito Matamala.
www.titolandia.cl

Además de ser el indiscutido más grande escritor de América Latina en este momento, Mario Vargas Llosa es un notable ensayista y un estudioso de la literatura. En rigor, es un hombre intelectual, pese a los equívocos a los que se presta esa palabra. Varios volúmenes recogen esta parte de su obra, y resultan muy indicados para entender ciertos procesos creativos de los narradores. Leer y escuchar a Vargas Llosa es un agrado estético además, y uno se pregunta cómo es posible alcanzar tal nivel de conocimientos y esa habilidad de expresión del peruano.

En el "Diccionario del amante de América Latina" (Paidós, 2006) asistimos a una especie de compilado de los últimos cuarenta años del autor, pues el libro reúne un sinnúmero de intervenciones suyas aparecidas en diversos medios – libros, periódicos, conferencias – y presentadas aquí en un orden alfabético, de la A a la Z. Por fortuna, se consignan las fechas originales a fin de que las ubiquemos en su contexto, pues, como señala el autor, no siempre las opiniones pueden sostenerse en el tiempo, y es legítimo que muten o que luego sean negadas: "es una mezcolanza plural, muy parecida, aunque en formato microscópico, de lo que, yo creo, es América Latina". Así, pasan por las páginas, por sólo enumerar nombres propios: Jorge Amado, Miguel Angel Asturias, Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Rubén Darío, José Donoso, Jorge Edwards, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Julio Ramón Ribeyro, Flora Tristán, César Vallejo, etc.

Vargas Llosa es el escritor de las utopías, un tema que ha sido recurrente en su extensa narrativa. Por eso, no nos extraña que se refiera en detalle a las ramificaciones que han tenido las utopías en el continente, a los crímenes que se han cometido en su nombre, a la frustración que provoca en los pueblos desvalidos, hambrientos y sin justicia. Cuando pudiera haber sido la esperanza de un mundo mejor, cada vez que la utopía intenta materializarse en la tierra se convierte en el infierno. "Yo soy utópico en todo, menos en la política – aclara el autor, que alguna vez también fuera candidato presidencial –. Creo que en política hago esfuerzos denodados, por lo menos desde hace treinta años, para ser realista, democrático. La utopía es la negación de la democracia, o mejor dicho, la democracia es la negación de la utopía". Por desgracia, los países del continente, abrumados por la pobreza y la injusticia, siguen aferrándose a las utopías, a los cambios radicales que puedan salvarlos de la noche a la mañana.

Como muchos autores latinoamericanos, o más bien todos, Vargas Llosa vivió, escribió y publicó en Francia en los años sesenta, cuando América Latina había entrado estruendosamente en la historia universal porque sus procesos políticos y sociales encandilaban al resto del mundo. En aquellos tiempos, París era el centro del universo, y la revolución cubana el faro que guiaba a los narradores y poetas. Recién entonces, el autor dice haber fijado sus ojos en el vecindario y en su producción literaria, puesto que hasta ese minuto sólo había leído a Borges y Neruda.

El autor nos recuerda que la novela en el continente tuvo comienzos difíciles. Primero fue prohibida por la Inquisición en la época de conquista, puesto que la ficción de la novela se consideraba subversiva, capaz de generar en los nativos ideas peligrosas para la corona española. De todos modos, se leían novelas. Se sabe que ejemplares del Quijote llegaron a América escondidos en toneles de vino, y que propalaron la rebeldía de las obras literarias: "la sed de ficción iba a infectar, como la peste, todas las demás disciplinas, todos los géneros en que las palabras escritas pueden deslizarse libremente". Por lo demás, la novela en estos pagos iba a fructificar vigorosa en los siglos posteriores, y uno de sus máximos representantes es justamente Mario Vargas Llosa.

El peruano, así como el argentino Borges – a quien le dedica elogiosas páginas – se diferencia de otros escritores por su capacidad de cavilar sobre el arte de la literatura, teorizar y buscar las razones de la creación literaria. ¿Por qué un hombre escribe una historia? ¿Y por qué otros hombres están dispuestos a conocer esa historia?

De Borges dice, por ejemplo, que es el más universal de los latinoamericanos, y que se requiere de sentido del humor para entender su obra llena de laberintos y referencias eruditas. Vargas Llosa lo conoció a principios de los 60 en París, cuando el ciego comenzaba a conquistar el mundo y le otorgó una entrevista a un muchacho peruano que ejercía de periodista.

No es una biografía, pero "El libro del amante de América Latina" puede entenderse como tal, en que los capítulos han sido reemplazados por el orden alfabético, porque en cada palabra o concepto nos enteramos de un fragmento, subjetivo y personal, de la vida de Mario Vargas Llosa y su relación con el continente, su interés, su curiosidad, y también la notoria pasión por este mundo complejo, trágico y formidable, "en el que las formas más refinadas de la civilización se mezclan con las de la peor barbarie".
Tito Matamala

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13.1.07

LA CANCION DE LOS MISIONEROS: John Le Carré



PLAZA & JANES EDITORES, S.A.
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Cartone
ISBN: 8401341892
432 pgs (16.0x25.0 cm)
22.90€



John Le Carré

La Canción de los Misioneros
de
Jonh le Carré

La canción de los misioneros es un llanto por África y en particular por el Congo, por la destructiva explotación de sus recursos por parte de los países desarrollados y sobretodo por parte de Inglaterra. La novela está narrada en primera persona por Bruno Salvador (Salvo para sus amigos). Salvo de 28 años es hijo de un misionero irlandés y su amante congolesa.

Educado por curas católicos en el Congo, sobretodo por uno que le ayudó mucho con sus estudios pero abusó sexualmente de él, llegó a licenciarse en lenguas y culturas africanas en la universidad de Londres. Se convirtió en un intérprete muy solicitado y se casó con Penélope, periodista idealista de familia importante.

Cada uno ha decepcionado tanto al otro que ya no hay amor entre ellos. Un día cuando Salvo acude a un hospital para traducir las palabras de un africano moribundo, conoce a Hannah, enfermera congolesa, y se enamoran a primera vista. Para él Hannah representa todo lo que ha negado de si mismo en su matrimonio con Penélope: sus raíces y su alma africana. Ella será la persona que le animará a luchar por los intereses del pueblo africano.


Salvo trabaja de intérprete para los servicios secretos británicos. Les respeta, les admira y confía ciegamente en ellos, seguro de que trabajan por un mundo mejor. Los servicios secretos le piden que les acompañe para traducir durante un importante encuentro de jefes políticos del Congo, cuyo objetivo es logra el compromiso de éstos a unirse en un golpe organizado por los británicos. Este golpe, apoyado por tropas internacionales, garantizará la paz en el país y también las inversiones extranjeras . Así todos sacarán beneficio de los recursos minerales. Sin embargo, las conversaciones que escucha Salvo le demuestran que lo único que interesa es el beneficio de las empresas extranjeras.

Sencillamente no habrá ninguna ventaja para el país. La intervención es para poder robarles la riqueza mineral con más seguridad. Salvo también se entera de los métodos brutales de los negociadores al escuchar la interrogación y tortura de uno de los jefes. Está destrozado por esta traición pero su rabia le da fuerzas para luchar y cuando se marcha esconde sus libretas y unas cintas para usarlas como pruebas.

Otra vez en Londres Salvo y Hannah luchan para llevar su historia a las autoridades y a la prensa pero...no consiguen nada y sus pruebas desaparecen. ¿Qué van a conseguir dos africanos sin importancia en contra del imperio de poder de los gobiernos blancos? Palabras de Salvo: "¿Alguien se acuerda todavía de los 3.800.000 africanos que murieron en el genocidio entre 1998 y 2002? La mayoría de los muertos tenía menos de cinco años. Murieron de cólera, de malaria, de diarrea , de hambre y sobretodo por negligencia. Gracias al General Mobutu y sus patrocinadores occidentales, todo el Congo del Este ya se moría de mala administración. Cuando estalló la guerra con Rwanda sólo dio el golpe mortal."

Ficha del autor

John Le Carré
Inglaterra (Poole, 1931) [
Web Oficial] - David John Moore Cornwell
Su auténtico nombre es David John Moore Cornwell es un novelista británico, especializado en relatos de suspense y espionaje, ambientados en la época de la Guerra fría. Estudió en las universidades de Berna y Oxford y fue profesor en la de Eton entre 1956 y 1958. Perteneció al cuerpo diplomático británico entre 1960 y 1964. El final de la Guerra fría le ha llevado a modernizar sus temas e introducir aquellos elementos que conforman la compleja realidad internacional de nuestra época: terrorismo islámico, problemática causada por el desmembramiento de la Unión Soviética, política de los Estados Unidos en Panamá, manejos de las industrias farmacéuticas...


Sus personajes, entre los que el más conocido es probablemente el agente Smiley, son complejos y turbios, lo más opuesto al agente 007 de Ian Fleming. Una parte importante de sus novelas han sido llevadas al cine y todas se han traducido a muchos idiomas.

Su tercera novela, El espía que surgió del frío, le proporcionó fama internacional y, después de cinco años en el British Foreign Service, se dedicó completamente a escribir. Además de ser el renovador y reconocido maestro de la novela de espionaje, está considerado uno de los más grandes autores de la literatura británica contemporánea. Autor de El Sastre de Panamá y El jardinero fiel.

Obra

1961 : Llamada para el muerto ("Call for the dead")
1962 : Asesinato de calidad ("A Murder of Quality")
1963 : El espía que surgió del frío ("The Spy who Came in from the Cold"). ·

1971 : El amante ingenuo y sentimental ("The Naive and Sentimental Lover")
1974 : El topo ("Tinker, Tailor, Soldier, Spy")
1980 : La gente de Smiley ("Smiley's People")

1983 : La chica del tambor ("The Little Drummmer Girl")
1986 : El espía perfecto ("A Perfect Spy")
1989 : La casa Rusia ("The Russia House")
1991 : El peregrino secreto ("The Secret Pilgrim")
1993 : El infiltrado ("The Night Manager")
1995 : Nuestro juego ("Our Game")

1996 : El sastre de Panamá ("The Tailor of Panama")
2001 : El jardinero fiel ("The Constant Gardener")
2003 : Amigos absolutos ("Absolute Friends")

2006 : La canción de los misioneros

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JOHN LE CARRE
por José Luis Caballero

Todo el mundo tiene un héroe guardado y el mío, sin duda alguna, es John Le Carré, seudónimo de David Cornwell, el más conocido autor de novelas de espionaje.


No me atrevo a decir que es el mejor porque, inmediatamente, algún crítico no enamorado de él dirá que también existen Somerset Maugham o Graham Green. Sobre el primero creo que no hay color, es mejor Le Carré indudablemente, y sobre el segundo tengo que reconocer que "El espía", "Nuestro hombre en La Habana", "El tercer hombre" o " El americano impasible" son obras maestras.


Sin embargo, considero a Le Carré superior en cuanto a la creación de un universo propio, de "el gran juego", una suerte de realidad virtual más real que la vida misma, donde uno encuentra no sólo calidad literaria sino la explicación de cómo funciona en realidad el mundo. A ese respecto leer " El jardinero fiel" o "Singer & Singer" son muy aleccionadoras. Precisamente a raíz de esta última, penúltima de sus novelas publicadas, se ha dicho que era una suerte de autobiografía. Es cierto que " Singer & Singer" contiene toques biográficos, pero para no iniciados recomiendo "Un espía perfecto" pues, de un modo más sutil, esa es realmente la novela autobiográfica de John Le Carré.


Se da la circunstancia que cuando se publicó, en 1986, Le Carré seguía negando reiteradamente que hubiera pertenecido nunca a los Servicios Secretos británicos y por tanto no tenía sentido hablar de autobiografía, pero en una entrevista concedida a un periódico norteamericano en 1991, Le Carré confesó por fin lo que sólo era una sospecha que, efectivamente, había trabajado toda su vida para el MI6, el servicio de espionaje exterior de Su Majestad. Y la historia contenida en " Un espía perfecto" es, salvo algún detalle, la suya propia.
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Lea entrevista con John Le Carré en:
http://notasynoticiasdevetas.blogspot.com/2007/01/john-le-carr-entrevista.html

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8.1.07

EL CONQUISTADOR: Federico Andahazi / Reseña de Tito Matamala (Chile)


Federico Andahazi. Autor de "El Conquistador"


Tapa del libro

Temas: LITERATURA ARGENTINA
Autor: ANDAHAZI, FEDERICO
Editorial: PLANETA ARG.
ISBN:950-49-1599-X
285 páginas
Peso estimado: 300 gramos

¿Cómo sería el mundo si la historia no hubiera sido como creemos que fue?
Guiado por las profecías del calendario azteca, Quetza, un joven brillante criado por un sabio en el antiguo México, se lanza a la aventura. Adelantándose a los grandes viajeros, es el primer hombre que logra unir ambos continentes, descubriendo un nuevo mundo: Europa.


Quetza nos cuenta la barbarie que se ve en esas tierras: la adoración a un hombre brutalmente clavado en una cruz, personas quemadas en hogueras ante multitudes que festejan como salvajes y ambiciones desmedidas de riquezas y poder.

Quetza, al ver la avidez de esos gobernantes, no puede sustraerse a un vaticinio: ellos cruzarán pronto el océano, impulsados por el afán de extender sus dominios. Concibe entonces un plan para evitar la conquista y el exterminio de su pueblo.



Tito Matamala. Autor de la reseña

LA CONQUISTA DE EUROPA EN 1492

Reseña de
Tito Matamala

La nueva novela del argentino Federico Andahazi explora la fábula, o la tesis, de que un grupo de aborígenes latinoamericanos haya llegado al viejo continente antes del viaje de Colón. Se configura así un modo distinto de entender la historia, que mucho se asemeja a un acto de venganza y reivindicación cultural.

Lo primero que llama la atención del conquistador Quetza al arribar a las costas españolas es el olor. Más bien dos olores penetrantes. La gente apesta, pese a que el sol es agobiador se visten de pies a cabeza, con gruesos sayos que arrastran levantando el polvo de la calle. Parece que no se bañan, y como sus cuerpos permanecen ahí encerrados sin ventilación, hieden como estiércol de cerdo.

Es insoportable para estos adelantados aztecas, acostumbrados al cotidiano aseo personal. Y lo otro es peor, terrible: un aroma de asado que a la distancia les abrió el apetito luego de la extensa jornada de navegación hacia el levante. Desde el mar veían las fumarolas de las carnes a las brasas, pero al acercarse comprueban que son hombres los que se achicharran en el fuego de la santísima inquisición. Ese espectáculo, aun cuando a Quetza le recuerda los sacrificios humanos en su tierra, le parece horripilante. ¿Qué tipo de perverso dios de estos europeos les exige la ofrenda de la carne de sus semejantes? ¿Cómo ha llegado un aborigen americano a presenciar ese auto de fe en la península católica? Es la tesis de la nueva novela de Federico Andahazi, "El conquistador", en la que pretende torcer el devenir natural de la historia y plantearse qué habría ocurrido si se hubiese cumplido la otra alternativa: que los aborígenes americanos llegaran a conquistar Europa antes del zarpe de las carabelas de Cristóbal Colón.
De inmediato, podemos entender la obra como una suerte de venganza, para que al menos en la ficción se ajusten las cuentas del pillaje y el exterminio que padeció este continente desde 1492, lo que todavía es no sólo un llanto perpetuo sino también una bandera de lucha política y social. Y uno de los tópicos más arraigados en la literatura de la región.

El héroe, Quetza, es un joven aborigen mexica, habitante de lo que más tarde se llamará América Central. Reúne lo mejor de la cultura de su pueblo: ya sabe, por ejemplo, que la Tierra es redonda y que se puede viajar al oriente y regresar por occidente. Sabe también, o lo intuye, que su gente debe salir a buscar el futuro, antes de que venga el futuro a acabar con ellos. Por eso, y por su buena fortuna, consigue el beneplácito del emperador y zarpa en una embarcación a quebrarle la mano a la historia.

El único deber que tenemos con la historia, decía Oscar Wilde, es reescribirla. Y en eso se compromete Andahazi. La embarcación de Quetza y sus elegidos debe sortear un mar iracundo, y en una de esas noches de tormenta ven pasar un drakar vikingo, raudo y con más aplomo hacia las playas de América del Norte.

Pero es al avistar la costa española cuando en verdad comienza un retrato asimétrico de la conquista. Los valientes mexicas, exhaustos por el periplo, alcanzan un pequeño villorrio de nombre Huelva, y descubren con temor que su empresa será más difícil de lo que habían imaginado. Aquí los hombres usan unos carros de arrastre con ruedas, con los que resulta mucho más fácil el transporte de pertrechos. ¡Cómo no se les ocurrió a ellos, si ya conocían los objetos redondos! También poseen armas de hierro que disparan proyectiles a larga distancia. No obstante, es el caballo, aquel animal poderoso pero dócil a las órdenes de "los nativos", lo que más espanta a los adelantados de Tenochtitlan.

Andahazi explora la ucronía, el "qué hubiera ocurrido si". O también la posibilidad de que exista un universo en que efectivamente las tribus de México y el Caribe llegaron a Europa antes del viaje de Colón, tesis compleja y poco creíble pero que, amparada en intrincados conceptos de la física teórica, nunca podemos descartar del todo. A veces la novela se torna humorística, por las numerosas observaciones del jefe mexica que develan el don de la oportunidad de su aventura: ha llegado a la península ibérica en 1492, cuando los monarcas católicos han expulsado por decreto a los judíos, y por las armas a los moros.

Son días convulsionados, en que las hogueras de la inquisición se alimentan sin pausa de carne hereje. Y un silencioso miembro de la corte de la reina Isabel, un almirante que se entrevista con Quetza, está a punto de convencer a su monarca para que le financie una empresa marítima hacia occidente: Cristóbal Colón. En el encuentro cara a cara, ambos marinos entienden que el otro también sabe el secreto: que la Tierra es redonda, y que no hay abismos infernales en las orillas de los mapas. Es uno de los episodios mejor logrados de la novela.

"El conquistador" también es fábula con una clara moraleja acerca de la codicia y la hipocresía de los hombres blancos. Quetza no se engaña con la férrea religiosidad que ve en los monarcas peninsulares, ni en la adoración del pueblo por ese dios que reproducen crucificado en una cruz. Todo ello no es más que una excusa institucionalizada para expandir las tierras del imperio en pos de las riquezas que se derivan del oro.

Esos seres tan arropados, hediondos y penitentes, tarde o temprano descubrirán la ruta hacia donde se pone el sol, y entonces no habrá dioses capaces de amparar a los hermanos de Quetza.

Entretenida, de prosa sencilla, la novela de Federico Andahazi establece otro punto de partida para imaginar y pensar la historia de América Latina. La siguiente ilusión sería que nunca llegaron anglosajones a instalarse al norte del Río Grande.


Vetas Digital agradece sobremanera a Tito Matamala (Chile) por el envío de esta reseña. Esperamos más colaboraciones tuyas.


Datos autor libro:
Federico Andahazi nació en Buenos Aires en 1963. En noviembre de 1995 sus cuentos "Las piadosas" y "Por encargo" fueron distinguidos en el Certamen Nacional de Cuentos del Instituto Santo Tomás de Aquino. Conformaron el jurado Marco Denevi, María Granata y Victoria Pueyrredón. En setiembre de 1996 su cuento "La trilliza" recibió el Primer Premio en el Concurso de Cuento Buenos Artes Joven II, cuyo jurado estuvo integrado por Liliana Heer, Carlos Chernov y Susana Szwarc. En octubre de 1996, al tiempo que era finalista del Premio Planeta, su novela El anatomista ganaba el Primer Premio de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat. El jurado estuvo compuesto por María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kieffer, María Granata y José Luis Castineira de Dios. En uno de los más resonantes escándalos en el mundo literario argentino, la entrega del premio fue suspendida por exigencia de Amalia Lacroze de Fortabat, multimillonaria argentina y directora de la fundación que lleva su nombre. "La obra premiada no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu humano" declaró la Fundación, expresando en realidad la disconformidad de la Sra. de Fortabat con el contenido erótico de la novela. Andahazi recibió el dinero, 15.000$, pero el premio en sí le fue negado. El libro fue finalmente publicado por Planeta en 1997 convirtiéndose —en un doble bochorno para la Fundación Lacroze— en uno de los más grandes bestsellers de la literatura argentina. Fue traducido también a varios idiomas.


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LA ARGENTINIDAD….. AL PALO


Entrevista a federico andahazi, reciente ganador del premio planeta por "el conquistador"


"Siempre me gustaron los personajes inciertos"

Se presentó al concurso con un seudónimo ("como en mis tiempos de autor inédito") y ganó. Andahazi habla del reconocimiento de sus colegas y establece una conexión entre el protagonista de la novela ganadora, Quetza, y una difícil situación personal que debió sobrellevar: "Por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de mi hijo", señala.

A pesar de que se siente reivindicado (ver aparte), después de haber ganado el Premio Planeta de Novela con El conquistador –"por su originalidad argumental, el oficio narrativo y el conocimiento de las culturas americana y europea del siglo XIV", según el fallo unánime del jurado–, no fue un año fácil para Federico Andahazi. En mayo, mientras terminaba de escribir esta novela, nació su hijo Blas, con apenas 25 semanas de gestación. "Luchó mucho para sobrevivir, pero lo que más me impresionó fue que Blas tuvo la misma enfermedad que el personaje, y por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de mi hijo", dice Andahazi.

El personaje es Quetza, un chico que en el antiguo México, en el imperio azteca, está a punto de ser condenado a morir como ofrenda al dios de la guerra. Pero Tepec, un anciano tolteca –perteneciente al Consejo de Sabios– que repudia la cultura de los sacrificios, lo salva con la condición de hacerse cargo de la crianza del niño, al que todos consideran un desahuciado.

Quetza se convirtió en un héroe, en un adelantado que estableció con exactitud el ciclo de rotación de la Tierra en torno del Sol y trazó las más precisas cartas celestes antes que Copérnico. También, antes que Leonardo Da Vinci, imaginó artefactos que resultaban absurdos e irrealizables para la época y, anticipándose a Colón, supo que la Tierra era una esfera y que, navegando por Oriente, podía llegarse a Occidente y viceversa. Comprobó que el Nuevo Mundo era una tierra arrasada por las guerras, el oscurantismo, las matanzas y las luchas por la supremacía entre las diferentes culturas que lo habitaban. Retornó a su patria después de haber dado la vuelta completa a la Tierra, mucho antes de que Magallanes pudiese imaginar semejante hazaña. Pero fue silenciado, tomado por loco y condenado al destierro.

"La pintura, mi vocación frustrada, siempre es para mí fuente de inspiración literaria", confiesa Andahazi. "En México vi un mural de Rivera con una barca, navegando por el aire, hacia el este, con el sol invertido. Y en esa visión encontré un relato: un azteca navegando en sentido contrario y viendo el mundo al revés." A partir del impacto que le generó el mural, el escritor empezó a investigar la historia de los aztecas para saber cuánto había de cierto en lo que trasmitía Rivera. "Y me encontré con la mitología, que nunca se sabe cuánto tiene o no de historia, pero que establece que en México habría existido una suerte de adelantado."

–Pregunta: ¿Cuál es el atractivo que tiene para usted un personaje como Quetza?

–Respuesta: Me gustan esos personajes inciertos, que no se sabe muy bien si existieron o no. Lo mismo me pasó con Mateo Colón en El anatomista; realmente me parecía increíble que el clítoris tuviera un descubridor, y que además se llamara Colón. En el caso de Las piadosas, el doctor Polidori, que fue el secretario de Byron, vivió a la sombra del poeta. Siempre me gustó resucitar este tipo de personajes, darles vida y convertirlos en personajes literarios.

¿Qué aspectos tomó del mito? ¿Quetza fue un chico que se salvó de ser sacrificado y que fue criado como cuenta en El conquistador?

–Nunca me gusta confesar del todo cuánto hay de cierto y cuánto hay de ficción. Como lector, prefiero dejarme engañar gratamente por un autor, porque nunca se sabe bien dónde empieza la historia y dónde la ficción. Mientras escribía la novela, todo el tiempo intenté mirar el mundo con otros ojos. Lo más difícil fue ser fiel a ese sol invertido del mural de Rivera e intentar pensar de otra forma. Aprender a mirar más allá de la superficie, pero también aprender algo de la superficie. Esto nos enseñó Poe en La carta robada; él nos dice que para poder ver en la profundidad, para poder encontrar esa carta robada, hay que saber mirar en la superficie, esa carta que no se ve justamente por estar a la vista de todos. Tuve que hacer un descentramiento casi copernicano para ver el mundo de otra forma. Ver lo que uno está acostumbrado a ver con otros ojos nos confronta a lo siniestro, que es lo que nos resulta familiar, pero de repente se convierte en algo diferente.

–¿Cómo explicaría el rol que cumple un personaje como Machana, un armador de canoas que nunca navegó, que lo hace sólo con la imaginación?

–Tangencialmente, Machana encarna la figura del escritor, que es ese tipo al que le encantaría vivir la vida de sus personajes y al que, a falta de posibilidades concretas y reales de convertirse en sus personajes, no le queda más remedio que escribirlos y vivir vidas ajenas. Este viejo que fabrica barcos, pero nunca navegó, en parte es análogo a los personajes que inventamos los escritores, que no nos pertenecen, que se nos revelan, y por otra parte viven esas vidas que quisiéramos vivir nosotros. Mis novelas son poco autobiográficas porque tengo una vida bastante aburrida y poco importante. Esta novela la escribí en los bares del Hospital Italiano, acompañando la recuperación de mi hijo, y por momentos sentía que estaba intentando escribir la historia de la lucha de mi hijo. Hay determinados capítulos en donde Quetza tiene que pelear para sobrevivir. Y yo me ocupo de que luche con suma belleza y dignidad, como lo hizo mi hijo.

–¿Qué significa para usted el misterio, tan presente por otra parte en la historia que se narra en El conquistador?

–La literatura es consustancial con el misterio. No creo en esa literatura que viene a explicarnos o a imponernos un supuesto orden donde no lo hay. La literatura viene a ahondar en estos misterios, viene a crear más interrogantes y a no dar ninguna certeza. La arcilla de la que se nutre la literatura es el misterio. Para los aztecas la existencia es un misterio irresoluble, y lo interesante es que no hay una explicación, a diferencia de la cultura judeo-cristiana, que busca permanente explicar el misterio. Está claro que los aztecas conviven con esa angustia, y en la poesía azteca se ve todo el tiempo que sólo se vive en la Tierra, que no hay un más allá. Lamentablemente quedó muy poca literatura de esa época, porque los españoles se encargaron de no dejar absolutamente nada. Los españoles, si tenían algún mérito entre comillas en sus planes de conquista, era que extirparon la memoria de los pueblos y les destruyeron su patrimonio literario, que era vastísimo.

Entrevista en Página 12; 8 dic. 06, Bs. As. Argentina

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1.1.07

IRENE NEMIROVSKY: "SUITE FRANCESA"


Iréne Némirovsky




IRÈNE NÉMIROVSKY
Suite francesa



Editorial Salamandra
480 páginas-19,00 euros



Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) huyó de Rusia con su familia tras la revolución rusa de 1917. Los Némirovsky, que poseían una inmensa fortuna, se establecieron en París en 1919. Hija única, Irène recibió una educación exquisita, aunque padeció una infancia infeliz y solitaria. Tras obtener la licenciatura de Letras en la Sorbona, en 1929 envió su primera novela, David Golder, a la editorial Grasset. Era el comienzo de una brillante carrera literaria, que consagraría a Némirovsky como una de las escritoras de mayor prestigio de Francia, elogiada por Cocteau, Paul Morand, Robert Brasillach o Joseph Kessel. Pero la Segunda Guerra Mundial marcaría trágicamente su destino. Deportada y asesinada en Auschwitz, igual que su marido, Michel Epstein, sus dos hijas conservaron sin saberlo durante decenios un manuscrito que finalmente vio la luz el año 2004. Con el título Suite francesa, la novela obtuvo el Premio Renaudot, fue aclamada por la crítica y se convirtió en un clamoroso éxito de ventas, relanzando el interés por una autora que bien puede situarse entre los grandes escritores franceses del siglo XX.

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IRÈNE NÉMIROVSKY
Suite francesa



El descubrimiento de un manuscrito perdido de Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) causó una auténtica conmoción en el mundo editorial francés y europeo. Novela excepcional escrita en condiciones excepcionales, "Suite francesa" retrata una época fundamental de la Europa del siglo XX. En otoño de 2004 le fue concedido el premio Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido. Imbuida de un claro componente autobiográfico, "Suite francesa" se inicia en París los días previos a la invasión alemana, en un clima de incertidumbre e incredulidad.

Enseguida, tras las primeras bombas, miles de familias se lanzan a las carreteras en coche, en bicicleta o a pie. Némirovsky dibuja con precisión las escenas, unas conmovedoras y otras grotescas, que se suceden en el camino: ricos burgueses angustiados, amantes abandonadas, ancianos olvidados en el viaje, los bombardeos sobre la población indefensa, las artimañas para conseguir agua, comida y gasolina. A medida que los alemanes van tomando posesión del país, se vislumbra un desmoronamiento del orden social imperante y el nacimiento de una nueva época. La presencia de los invasores despertará odios, pero también historias de amor clandestinas y públicas muestras de colaboracionismo.

Concebida como una composición en cinco partes —de las cuales la autora sólo alcanzó a escribir dos— "Suite francesa" combina un retrato intimista de la burguesía ilustrada con una visión implacable de la sociedad francesa durante la ocupación. Con lucidez, pero también con un desasosiego notablemente exento de sentimentalismo, Némirovsky muestra el fiel reflejo de una sociedad que ha perdido su rumbo. El tono realista y distante de Némirovsky le permite componer una radiografía fiel del país que la ha abandonado a su suerte y la ha arrojado en manos de sus verdugos. Estamos pues ante un testimonio profundo y conmovedor de la condición humana, escrito sin la facilidad de la distancia ni la perspectiva del tiempo, por alguien que no llegó a conocer siquiera el final del cataclismo que le tocó vivir.

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NÉMIROVSKY, Irène
Suite Francesa

Ed. Salamandra. Barcelona (2005), 475 páginas
Traducción de José Antonio Soriano Marco
(t.o.: Suite Française)

Libro póstumo e incompleto, publicado recientemente en Francia y traducido a numerosos idiomas, gracias a que las hijas de la autora y su tutora consiguieron salvar el manuscrito y la vida, mientras sus padres morían en Auschwitz. Al final, se incluyen apuntes de la escritora sobre el proyecto global de la novela y cartas diversas sobre los intentos de su marido y de los editores por salvarla.

La vida de Irène Némirovsky (1903–1942) refleja bien los dramáticos hitos del siglo pasado: su infancia fue bastante desgraciada por el escaso interés de sus padres por ella, a pesar de vivir en un ambiente muy acomodado. La revolución bolchevique les obliga a huir y a instalarse en Paris. Allí Irène estudia en la Sorbona, se relaciona con destacados intelectuales y publica con éxito sus primeras obras, en francés. Aunque de origen judío, tanto ella como su marido y sus dos hijas reciben el bautismo en la Iglesia Católica, pero con el nazismo, se consuma la tragedia.

El proyecto de Suite francesa constaba de cinco partes –sólo pudo escirbir dos–, en las que trata sobre la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Un fresco de personajes de todo tipo, en el que se muestra con maestría la condición humana en toda su complejidad y variedad: gente que se acomoda como puede para sobrevivir, otros que se aprovechan de la situación, algunos que permanecen fieles a sus principios y que se preocupan por lo demás y se juegan la vida… La primera parte relata la invasión y la huida de Paris; la segunda, los meses de armisticio y del gobierno títere de los nazis. Todo magníficamente descrito, con gran precisión, belleza y sobriedad, con esa capacidad para el análisis psicológico y de situaciones heredada de los grandes maestros rusos del siglo XIX.

Sorprende que, en las circunstancias en que escribe –perseguidos ella y su familia por su origen judío–, la autora consiga tanta objetividad y tanta precisión y no caiga nunca en excesos melodramáticos. Hay referencias frecuentes a Dios y a la conducta de los católicos, mayoritarios en Francia: junto a casos de hipocresía, se dan también comportamientos ejemplares y heroicos. Como dejó escrito en sus apuntes, para ella, lo que realmente importaba era la realidad cotidiana, Dios y el arte. Intenta ser también objetiva con los alemanes, descubrir lo humano en soldados envueltos casi sin saberlo en la locura hitleriana, capaces también de lo mejor y de lo peor. Una gran novela, injustamente truncada como la vida de su autora. Hay que elogiar también la excelente traducción de José Antonio Soriano Marco.
Luis Ramoneda

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Irène Némirovsky, una escritora resucitada
PREMIAN UNA OBRA ESCRITA HACE MÁS DE 62 AÑOS

En 'Suite française' retrata las mil pequeñas cobardías y miserias de una población errante, más preocupada por comer o dormir que por el destino de la patria


El secretario del jurado, André Brincourt, se mostró en desacuerdo con sus colegas. "Los premios son para ayudar a un escritor en su carrera" y la de Némirovsky terminó trágicamente hace 62 años. El problema es que su libro es extraordinario por muchas razones, y, entre ellas, porque evoca un momento clave de la historia francesa reciente -ese mes de junio en que las tropas de Hitler ocupan un París casi desierto-, porque describe con exactitud el clima moral reinante durante la Ocupación, porque la autora es una judía que detesta buena parte de la tradición judía -"¡eso que vosotros llamáis éxito, victoria, amor u odio, yo lo llamo dinero!", escribió en otra novela-, y lo es también por el destino del manuscrito. La novela se publicará en España dentro de un año.

Suite française fue escrita "en directo", casi como una crónica de lo que iba ocurriendo, amoldando las minúsculas historias personales de los personajes a la gran Historia. La primera parte, titulada Tempête en juin (Tempestad en junio), cuenta el éxodo de los parisienses ante un avance germano que se les antoja incomprensible en su rapidez y eficacia. Némirovsky retrata las mil pequeñas cobardías y miserias de una población errante, más preocupada por comer o dormir que por el destino de la patria. En la segunda parte -bautizada Dolce- se nos propone el retrato de un pueblo ocupado, de la cohabitación entre civiles franceses y soldados alemanes, con una paleta muy amplia de posibilidades entre el odio y el amor.

Irène Némirovsky había nacido en Kiev, en 1903, hija de uno de los banqueros más ricos de Rusia, Léon Némirovsky. Mamá se llamaba Faïga, pero se hacía llamar Fanny, y nunca pretendió saber lo que era el instinto maternal. El resultado es que Irène, ya adulta, hará explícito en varias oportunidades el odio que sentía por una madre que no se ocupó de ella y dejó que fuese una nurse y varios profesores los que la educasen. Los veraneos de la pequeña Irène, por ejemplo, veían cómo la madre se instalaba en un gran hotel de la Costa Azul o de Biarritz -de ahí que Irène, además de hablar ruso, inglés, alemán, sueco y francés, también conociese el vasco- mientras la hija y el servicio se alojaban en pensiones modestas. Mientras, papá viajaba, hacía negocios y recorría los casinos de media Europa.

En 1929, ya exiliada en Francia y convertida en escritora francesa, Irène Némirovsky se hará un nombre con David Golder, una novela en la que el héroe es un banquero que se parece mucho a Léon. El libro tuvo una gran acogida y Julien Duvivier lo convirtió en una gran película en 1931 protagonizada por el genial Harry Baur, un actor judío que morirá en París a causa de una paliza propinada por los mismos nazis con los que colaboraba. En David Golder, el padre es inmensamente rico y odia a su esposa tanto como adora a su hija, una criatura caprichosa y frívola.

La Revolución soviética de 1917 pilló a los Némirovsky en su residencia de San Petersburgo y el padre quiso protegerlos reuniéndolos a todos en Moscú. Durante un año estuvieron escondidos esperando que amainase el temporal bolchevique. Irène leyó todo Oscar Wilde, Huysmans, Maupassant y el pensamiento de Platón. La Revolución hizo públicas sus intenciones al poner precio a la cabeza de Léon Némirovsky. Ya no valía la pena seguir ocultándose, era más prudente huir. Y disfrazados de humildes campesinos emprendieron el camino del exilio que, en 1919, les llevó a Francia tras pasar meses de espera en Estocolmo.

La jovencísima Irène escribe relatos, cuentos y novelas antes de cumplir los 18, y en ellos ya aparece esa relación ambivalente con el origen judío. En París es amiga de Kessel, judío como ella, pero también de Brasillach, un antisemita furioso que será fusilado en 1945 por sus artículos incitando al odio racial. En 1926, en uno de los muchos bailes a los que asiste, conoce a Michel Epstein y lo convierte en su marido. Entre 1929 y el estallido de la II Guerra Mundial Irène publicará nueve novelas, muy a menudo de inspiración familiar. Ahora su modelo literario es Turgueniev, de quien copia la técnica de documentación paralela o previa a la escritura. El 3 de octubre de 1940, el Gobierno fantoche del mariscal Pétain dicta un primer "estatuto del judío" que deja a Michel Epstein sin trabajo y a Irène sin poder publicar, a pesar de que los dos han adoptado el catolicismo bautizándose en febrero de 1939.

Entre 1940 y 1942, con la estrella amarilla cosida a sus ropas, Michel e Irène viven en un pueblecito, en Issy-l'Évêque, junto a sus hijas Denise y Elisabeth. El 13 de julio, Irène, que el día 11 había dado por acabada la Suite française y esbozado los dos volúmenes que iban a titularse La bataille y La libération, es detenida por los gendarmes, internada en un campo de concentración francés y enviada luego a la muerte en Alemania. Michel no admite lo que la deportación significa. En el hotel de Issy exige cada día que haya un plato en la mesa que indique que el regreso de Irène es inminente. Desesperado, escribe al mariscal Pétain hablándole de la frágil salud de Irène y proponiéndose para reemplazarla en lo que él imagina un campo de trabajo. En octubre, los gendarmes le detienen a él, que muere en Auschwitz el 6 de noviembre de 1942, menos de tres meses después que su esposa.

Denise y Elisabeth también son perseguidas por los gendarmes, que van a buscarlas a la escuela, pero ahí topan con uno de esos pequeños gestos de heroísmo que impiden las generalizaciones sobre el colaboracionismo y Francia: la maestra esconde a las niñas de 13 y 5 años en un rincón de su alcoba. Tras una serie de arriesgadas peripecias Denise y Elisabeth, siempre con un maletín repleto de los manuscritos de mamá, consiguen llegar a Niza, donde vive su abuela en una gran mansión.

No querrá ni tan sólo abrirles la puerta, limitándose a aconsejarlas que, "puesto que vuestros padres han muerto, debéis vivir en un orfanato". En 1989, a la muerte de Fanny, en la caja fuerte de su apartamento parisiense había sólo dos libros - David Golder y Jézabel-, en los que Irène presenta a una madre desalmada.

Un luto inacabable

ENTRE 1946 Y 1948 SE PUBLICAN tres libros de la desaparecida Irène Némirovsky, y luego, nada, un olvido progresivo, como el del París de entreguerras. Su hija Elisabeth Gille, que dirigirá una colección en la editorial Denoël, publica en 1993 Le mirador, una biografía soñada de mamá, la biografía imaginada por una niña que la ha visto por última vez a los cinco años. Denise Epstein, que hoy vive en Toulouse, al hablar de Suite française recuerda que "al principio no pude leer el manuscrito. El dolor y la cólera me lo impedían. Luego, cuando lo leí, no comprendí enseguida que se trataba de una novela. Las anotaciones eran terribles. No me vi con ánimo de ordenar todo aquello hasta años más tarde. Y entonces mi hermana y su Mirador tenían prioridad". Para Denise, el éxito del libro es "una victoria sobre el pasado, el abandono y el nazismo".

Suite française salió a la calle con una tirada de 10.000 ejemplares. La revista profesional del sector -Livres Hebdo- consideró de inmediato que se trataba del "libro más importante del año", y antes de ganar el Renaudot Denoël ya confesaba haber vendido 25.000 libros. "Y Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia, Alemania, España e Italia ya han adquirido los derechos de traducción. Ahora esperamos una oferta de Rusia", dice el editor.


http://www.arvo.net/pdf/Suitfrancesa.htm

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La crítica
SUITE FRANCESA:


- «Una narración de un vigor extraordinario.» Le Monde

- «Una obra excelente.» New York Times

- «Es preciso leer este libro.» Le Nouvel Observateur

- «Una obra maestra.» L’Express

- «Un libro de una calidad literaria excepcional.» TLS

- «Sensacional recuperación (…) Némirovsky registra con portentosa serenidad, sin consentirse ninguna flaqueza sentimental, la perturbación de los hombres y mujeres zarandeados por la guerra. (…) Se trata de una escritora que crea adicción.» Babelia

- «La lectura de este libro significa mucho más que el simple acercamiento a un documento trágico de una época fundamental para la historia de Europa.» ABC de las letras

- «Literatura de la mejor cepa. (…) Suite francesa por lo tanto, además de ficción pura, es un documento personal y directo del mismo rango que el Diario de Ana Frank o Una mujer en Berlín de autora anónima.» Culturas

- «Hay novelas llenas de verdad capaces de conservar intacto entre sus páginas un trozo del mundo. Ésta es una de ellas.» Territorios

- «Suite francesa es una excelente novela que ha crecido con los años. (…) La obra de Némirovsky debe interpretarse como un acto de resistencia del espíritu contra el fanatismo y la intolerancia Sus palabras aún nos iluminan.» El Cultural

- «Un fresco extraordinario, de una hondura humana e inteligencia literaria prodigiosos.» Caballo Verde

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15.12.06

"ESPAÑA ANTE SUS FANTASMAS": GILES TREMLETT

España ante sus fantasmas
Un recorrido por un país en transición

Giles Tremlett es corresponsal de The Guardian en España y colaborador habitual de The Economist. Se licenció en Ciencias Humanas (Antropología) en la Universidad de Oxford en 1984. Ha cursado, asimismo, estudios en las universidades de Barcelona y Lisboa. Ha vivido en España casi ininterrumpidamente desde hace más de veinte años. Actualmente está trabajando en su próximo libro en torno a la figura de Catalina de Aragón.

Giles Tremlett
Al igual que hicieran otros curiosos impertinentes como Borrow, Ford, Hemingway o Brenan en los siglos XIX y XX, Giles Tremlett se adentra en el laberinto político, social y cultural de España, un país en constante cambio.

Giles Tremlett emprendió su viaje por el país y por su historia en un momento cargado de significado. La aparición, sesenta años después del fin de la Guerra Civil, de las fosas comunes de las víctimas del franquismo había puesto fin al llamado pacto de olvido. Observó que los españoles han procurado borrar de su memoria la Guerra Civil y el franquismo. Sin embargo, las fosas comunes eran secretos a voces.

La Historia de España es, advirtió, un polvorín de discrepancias y desencuentros. ¿Quién provocó la Guerra Civil? ¿Cuál es el origen del terrorismo vasco? ¿Y el de la rivalidad entre Madrid y Barcelona? ¿Acaso los atentados del 11-M formaban parte de una campaña de los terroristas islamistas por devolver a España a su pasado musulmán?

Los fantasmas del pasado están por doquier. El viaje de Tremlett es también una interpretación de sus propias vivencias con los españoles. ¿Por qué no les gustan las figuras de autoridad y, sin embargo, les intimida la bata blanca de un médico? ¿Cómo pudieron las mujeres asumir el feminismo sin que los hombres se percatasen? ¿Por qué se someten los españoles a operaciones de cirugía estética, donan sus órganos, visitan los prostíbulos y consumen cocaína más que otros europeos? Para hallar respuesta a estos interrogantes el autor recorrerá extrañas y pintorescas carreteras secundarias.

Guiri con enchufe
"Dondequiera que estén, los españoles saben apañárselas para acostarse tarde", afirma irónico Giles Tremlett, que, con desparpajo de corresponsal, señala que en España el último tabú informativo es la monarquía, "aunque gente como Buenafuente y Eva Hache empiezan a romper ese tabú". Dos españoles que se acuestan tarde.


El periodista británico dedica uno de los capítulos de su libro a la corrupción, y lo hace predicando con un ejemplo: harto de que la compañía del gas le diese largas para una instalación, tiró de sus contactos como periodista. Acababa de cambiar la flema británica por un invento castizo: el enchufe. "Mi suegro, inglés, no daba crédito. Mi suegra, panameña, comentó: 'Todo el mundo es Panamá'. Yo fui a Oxford, y en el Reino Unido eso es un enchufe de por vida".

Con enchufe o sin él, hace tiempo que Tremlett dejó de ser un guiri. Sus hijos son españoles y él espera ilusionado la riqueza que la inmigración -"el síntoma más evidente del éxito de España"- traerá a este país cuando sus miembros accedan a la cultura. Eso sí, avisa, la primera recesión económica, "que llegará antes o después", será la gran prueba: "Cuando los españoles se disputen el trabajo con los inmigrantes, veremos si son o no racistas".
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Giles Tremlett
Biografía
· Nació en Lymouth, en 1962
· Es periodista
· Ha trabajado en The Times, The European y The Guardian
· Desde hace cuatro años es el corresponsal de The Guardian en España


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Lea la introducción del libro pulsando el siguiente enlace:
http://www.sigloxxieditores.com/pdf/1273_a.pdf

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5.12.06

IMPERIOS DEL MUNDO ATLANTICO: JOHN ELLIOTT




Sir John Elliott

"Los anglosajones están acostumbrados a explicar la pobreza actual de Hispanoamérica y el éxito estadounidense como el resultado de una herencia española eminentemente maligna en el sur y una colonización inglesa relativamente benigna en el norte de aquel continente. Este juicio se debe a una mezcla de pereza intelectual, narcisismo anglosajón y prejuicios creados por la Leyenda Negra".

Sergio Elizalde:
http://libros.libertaddigital.com/articulo.php/1276232498


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Durante siglos, españoles y británicos levantaron sus respectivos imperios coloniales en América sobre las ruinas de las civilizaciones que encontraron y destruyeron al llegar allí.

En más de una ocasión los historiadores han comparado las experiencias. Sin embargo, este libro es el primero en el que se hace esa comparación de los imperios americanos de España y Gran Bretaña de una forma sistemática desde sus inicios hasta el final del dominio español en América a comienzos del siglo XIX.

El prestigioso historiador John H. Elliott identifica y explica tanto las similitudes como las diferencias que se dieron en el proceso colonizador, en el carácter de las sociedades coloniales, en los estilos distintivos del gobierno imperial, y en el desarrollo de los movimientos que condujeron a la independencia. Elliott explica cómo las estructuras políticas, económicas y sociales de la América española y de la británica acabaron pareciéndose a pesar de los rasgos que las separaban, y cómo todavía influyen en la América del siglo XXI.

Imperios del mundo atlántico es el relato definitivo de la épica colonización europea de las Américas. Con el estilo claro pero riguroso que caracteriza al autor, se abordan aquí los temas fundamentales del fenómeno de la colonización: el interés por los imperios, en boga en la época; el ángulo comparativo (el imperio británico y el español, América del Norte y América del Sur); el encuentro imperial y la resistencia local. En conjunto, un análisis experto en el que se combina la investigación en profundidad con una narración de lectura apasionante.

De la reseña para El Cultural (2-11-2006) del catedrático de Historia Moderna Luis Ribot destacan dos párrafos en los que se sustancia el núcleo de la obra:“Imperios del Mundo Atlántico constituye la tercera gran obra de Elliott, lo cual ya es decir mucho sobre ella. (...) en este caso no se basa en la investigación minuciosa sobre las fuentes, sino en un exhaustivo manejo de la bibliografía existente. La razón de ello está obviamente en el tema abordado: un estudio comparativo de conjunto entre los dos grandes imperios coloniales americanos de la Edad Moderna: el español y el inglés. Elliott se plantea la cuestión de fondo del distinto resultado final de ambos.

Mientras que en la parte principal del británico, las colonias inglesas de Norteamérica, la independencia dio paso a una etapa claramente expansiva, tanto política, como social, económica o culturalmente, los territorios hispánicos emancipados han tenido una historia contemporánea plagada de crisis y problemas. ¿Hasta qué punto la historia de las dos colonizaciones puede explicar tal diferencia? Nada mejor, para ello, que una comparación permanente entre una y otra, si bien la inmensidad del tema y las numerosas cuestiones que plantea, en el espacio y en el tiempo (desde el XV al XIX), obligan al autor a ciertas restricciones, como la que hace al centrar su interés en las colonias inglesas de Norteamérica y en Nueva España, mucho más ampliamente tratados que otras zonas americanas de ambos imperios”.

“Aunque las diferencias no deben ocultar las muchas similitudes que hubo entre ellas, la colonización española, más temprana y que en muchos momentos constituyó un ejemplo para los ingleses, se caracterizó por la creación de sociedades mixtas, en las que los europeos y sus descendientes, pese a su predominio, convivían y se mezclaban en una cierta proporción con los indígenas, y posteriormente con los africanos llevados a la fuerza como esclavos. Frente a tal modelo, los ingleses practicaron una colonización excluyente, empujando fuera de sus límites a los indios que habitaban aquellas tierras antes de su llegada y segregando de forma más rígida que los españoles a los esclavos africanos.

La causa de fondo de tan distinto comportamiento estuvo en la abundancia de poblaciones indígenas sedentarias y ricos yacimientos mineros en las tierras colonizadas por los españoles, frente al “yermo” de resonancias bíblicas de la costa oriental de norteamérica. La búsqueda de oro y riquezas, que guió la colonización hispana desde sus inicios, y la ambición de los conquistadores de que los indígenas trabajasen para ellos –junto a otros elementos como el deseo de evangelización– hacían necesaria la coexistencia de ambas sociedades o “repúblicas”.

La colonización española rindió importantes beneficios, y no sólo a los particulares, sino también a una corona que, desde un principio, controló eficazmente su participación. En la América Hispana se crearon nuevos reinos, que pasaron a formar parte de la vasta Monarquía española, y en los que se desarrolló un proceso de institucionalización cuya principal característica fue la ausencia de asambleas representativas por encima de los cabildos municipales.

La colonización inglesa fue mucho menos controlada por el estado, se basó más en la iniciativa privada y rindió frutos bastante menores. A cambio, la diversidad religiosa de los colonos, muchos de ellos disidentes del anglicanismo oficial en Inglaterra, les llevó a la constitución de sociedades nuevas, cuyo éxito fue facilitado por la “ausencia” de indígenas.

En ellas se desarrolló una mayor libertad de creencias e ideas, favorecida además por un sistema político basado en las asambleas representativas. No deja de ser curioso, sin embargo, que en el XVIII, cuando ambas colonias habían alcanzado un grado de madurez social y económica, los ingleses deseasen imitar el modelo español de control estatal para obtener mayores beneficios, al tiempo que los españoles pretendían copiar a los británicos, reforzando, con bastante éxito por cierto, los aspectos mercantiles y la contribución fiscal de su imperio”.

En la interesante entrevista que le hace el historiador especialista en historia de América, Manuel Lucena Giraldo a John H. Elliot para ABC (9-10-2006), destacamos las siguientes cuestiones:La académica Carmen Iglesias ha destacado del libro la recuperación de lo político, su énfasis en la construcción en América del imperio español y el británico como una periferia europea.

Ello nos conduce a reflexionar sobre el carácter occidental de América, que niegan desde posturas extremas Samuel P. Huntington, que considera en su libro sobre el choque de civilizaciones la existencia de una imprecisa “civilización latinoamericana” aparte de la occidental; y los indigenistas, entre los cuales algunos quieren volver a los incas y echar a los blancos.

-Para mí las Américas siempre han sido una proyección de Europa, que presentó unos espacios enormes, donde existió la posibilidad de crear una mejor civilización, realizar sueños, crear nuevas utopías. América fue la gran esperanza, lo que quería ser Europa y no podía ser, representaba una extensión de Europa, pero de una Europa imaginada.

Eso explica que desde el siglo XVI la preocupación por la justicia de la Conquista fuera tan fundamental para los españoles, o que las independencias de la América británica y luego de la española pretendieran recuperar ese componente utópico.

-Especialmente en América del Norte, donde las ideas de la libertad, el desarrollo del individuo, la búsqueda de la felicidad, como dice la Declaración de Independencia norteamericana, la posibilidad de un nuevo mundo, mejor y más justo, fueron fundamentales.

Pero ese proyecto de libertad también era muy visible en la América española, donde se difundía, como en el caso del mexicano Clavigero o el chileno Molina, el sentido de una libertad americana distinta de la europea.

-Hubo un rechazo de la corrupción europea en aquel momento de fundación de los Estados Unidos y las repúblicas hispanoamericanas, pero aquella era, a fin de cuentas, una tradición del Nuevo Mundo. Ya en el siglo XVI los frailes españoles que fueron a México huían del escándalo de la guerra entre príncipes cristianos y la corrupción de la Iglesia, querían edificar una sociedad inocente.

Vamos ahora a una cuestión de actualidad. ¿Por qué existe de manera tan marcada, al menos en apariencia, una dificultad de entendimiento y comunicación entre Estados Unidos y los países iberoamericanos? ¿Tiene algo que ver en ello el origen imperial distinto, inglés, español o portugués?

-Hay varias razones. Un habitante de la América británica señaló en 1776 que quienes vivían en la América española eran para él gentes de otro planeta. Allí tenían una ignorancia enorme, reforzada por la leyenda negra, los estereotipos sobre el mundo hispánico habituales entre los angloparlantes. Esa mezcla fatal de ignorancia y deformación histórica ha creado una visión muy deformada del mundo iberoamericano y un deseo por parte de los norteamericanos de imponer sus propias normas en sociedades que no entienden.(...)

Existen nacionalismos emergentes -el escocés en Gran Bretaña, el catalán o el vasco en España- que parecen querer obviar este aspecto imperial de su historia.

-Es algo absurdo. En el imperio británico, los escoceses mandaron en todos lados. El imperio español en América fue mucho más un imperio castellano, pero en el siglo XVIII catalanes y vascos fueron muy importantes, como en la Cuba del XIX.

En el libro presta una gran atención al papel de los individuos, lo que es una constante de su obra.

-Hemos vivido demasiado tiempo con modelos deterministas prestados especialmente de las ciencias sociales, que prescinden de las personalidades. La nueva generación de historiadores está descubriendo, de nuevo, la importancia de las personas, su influencia en los acontecimientos. Es importantísimo, por ejemplo, que Washington o San Martín renunciaran al poder, lo que en cambio no hizo Bolívar. De ahí la trascendencia de ese factor humano, libre, personal e intransferible.

Se pueden encontrar otras reseñas sobre el libro de Elliot en Libertad Digital a cargo de Sergio Elizalde.

Como de costumbre, la editorial Taurus proporciona en su web un enlace que permite a los lectores el acceso a la Introducción del libro y al Indice. Por su parte el Epílogo se puede leer en la excelente revista Letras Libres.

Negritas: Vetas

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?blog_id=274

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JOHN ELLIOTT: EMPIRES OF THE ATLANTIC WORLD. BRITAIN AND SPAIN IN AMERICA 1492-1830. Yale University Press (Londres), 2006; 546 páginas. La version en español se titula IMPERIOS DEL MUNDO ATLÁNTICO y acaba de publicarla la editorial Taurus.

Gran Bretaña y España en América
Imperios contrastantes


John Elliott ha llevado a cabo un titánico y penetrante estudio comparativo entre la América española y la América británica, de capital importancia para entender el desarrollo posterior de sus pueblos. Las siguientes son las líneas con las que cierra su panorámica de los imperios del mundo atlántico.


Por Sir John Elliott

A principios de la década de 1770, J. Hector St. John de Crèvecoeur, quien ganaría fama con sus Cartas a un granjero americano, escribió un "Bosquejo de contraste entre las colonias españolas e inglesas" que no se publicó. Así comenzaba: "Creo que, de contar con una representación perfecta, los usos y costumbres de las colonias españolas revelarían una asombrosa diferencia al ser equiparados con los de estas provincias" –las colonias de la Norteamérica británica.

Crèvecoeur se abocaba entonces a delinear los contrastes, y optaba por conceder a la religión un sitio de honor. Comparó, por ejemplo, los excesos barrocos de las iglesias de Lima con la sobriedad de los templos cuáqueros: "¡Qué distinto, qué sencillo es el sistema de leyes religiosas establecido y acatado en este país!" Al referirse a la América británica en general, advirtió que "de la indulgencia y justicia de sus leyes, de su tolerancia religiosa, de la facilidad con que los extranjeros pueden moverse aquí, se deriva esa pasión, ese espíritu de constancia y perseverancia" que ha permitido "erigir tantas ciudades espléndidas", desplegar "tal ingenio en el comercio y las artes" y asegurar "una permanente circulación de libros, periódicos, provechosos descubrimientos de todas partes del orbe". "Este noble continente –concluía– no necesita más que tiempo y habilidad para convertirse en la quinta gran monarquía que cambiará la actual faz política del mundo".

El contraste con la América hispana, tal como Crèvecoeur lo exponía, era alarmante:

El grueso de su sociedad se compone de los descendientes de antiguos conquistadores y conquistados, de esclavos y de una variedad de castas y matices como nunca antes se había visto en la tierra y que al parecer jamás podrán vivir en la armonía suficiente para desarrollar exitosos programas industriales… En Sudamérica el gobierno opresivo no ha sido diseñado para generar crecimiento sino, por el contrario, para contribuir al empobrecimiento; se piensa que la obediencia de unos pocos es más valiosa que el ingenio de muchos… En resumidas cuentas, la languidez que corroe y debilita a la madre patria afecta también a sus bellas provincias.

La denuncia que Crèvecoeur hizo de España y sus territorios americanos, tan sólo un modo trivial de resumir los prejuicios y conjeturas de la Europa dieciochesca, sigue resonando hasta hoy. Durante los siglos XIX y XX, la historia de las repúblicas construidas sobre las ruinas del imperio americano de España sirvió únicamente para subrayar las fallas y deficiencias señaladas por Crèvecoeur. La historia de la Latinoamérica independiente terminó por verse como una crónica de atraso económico y fracaso político, y se minimizó todo logro o se lo pasó por alto.

Algunas de las carencias económicas y políticas que detectaron los especialistas tanto extranjeros como latinoamericanos fueron resultado de la coyuntura internacional y del equilibrio de fuerzas globales en los dos siglos posteriores a la emancipación respecto de España. Algunas fueron producto de la propia lucha de independencia, una pugna mucho más sangrienta y prolongada que la que los estadounidenses libraron contra sus "opresores" británicos. Otras se derivaron de los rasgos geográficos y ambientales que distinguen una masa de tierra vasta e infinitamente heterogénea; otras más pueden adjudicarse con tino a las características particulares –culturales, sociales e institucionales– de las comunidades coloniales y su soberano imperial.

Sin embargo, una cosa es apuntar que ciertos rasgos específicos de la sociedad colonial hispanoamericana, por ejemplo la corrupción endémica, arrojaron una sombra funesta sobre la historia de las repúblicas poscoloniales, y otra hacer la denuncia generalizada de que "la herencia española" fue la raíz de sus tropiezos y tribulaciones. En varios sentidos esta denuncia no es más que el modo en que se ha perpetuado hasta la era poscolonial el solemne mecanismo de "la leyenda negra", cuyos orígenes se pueden ubicar en los años tempranos de la conquista y colonización ultramarina. Construida a partir de los múltiples relatos de atrocidades cometidas por los ejércitos españoles en Europa y por los conquistadores en América, tal leyenda recibió posteriormente una vigorosa inyección de fervor anticatólico mientras la Europa protestante intentaba mantener a raya al dominio español.

Durante el siglo XVII, conforme un coloso vulnerable reemplazaba la figura de un poder global que aspiraba a constituirse en monarquía universal, España adquirió las connotaciones de atraso, superstición y pereza que la Europa de la Ilustración se deleitó en condenar. Éstas fueron las imágenes que se grabaron en la mente de los líderes de los movimientos de independencia, quienes se solazaron culpando al legado español de no poder alcanzar sus elevados ideales. En opinión de Bolívar, España había creado sociedades constitucionalmente incapaces de beneficiarse con los frutos de la libertad.
Por su parte, el joven Estados Unidos parecía destinado al éxito desde su nacimiento.

Incluso antes de que las colonias británicas se liberaran, Crèvecoeur y sus contemporáneos auguraban un brillante futuro a las sociedades que en apariencia cumplían con los requisitos de la Ilustración para obtener la dicha individual y la prosperidad colectiva. Mientras la república recién salida del cascarón empezaba a ejercitar sus alas a principios del siglo XIX, las cualidades que según los contemporáneos prometían un vuelo espectacular se validaron y reforzaron. Una América británica idealizada, cuyos pobladores indígenas y africanos eran eliminados del cuadro con suma facilidad, contrastaba de forma llamativa con su contraparte ibérica, que iba en picada. Un legado colonial relativamente benigno, por un lado, y uno esencialmente maligno, por el otro, parecían ser la clave para comprender dos destinos tan disímiles.

Es inevitable que la lectura retrospectiva de la historia de las sociedades coloniales oculte o distorsione aspectos de un pasado que se debe entender en sus propios términos y no a la luz de prejuicios y preocupaciones posteriores. Estudiar las sociedades en el contexto de su tiempo, más que desde un punto privilegiado y ventajoso concedido por una percepción tardía, no equivale a disculpar o mitigar sus crímenes y locuras. Como lo demuestra con claridad la suerte de los pobladores indígenas y provenientes de África, los registros de la colonización del Nuevo Mundo por parte de británicos y españoles están manchados de horrores innumerables.

Una revisión del expediente de ambos poderes imperiales a la luz de hipótesis, actitudes y capacidades de la época, y no posteriores, sugiere que España poseía las ventajas y desventajas vinculadas por lo común con el papel del pionero. Al ser los primeros en llegar a América, los españoles tuvieron más oportunidades de maniobrar que sus rivales y sucesores, los cuales debieron contentarse con territorios no ocupados aún por súbditos de la Corona Española. El hecho de que las tierras tomadas por España incluyeran enormes asentamientos indígenas y ricos depósitos minerales impuso una estrategia imperial que aspiraba tanto a traer la cristiandad y la "civilidad" europea a estas poblaciones como a explotar sus recursos minerales, de acuerdo con la ecuación de aquel entonces –no del todo descabellada– que asociaba los metales preciosos con la riqueza.

En su calidad de pioneros, no obstante, los españoles enfrentaron grandes problemas, sin contar con antecedentes que guiaran sus respuestas. Tuvieron que confrontar, someter y convertir a numerosas poblaciones que aún no existían para Europa. Tuvieron que explotar los recursos humanos y naturales de los territorios conquistados de tal forma que se afianzara la viabilidad de las nuevas sociedades coloniales que buscaban establecer, asegurando al mismo tiempo un flujo continuo de capital hacia el núcleo metropolitano; tuvieron que instituir un sistema de gobierno que les permitiera llevar a cabo su estrategia imperial en tierras repartidas a lo largo de una inmensa área geográfica, y conforme se apartaban de su país natal merced a un viaje marítimo que duraba ocho semanas o más.

Como es obvio, la Corona Española y sus enviados cometieron errores tremendos al emprender su tarea. Primero sobrestimaron y luego menospreciaron la disposición de los pueblos indígenas para asimilar los obsequios religiosos y culturales que creían brindarles. En lo que se refiere a gobierno, la decisión de idear una estructura institucional, concebida para que la Corona tuviera garantizadas la sumisión de sus oficiales y la obediencia de sus súbditos ultramarinos, fomentó la creación de mecanismos burocráticos extremadamente elaborados que subvirtieron los propósitos originales para los que se los diseñó. Con el afán de obtener ganancias de sus dominios ultramarinos, la Corona dio prioridad a la explotación de la insospechada riqueza mineral del territorio americano, lo que distorsionó el desarrollo de las economías locales y regionales, y encerró a España y su Imperio en un sistema comercial tan estrechamente reglamentado que resultaría contraproducente.

Las políticas españolas concordaban con las nociones europeas de inicios del siglo XVI acerca del carácter de los pueblos no europeos, de la naturaleza y las fuentes de la riqueza y del impulso de los valores civiles y religiosos de la cristiandad. Una vez adoptadas, sin embargo, tales políticas no se pudieron modificar fácilmente. Los reformadores Borbones pagarían el precio de invertir demasiado esfuerzo en establecer un nuevo rumbo de partida que, a la larga, les impidió hacer cambios de planes. En consecuencia, y al igual que uno de los grandes galeones que participaban en la carrera de las Indias, el Imperio Español navegó majestuosamente hacia su meta mientras lo cercaban los depredadores extranjeros.

Al principio, en un segundo plano, entre esos depredadores se hallaban los ingleses. Gracias a una mezcla de elección y necesidad, su embarcación era más pequeña y por ende más fácil de manejar. Los ingleses isabelinos y bajo la Casa de Estuardo tenían otra ventaja invaluable: podían tomar España primero como modelo y después como advertencia. Si bien, en un principio, buscaron imitar los métodos y logros españoles, la naturaleza radicalmente distinta del ámbito americano en que se encontraron, además de las transformaciones en la sociedad y el gobierno de Inglaterra, engendradas por la Reforma protestante y por cambios en la concepción de la riqueza y el poder nacional, acabaron por encauzarlos en una ruta propia.

Dicha ruta, resultado de múltiples decisiones individuales y locales y ya no de una estrategia imperial orientada hacia la metrópoli, condujo a fundar una cantidad de comunidades coloniales notablemente disímiles que, no obstante, compartían ciertos rasgos fundamentales. Entre los más importantes se hallaban las asambleas representativas y la aceptación, a menudo de mala gana, de una pluralidad de credos y doctrinas. Como había demostrado la República Holandesa, y como llegó a descubrir la Inglaterra del siglo XVII, combinar el consenso político y la tolerancia religiosa era una fórmula insuperable para acceder al desarrollo económico. Protegidas por el creciente poder militar y naval de Inglaterra, las colonias de la América continental confirmaron de nuevo la eficacia de la fórmula en el siglo XVIII, al avanzar con celeridad hacia la expansión demográfica y territorial y exhibir una productividad en ascenso.

La bonanza progresiva de sus colonias fue un obvio estímulo para que la Inglaterra del siglo XVIII capitalizara con mayor habilidad los esperados beneficios del imperio. Mientras que España siempre vio en las colonias americanas una fuente potencialmente valiosa de productos que no podían generarse en casa, Inglaterra empezó a evidenciar poco a poco que gastaba más dinero en la administración y la defensa colonial del que obtenía a cambio. Adam Smith expuso bien el dilema cuando en 1776 escribió:

Desde hace más de un siglo, los gobernantes de Gran Bretaña han vendido a la gente la idea de que poseen un enorme imperio en el margen occidental del Atlántico. Tal imperio, sin embargo, ha existido sólo en la imaginación. Hasta ahora ha sido, pues, no un imperio sino un proyecto de imperio… Si no se puede consumar, el proyecto debe abandonarse. Si no se ha conseguido que las provincias del imperio británico contribuyan al sostén de todo el imperio, sin duda es hora de que Gran Bretaña se libere del gasto que implica defender esas provincias en época de guerra, cancele todo apoyo a sus instituciones civiles o militares en tiempos de paz y trate de ajustar opiniones y planes futuros a la verdadera mediocridad de sus circunstancias.

Las tentativas modernas de analizar la relación de costo beneficio suelen ratificar la percepción de Smith, aunque es lógico que los cálculos ceñidos únicamente a lo que se puede medir y cuantificar no tomen en cuenta imponderables como la contribución de las colonias americanas al poder y prestigio internacional de Gran Bretaña, y la gama de opciones que habría tenido la economía británica de no haber existido un imperio americano.

Al menos en apariencia, la proporción entre costo y beneficio fue mucho más favorable para España. A lo largo de tres siglos, las colosales reservas de plata de México y el Perú le permitieron no sólo cubrir los gastos de la administración y la defensa americana, sino también embarcar frecuentes remesas a Sevilla o Cádiz que constituyeron entre el quince y el veinte por ciento del ingreso anual de la Corona en el reinado de Carlos iii, tal como había ocurrido dos siglos antes durante el reinado de Felipe ii. Así pues, a diferencia de la América británica, la América española era autosuficiente y no representó un agujero en el bolsillo del contribuyente peninsular.

Con todo, no hay que soslayar el altísimo precio que la España metropolitana debió pagar por ser dueña de un imperio americano rico en plata. A la vez que mantuvo a la monarquía española como el poder dominante del orbe occidental de mediados del siglo XVI a mediados del XVII, la riqueza proveniente de las Indias fomentó que la Corona y la sociedad castellana gastaran en firme más de lo que ganaban. La ambición imperial se empeñó en exceder los recursos imperiales, una situación que los Borbones intentaron corregir al lanzar su programa de reformas, el cual resultó al menos parcialmente exitoso: los ingresos por parte de América permitieron que el erario español pudiera cubrir, durante unas tres décadas, la cuota por sostener el poderoso estatus del país. En una época en que Francia y Gran Bretaña enfrentaban una deuda pública que crecía con rapidez, las finanzas de España evitaron pérdidas serias durante el reinado de Carlos III (1759-1788) gracias a la enorme contribución que realizaban los erarios de Nueva España y el Perú; una contribución que al final, no obstante, demostró ser insuficiente. La solvencia menguó y desapareció bajo la presión de las guerras casi continuas en los años posteriores a 1790.

Aunque las frecuentes inyecciones de plata americana sirvieron para mantener a flote las finanzas de la Corona Española, a largo plazo las ganancias del imperio de las Indias nutrieron más a Europa en general que a la madre patria. El estímulo inicial que la economía peninsular recibió merced a la conquista y colonización de América empezó a disminuir conforme los productos castellanos dejaron de ser competitivos en el mercado internacional, una secuela de las presiones inflacionarias que se pueden atribuir al menos parcialmente a la afluencia de plata americana. Pese a que siguió generando algunos incentivos para el desarrollo de la riqueza española, América no logró impulsar la economía metropolitana, en parte porque el grueso de las utilidades del Imperio se destinaba a sostener sistemas dinásticos ajenos que eran adversos, o mayormente desfavorables, al crecimiento de la economía doméstica. A su vez, esos sistemas reforzaron instituciones y estructuras sociales y políticas tradicionales, cosa que redujo la capacidad de innovación de España.

Imposibilitada para hacer uso efectivo de los frutos del Imperio, de modo que incrementaran la productividad nacional, España también vio cómo esos frutos se le iban de las manos. "No hay nada más común –escribió en 1741 un historiador británico del Imperio Español en América– que oír a España comparada con un cedazo: por más que recibe, nunca se llena". La plata de las Indias se escurrió por el cedazo gracias a que los consumidores españoles la emplearon para financiar la compra de lujos exóticos, y la Corona la desplegó para respaldar sus guerras en el extranjero.

Ya que la economía doméstica era incapaz de cubrir las necesidades de un mercado colonial en expansión, España compensó su déficit con artículos extranjeros que se enviaban en las flotas que cada año partían de Sevilla o Cádiz, o bien lograban filtrarse directamente en territorio americano a través de una operación internacional de contrabando que ningún conjunto de leyes mercantiles podía prevenir o controlar. En consecuencia, la plata colada por el cedazo español nutrió las economías de Europa y Asia, y originó en el camino un sistema monetario internacional cuyo desarrollo facilitó la difusión global del comercio.

Sin embargo, el imperio americano de España era mucho más que un simple mecanismo para extraer y exportar los metales preciosos que reabastecerían las arcas reales y alentarían el comercio global. También constituía un intento consciente, racional y centralizado –al menos en teoría– por incorporar e integrar las tierras recién descubiertas a los dominios del rey español. Esto implicaba cristianizar y someter a los pueblos indígenas a los estándares europeos, aprovechar su mano de obra y sus habilidades para cubrir las necesidades imperiales y establecer, en el margen más lejano del Atlántico, nuevas sociedades compuestas por conquistadores y conquistados que fueran auténticas extensiones de la madre patria y emularan sus valores e ideales.

Inevitablemente, este magno diseño imperial se logró llevar a cabo sólo en parte. Había demasiadas diferencias entre el ámbito americano y el europeo, que se conocía mejor; los múltiples intereses opuestos que intervenían en el proyecto no podían garantizar el funcionamiento de un sistema unificado; y, para rematar, la presencia de los sobrevivientes de las comunidades indígenas anteriores a la Conquista forjó sin remedio el carácter de las sociedades sucesoras, para desconcierto de los españoles peninsulares, que se inquietaron ante el aumento de poblaciones que se habían mestizado racial y culturalmente al mezclarse la sangre de conquistadores y conquistados. A esto se sumó el hecho de haberse llevado a América grandes cantidades de africanos. El resultado de esta hibridación fue el nacimiento de comunidades integradas, según señaló Crèvecoeur en tono despectivo, "por una variedad de castas y matices como nunca antes se había visto en la tierra".

Dada la proporción y complejidad de los desafíos que enfrentaron, sorprende que los españoles hayan materializado su sueño imperial hasta donde pudieron. Mediante la violencia y a través del ejemplo lograron cristianizar y españolizar a enormes sectores de los pueblos nativos hasta un punto que quizá no los satisfizo, pero que dejó una huella decisiva y perdurable en las creencias y prácticas indígenas. Fundaron las instituciones de un imperio americano que perduró trescientos años y, con un alto precio que pagaron los súbditos nativos y la mano de obra traída de África, rehicieron las economías de los territorios sometidos de acuerdo con patrones ajustados a las necesidades europeas. Esto les granjeó un superávit constante para exportar a Europa y, a la vez, creó las condiciones idóneas para el desarrollo de una civilización urbana, peculiar y creativa, en los dominios americanos.

Tal civilización, cuya diversidad étnica aumentó con el paso de las generaciones, se cohesionó gracias a varios factores: las instituciones eclesiásticas y gubernamentales en común, una religión y un idioma compartidos, la presencia de una elite de descendientes españoles y un conjunto de nociones fundamentales alrededor del ejercicio del orden político y social que los neoescolásticos españoles en el siglo XVI reformularon y articularon. Su concepción orgánica de una sociedad regida por mandato divino y consagrada a alcanzar el bien común tenía un enfoque más incluyente que excluyente. Como consecuencia, los pueblos indígenas de Hispanoamérica tuvieron un espacio limitado pero propio dentro del nuevo orden político y social. Al aprovechar las oportunidades religiosas, legales e institucionales que se les brindaban, los individuos y las comunidades lograron fincar derechos, consolidar identidades y moldear un flamante universo sobre las ruinas del orbe destruido sin remedio por el golpe de la conquista y ocupación europea.

Luego de un incómodo periodo de convivencia, y enfrentados a pueblos nativos más escasos, que no se dejaban movilizar tan fácilmente como mano de obra, los colonizadores ingleses asumieron una postura más excluyente que incluyente en los términos ya establecidos en Irlanda. Sus indígenas, a diferencia de los de los españoles, fueron relegados al margen de las nuevas sociedades coloniales o expulsados más allá de sus fronteras. Cuando los colonos siguieron el ejemplo ibérico y empezaron a importar africanos para cubrir sus necesidades laborales, el espacio concedido a los esclavos por ley y religión fue aún más restringido que en Hispanoamérica.

Aunque redundaría en un legado terrible para las generaciones futuras, la negativa de incluir a los indios y los africanos dentro de sus comunidades ficticias dio a los colonizadores ingleses mayor libertad de movimiento para hacer que la realidad encajara en los moldes de su imaginación. Como no querían que la población indígena se integrara en las nuevas sociedades coloniales, no necesitaban adquirir los compromisos que sus contrapartes hispanoamericanas habían tenido que aceptar. De igual manera, tampoco eran esenciales los mecanismos externos de control a través del gobierno imperial que los españoles habían adoptado para promover la estabilidad y la cohesión social en colectividades mestizas.

La autonomía que la Corona Británica otorgó a las comunidades trasatlánticas para llevar una vida desprovista casi por completo de restricciones externas reflejó la ausencia, en la América continental del norte, de las obligaciones inherentes a la existencia de riqueza mineral y de vastos grupos indígenas que empujaron a la Corona Española a asumir un sistema intervencionista. También reflejó el equilibrio cambiante entre las fuerzas políticas y sociales de la Inglaterra de los Estuardo. La relativa debilidad de los Estuardo dio rienda suelta a grupos de hombres y mujeres ingleses para que se establecieran más o menos a sus anchas en las costas más remotas del Atlántico, con una interferencia esporádica y en cierto modo inútil por parte del gobierno imperial. Como resultado, la Gran Bretaña del siglo XVIII despertó tardíamente para descubrir, en palabras de Adam Smith, que su imperio americano había "existido sólo en la imaginación".

Si se mide, de acuerdo con el fracaso del Estado británico a la hora de apropiarse de más riqueza generada por las sociedades coloniales y de intervenir con mayor eficacia en el manejo de sus asuntos domésticos, la fragilidad imperial demostró ser a largo plazo una fuente de energía para esas mismas sociedades. Abandonadas a su suerte, pudieron labrar su propio camino en el mundo y desarrollar sus propios mecanismos de supervivencia. Esto les dio flexibilidad para enfrentar las desgracias y una creciente confianza en su capacidad de crear instituciones y patrones culturales propios que cubrieran mejor sus necesidades particulares. Como hubo múltiples razones para fundar colonias específicas, y como éstas se crearon en distintas épocas y distintos ámbitos en un lapso de más de un siglo, sus respuestas y el carácter que sus sociedades llegaron a asumir variaron enormemente. Esta diversidad las enriqueció a todas.

Pese a su diversidad, las colonias poseían muchos rasgos en común. Éstos, sin embargo, y a diferencia de lo que ocurrió en el imperio americano de España, no fueron fruto de la imposición por parte del gobierno imperial de estructuras administrativas y judiciales uniformes y una misma religión, sino de una cultura gubernamental y legal compartida que dio prioridad al derecho a la representación política y a un conjunto de licencias amparadas por la legislación consuetudinaria. Tener tal cultura inauguró el camino que conduciría a las colonias a desarrollar sociedades basadas en el consenso y la inviolabilidad de los derechos individuales. En las décadas críticas de 1760 y 1770, esa cultura política liberal confirmó ser suficientemente fuerte para apoyar la defensa de una causa común. Al unirse para proteger sus privilegios ingleses, las colonias garantizaron la continuidad de la pluralidad creativa que las había caracterizado desde el principio.

Con todo, la historia podría haber sido muy distinta. Si Enrique VII hubiera aceptado patrocinar el primer viaje de Cristóbal Colón, y si una expedición de campesinos occidentales hubiera conquistado México para Enrique VIII, podríamos imaginar un guión distinto y que incluso podría haberse realizado: un colosal incremento de la riqueza de la Corona Británica debido al creciente flujo de plata americana en las arcas reales, el desarrollo de una estrategia razonable para explotar los recursos del Nuevo Mundo, la creación de una burocracia imperial con miras a gobernar las comunidades de colonos y sus pueblos súbditos, el declive de la influencia parlamentaria en la vida nacional y el establecimiento de una monarquía absolutista financiada por la plata de América.

Pero todo sucedió de otra forma. El conquistador de México era un fiel súbdito del rey, no de Inglaterra, sino de Castilla, y una compañía mercantil no española sino inglesa fue la que fundó en Virginia la primera colonia exitosa de la Norteamérica continental. Tras los valores culturales y las exigencias económicas y sociales que moldearon los imperios Británico y Español del orbe atlántico, acechaban las huestes de las decisiones personales y las insospechadas consecuencias de los eventos fortuitos.


Nota: Este ensayo, publicado con la autorización de History Today (
www.historytoday.com), es una versión del epílogo a Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América, 1492-1830, que este mes será publicado por Taurus. ~

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras



http://www.letraslibres.com/index.php?art=11576


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Sir John Elliott: Informes biográficos

Nacido en 1930 en Reading (Berks, Inglaterra), Sir John Elliott es catedrático emérito de Historia Moderna en la Universidad de Oxford. Educado en el Eton College, es doctor en Historia por la Universidad de Cambridge (Trinity College, 1952) y fue durante 17 años profesor en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton (Estados Unidos).

Está considerado como uno de los más importantes hispanistas del mundo, especialista fundamentalmente en los siglos XVI y XVII de la Historia de España, especialmente en la figura de los validos y, más concretamente, del Conde Duque de Olivares, y en la historia comparada de la colonización española y británica en América. Además de su amplia labor docente, tanto en Inglaterra como de profesor invitado en las más destacadas universidades del mundo, es autor, entre otros muchos libros, de "La España Imperial, 1469-1716" (1963), "La rebelión de los catalanes" (1963), "El viejo mundo y el nuevo, 1492-1650" (1970), "Un palacio para el rey" con Jonathan Brown (1980) "Richelieu y Olivares" (1984), "El Conde Duque de Olivares" (1986) y "España y su mundo" (1989).

Miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, y miembro de la Academia Británica, pertenece también a la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y a la Sociedad Filosófica Americana. Es doctor "honoris causa" por las universidades de Barcelona, Autónoma de Madrid, Valencia, Lleida, Génova, Portsmouth, Warwick y Brown.

Entre otras distinciones, ha sido nombrado Caballero por S.M. la Reina de Inglaterra, y ha recibido la gran cruz de Alfonso X el Sabio, la gran cruz de Isabel la Católica, la medalla de honor de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, la medalla de Oro a las Bellas Artes y premios como el Wolfson de Historia (1986), el "Eloy Antonio de Nebrija" (1993), y el "Balzan" para la historia 1500-1800, otorgado por la Fundación Internacional Balzan (1999).


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Comentarios sobre John Elliott e Imperios del mundo atlántico en Letras libres:

"Excelente artículo, con un final muy elocuente, que se reafirma con las experiencias de Inglaterra en India (incluyendo Paquistán y Bangladesh, por supuesto), Hong Kong y los paíese africanos que colonizó (en donde no pudieron relegar, diezmar y/o erradicar la población originaria), y el resultado actual es, curiosamente, países subdesarrolados. Aunque "colonia" es la palabra correcta para las experiencias británica y española en América, creo que por uso se acerca más a la española, en tanto que a la inglesa le llamaría asentamiento (settlement), ya que, como bien expresa el artículo, no hubo una nueva población a la que civilizar ni cristianizar; sólo hubo una transterración de población inglesa ya habituada, naturalmente, a sus instituciones. No hubo que hacerles leyes nuevas ni diferenciadas (como en el caso de peninsulares, criollos, mestizos e indios). Repito, un excelente ejercicio interpretativo y una excitante lectura". Luis Felipe Vilches.

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"Lo ínico que quiero señalar, es que de leyenda negra no tienen nada. Dice Todorov: Con la llegada de Colón llegó Hernán Cortés y su banda de tipos nefastos. El hablar de Hernán Cortés es hablar de destrucción, sojuzgamiento avasallamiento, de "[...] examinar la destrucción de los indigenas en el siglo XVI desde dos puntos de vista: cuantitativo y cualitativo. Por ahora veamos sólo el cuantitativo: [...] En el año 1500 la población global debía de ser de unos 400 millones, de los cuales 80 estaba en las Américas. A mediados del siglo XVI, de esos 80 millones quedan 10. O si nos limitamos a México: en vísperas de la conquista su población es de 25 millones, en el año 1600 es de un millón. Si alguna vez se ha aplicado con precisión a un caso la palabra genocidio, es a este. [...] Ninguna de las grandes matanzas del siglo XX puede compararse con esta hecatombe. Se entiende hasta que punto son vanos los esfuerzos de ciertos autores para desacreditar lo que se llama la "leyenda negra", que establece la responsabilidad de España en este genocidio y empaña así su reputación. Lo negro está ahí, aunque no haya leyenda". Tsvetan Todorov, La conquista de América, el problema del otro (México: Siglo XXI, 1998), p.144. ¿Leyenda? ¿y entre comillas? Son números reales, no idealisno ni "solemne mecanismo"Por otro lado es un buen ensayo". Magda Díaz.

."Se trata de un ensayo sumamente revelador, que puede contribuir a una visión más realista de la configuración de América Latina, pues se analiza en el propio contexto y no desde la mirada prejuiciada que tenemos una inmensa mayoría. Se trata, también, de una buena motivación para la lectura detenida y reflexiva del libro "Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América, 1492-1830". Estaré atento para adquirir y leer tan importante libro". Jorge Luis Zarazua Campa.


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Escritos adicionales sobre el tema: "Si latinoamerica hubiera sido conquistada por Inglaterra y Estados Unidos por España":

http://surtidordeespejos.blogspot.com/2006/12/si-latinoamerica-hubiera-sido.html

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26.11.06

"EL VIENTO DE LA LUNA": ANTONIO MUÑOZ MOLINA. RESEÑA DE TITO MATAMALA



El 20 de julio de 1969 la misión espacial del Apolo XI se posa en el Mar de la Tranquilidad, convirtiendo a su comandante, Neil Armstrong, en el primer hombre que pisa la Luna. Las noticias sobre el viaje son el hilo conductor de esta novela protagonizada por un adolescente que, fascinado por estos acontecimientos, asiste al nacimiento de una nueva época; el universo que le rodea comienza a serle tan ajeno como su propia felicidad infantil.

En 1969 la vida en la ciudad de Mágina transcurre con la regularidad con que las cosas han sucedido siempre, en el tiempo en apariencia detenido de una larga dictadura. Antonio Muñoz Molina transmite como nadie la fragilidad de instantes capaces de cambiar una vida, como la llegada del primer televisor a casa, la conciencia del incalculable consuelo de la lectura o el descubrimiento de un secreto que ha marcado a la ciudad desde la guerra civil.

Historia de iniciación magistralmente narrada, El viento de la Luna posee elementos que remiten al mundo de escritores como Salinger o Philip Roth, pero también es un nuevo episodio en el ciclo narrativo de Mágina, como reconocerán enseguida los lectores de Beatus Ille y El jinete polaco. La imagen de un futuro de ciencia ficción a los ojos del protagonista que ya es recuerdo nostálgico para el lector es uno de los mayores aciertos de esta cautivadora novela.


Tito Matamala. Chile. Autor de la reseña.
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EL VIENTO DE LA LUNA

Reseña.


El español Antonio Muñoz Molina, con un notable despliegue retórico, escarba en la memoria para configurar una cariñosa novela acerca de un muchacho embriagado con las hazañas de astronautas y cohetes espaciales.

Qué sueña alguien que se ha dormido
en un módulo espacial posado sobre la Luna?.

Por Tito Matamala.

http://www.titolandia.cl/

Para Vetas Digital
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El español Antonio Muñoz Molina, con un notable despliegue retórico, escarba en la memoria para configurar una cariñosa novela acerca de un muchacho embriagado con las hazañas de astronautas y cohetes espaciales.


Qué sueña alguien que se ha dormido
en un módulo espacial posado sobre la Luna?.


Nunca sabemos el nombre del narrador, sólo que es un muchacho de unos doce años, cuya familia de hortelanos se esfuerza por sobrevivir el día en la España franquista, ultra conservadora y medieval, y que estudia en un colegio religioso con severos monjes como profesores. Más que nada, enseguida entendemos que el muchacho es un apasionado de la carrera espacial, de los avances científicos y de los detalles de la pronta llegada del hombre a la Luna. Estamos en 1969.


La pobreza es una desgracia, no sólo por la falta de comida y la precariedad de la existencia, sino también por la carencia de educación para comprender el mundo. El protagonista lo sufre en carne propia, porque sus padres no toleran la inquietud juvenil por el conocimiento, que atenta contra el destino que le depara: ser un trabajador de la tierra, quizás al servicio de los grandes terratenientes. Así, el muchacho se encierra en el ático "a los placeres de la lectura, y los placeres de Onán". Lee los pocos libros que considera de interés en la biblioteca de la escuela, y las revistas y periódicos que le trae la querida tía Lola, la única que – a su modo – ha escapado del estigma de la miseria.


Mientras, al otro lado del Atlántico, los norteamericanos preparan el lanzamiento del Apolo XI a fin de llevar un hombre a la Luna y traerlo de regreso. Para la madre del muchacho, eso es imposible: cómo van a encontrar la Luna los astronautas, si cuando es de día no se ve. Por lo demás, una reflexión muy común: el más grande logro científico de la humanidad no fue comprendido por enormes masas de seres humanos no alcanzados por la bendición del conocimiento y la cultura. Incluso en el colegio del narrador, sus profesores ven aquella empresa como un acto de herejía, tal como la teoría de la evolución y el origen del hombre.


De este modo transcurre la novela de Antonio Muñoz Molina, "El viento de la Luna", una obra bellísima en que prima la nostalgia por esos años en que éramos niños e ingenuos. A la vez, con el recuerdo amargo de las carencias que debimos soportar en los hogares humildes en que no había pan ni libros, ambos alimentos sustanciales. El muchacho sospecha que su mentalidad inquieta y deseosa de conocimiento podrá salvarlo en el futuro, pero pagando el precio de la incomprensión de sus cercanos: "¿tú le has notado algo raro, aparte de ese vicio de tanto leer?". Su padre es un pequeño hortelano con el hábito por el trabajo y sin jamás pensar en un descanso o un mínimo lujo. Se levanta con el alba y regresa por la noche. Antes lo acompañaba su hijo, porque veía las tareas de labranza como una aventura, un juego divertido, y aprendía con entusiasmo las faenas del campo. Hasta que los libros lo alejaron.


Pese a la modestia, a la casa llega un aparato de televisión. La pantalla los congrega con asombro, saludan con amabilidad a aquella señorita de las noticias como si estuviese en la sala, buenas noches, y que detalla los pormenores del lanzamiento en Cabo Kennedy. Salvo para el muchacho, a los demás no les cabe en la cabeza lo que escuchan, que la Tierra es redonda, que gira alrededor del Sol, y que la Luna no emite luz. Nada de eso concuerda con sus experiencias de vida, y tampoco ven qué utilidad les puede prestar. "Es propaganda para volvernos tontos, para que compremos más televisores. ¿A ti qué falta te hace saber si en la Luna hay atmósfera o no hay atmósfera, o si se crían tomates, o si los hombres van a llegar mañana o pasado mañana?".


El padre y la madre forman parte del bando de los perdedores en la guerra civil que sólo treinta años antes ha asolado a España. Ahora deben rendirle pleitesía al viejo generalísimo Franco, que los vigila con sus manos de muerto en los retratos oficiales. La sacaron barata, pues varios de sus amigos terminaron boca abajo en las acequias, más por cuentas personales con los vencedores, que por complejas represalias políticas.


En televisión y en los diarios, los periodistas se engolosinan con la noticia del hombre en la Luna. El futuro se ve esplendoroso, porque en diez años más existirán viajes comerciales al espacio, y antes del cambio de milenio el hombre habitará la Luna y habrá conquistado la superficie de Marte, donde vivirá en cúpulas de cristal del tamaño de ciudades. Para el muchacho que narra la historia, esos datos nutren su ilusión y su fantasía, no duda en que se cumplirán los vaticinios, y él espera estar en una posición que le permita disfrutarlos, tal vez con su propio paseo en una nave interestelar.


"El viento de la Luna" es un viaje a la memoria, una sucesión de golpes de efecto y defecto de la nostalgia, cuya trampa siempre somos propensos a pisar. Ampliamente descriptiva, con una delicada prosa, pareciera que no ocurriese mucho en la novela. Sin embargo, es cuestión de atender los recuerdos del niño triste pero cargado de sueños para llegar a la conclusión de que al parecer también está hablando por nosotros, por nuestros recuerdos.


Por la edad del autor, sospechamos que se trata de una obra con claras reminiscencias biográficas. Un niño con esa capacidad de maravillarse ante la ciencia y la historia, atribulado por las fantasías de viajes espaciales, lector compulsivo, naturalmente tenía que convertirse en escritor.

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Fragmento del libro en:


http://www.seix-barral.es/el-viento-de-la-luna/opusc_viento_luna.pdf


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18.11.06

"MAS SE PERDIO EN CUBA: ESPAÑA, 1898 Y LA CRISIS DE FIN DE SIGLO"



Sinopsis:

La guerra de 1898 con los Estados Unidos hizo perder a España sus colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Pero, más allá de la pérdida del estatuto de potencia colonial, España perdió en aquel desastre -como lo llamaron los contemporáneos- la confianza en sus propias capacidades como nación. Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo explora, a partir del análisis del imperio colonial español del siglo xix (Christopher Schmidt-Nowara), las repercusiones que su pérdida produjo en España en el terreno social (Manuel Pérez Ledesma), político (Juan Pro Ruiz), económico (Juan Pan-Montojo), cultural (Carlos Serrano) y sobre la identidad nacional (José Álvarez Junco). Con un enfoque claro e innovador, los autores -coordinados por Juan Pan-Montojo- sopesan los elementos de continuidad y de ruptura en la crisis española del 98. De esta forma, la crisis específica del proyecto nacional español, que hizo arrancar el siglo xx bajo el estigma del fracaso, se enmarca en una crisis general de fin de siglo ligada a la liquidación de la experiencia liberal europea del siglo xix.

Este volumen es la segunda edición del publicado en 1998 con motivo del Centenario del Desastre. En ese texto, los autores desbordaron con creces los rasgos de una publicación conmemorativa y circunstancial, para convertirlo en un libro de historia de la crisis de fin de siglo en España. Para ello acometieron una tarea de "normalización" del 98, consistente en la desdramatización de la derrota y de sus efectos y en la lectura, dentro de coordenadas más amplias que las españolas, de las reacciones y transformaciones que trajo consigo e incluso de los procesos que le dieron forma. Y el resultado es un libro que se ha convertido en referencia para historiadores.
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Junto con una nueva Introducción que analiza el 98 después del 98, en esta edición se abordan los nacionalismos surgidos frente a un transformado nacionalismo español, durante la guerra y tras la derrota: Josep M. Fradera analiza en su capítulo la génesis de los nacionalismos vasco y catalán, enfrentados al español.
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Obra colectiva (528 págs.) coordinada por Juan Pan-Montojo, en conmemoración del centenario de la guerra y la crisis de 1898, con arreglo al siguiente índice:
-Introducción: ¿98 o fin de siglo? (Juan Pan Montojo)
-Imperio y crisis colonial (Christopher Schmidt-Nowara)
-La sociedad española, la guerra y la derrota (Manuel Pérez Ledesma)
-La política en tiempos del "Desastre" (Juan Pro)
-El atraso económico y la regeneración (Juan Pan-Montojo)
-Conciencia de la crisis, conciencias en crisis (Carlos Serrano)
-La nación en duda (José Álvarez Junco)
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La guerra de 1898 contra los Estados Unidos, que hizo perder a España sus colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, es presentada en este libro no sólo como la liquidación del imperio colonial, sino también -y sobre todo- como un "desastre" que hizo al país perder la confianza en sus propias capacidades como nación. La gravedad y amplitud de aquella crisis obliga a contextualizarla con un estudio del imperio español del XIX, que Christopher Schmidt-Nowara analiza como algo muy distinto del viejo imperio de la Monarquía de la Edad Moderna. Y a perfilar después las repercusiones que la guerra y la derrota produjeron en España en el terreno social (capítulo de Manuel Pérez Ledesma), político (Juan Pro), económico (Juan Pan-Montojo), cultural (Carlos Serrano) y sobre la identidad nacional (José Álvarez Junco).
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En cada uno de estos capítulos se sopesan los elementos de continuidad y de ruptura presentes en la crisis española del 98, así como la parte que la guerra tuvo en el desencadenamiento o la aceleración de procesos históricos de largo alcance. La crisis específica del proyecto nacional español, que hizo arrancar el siglo XX bajo el estigma del fracaso, se enmarca en una crisis general de fin de siglo, ligada a la liquidación de la experiencia liberal europea del siglo XIX.

El capítulo sobre La política en tiempos del "Desastre" arranca de las repercusiones políticas inmediatas que tuvo en España la noticia de la derrota bélica y el tratado de cesión de las colonias, constatando que, en ese aspecto, la crisis no fue tan virulenta como habían temido algunos políticos dinásticos, y el régimen de la Restauración sobrevivió sin tener que hacer frente a grandes conmociones revolucionarias ni involucionistas. Para comprender el alcance de la crisis de fin de siglo es preciso considerar el régimen en el largo plazo: un régimen político cuyo funcionamiento práctico se alejaba notoriamente de las previsiones constitucionales, y aun de cualquier planteamiento teórico de un Estado de Derecho.
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El fraude electoral, la corrupción y el caciquismo, hacían que, de hecho, los cambios de Gobierno los decidiera la Corona y las Cortes las fabricaran y manipularan los Gobiernos, sin que en ningún punto del sistema interviniera la voluntad del electorado. Estos mecanismos oligárquicos fueron denunciados por un conjunto de intelectuales que, hacia finales de siglo, demandaron un mayor protagonismo político para sí mismos, acusando a la clase política española de ineficacia y dejación de sus funciones.
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En esa reacción -plural- de los intelectuales aparecen elementos que ayudan a comprender la esencia del régimen de la Restauración y el impacto sobre ella de la crisis de fin de siglo (que no fue sólo consecuencia de la derrota en la guerra, sino también de la desaparición de los líderes históricos, la consiguiente disgregación de los partidos dinásticos y el cambio en la titularidad de la Corona con la mayoría de edad de Alfonso XIII); en esos mismos discursos de Joaquín Costa y de los regeneracionistas encontramos también esbozadas las grandes soluciones políticas que se dcisputarán el poder en la España del siglo XX, república y democracia por un lado, y dictadura militar por el otro.
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En definitiva, y aun cuando el "Desastre" del 98 no se llevó por delante el régimen de la Restauración, en torno al cambio de siglo confluyeron una serie de factores que pusieron en marcha la crisis del régimen, pues se hizo imparable la crítica al mismo (incluso desde dentro de los partidos dinásticos), sin que nadie acertara a encontrar una salida no traumática. El modo en que el espíritu del 98 está presente en la dictadura de Primo de Rivera, en la Segunda República e incluso en algunos aspectos del franquismo, permite considerar que en esta crisis de fin de siglo se definieron las bases políticas de la España del siglo XX.-
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Dos fines de siglo:

España 1898 y 1998
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por Mercedes Cabrera
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Aunque el final de siglo no constituye por derecho propio una fecha significativa en la historia, promueve estados de ánimo que llevan a la reflexión. Eso es lo que me propongo hacer y para ello tomaré como referencias el fin de siglo pasado (s. XIX) y éste otro que se nos avecina.
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Si buscamos una fecha significativa en la historia de España y cercana al final del siglo XIX tropezamos inmediatamente con 1898, el año del 'desastre', de la pérdida de las últimas colonias. El año que Azorín convirtió en seña de identidad de una admirable - por razones literarias - y rompedora 'generación de intelectuales'. Un 1898 que como consecuencia de su conmemoración cambiará necesariamente de contenidos. Porque siempre que miramos hacia atrás y hacemos historia, lo hacemos desde el momento presente.
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El 98 no será para mí sino un pretexto para acercarme a la España de finales del XIX. Lo esencial del 'desastre' fue una derrota militar que para muchos no hizo sino confirmar las sospechas de que España se alejaba cada vez más de Europa; perdía sus colonias mientras otros multiplicaban las suyas en plena oleada de expansión imperialista. Esa derrota dió pie a una conmoción que quiso ver en ella la muestra más palpable, no ya de la decadencia, sino del definitivo hundimiento de España. La pérdida de las últimas colonias españolas debe explicarse, sin embargo, a la luz del clima que se respiraba en España y, al mismo tiempo, en el contexto de los movimientos de la última gran expansión europea, del despertar de otros países y de los primeros desafíos a la hegemonía del viejo continente.
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Que España era un eslabón débil en aquella cadena, es cierto. ¿Por qué se empeñó España en conservar las colonias o mejor dicho, Cuba? En primer lugar porque Cuba no era una colonia, sino parte de la nación española, y como tal lo sentían no sólo las élites políticas y los intereses económicos allí afincados, sino los militares e incluso las clases populares que salieron emocionadas a despedir los primeros embarques de tropas al comenzar la nueva insurrección cubana en 1895.
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Y así lo entendió la Iglesia, pregonera entusiasta de la guerra. Cuando fracasó la labor diplomática con la que se había tratado de contener la intromisión norteamericana, y la clase política se encontró ante el dilema que le planteaba la amenaza de intervención de Estados Unidos, prefirió una derrota asegurada que un amotinamiento o un pronunciamiento militar en el país. Porque así estaban las cosas. Quizá precisamente porque no pudo echarse las culpas de la derrota sobre 'un gobierno' que hubiera actuado en contra de la opinión, sino porque fueron muchos los que podían sentirse responsables, la derrota encendió una catarsis; no una rebelión ni un cambio político, sino una remoción de los espíritus que la literatura del 'desastre' y la conmoción 'regeneracionista' legaron a sus herederos y a los historiadores.
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España a finales del siglo pasado
Pero si esa fue la imagen y como tal entró a formar parte del proceso histórico, ¿cuál era la realidad de la España de fin de siglo? España era un país con una economía atrasada con una agricultura escasamente competitiva y protegida, y unos enclaves industriales localizados en Barcelona y Vizcaya, también protegidos. Una sociedad predominantemente rural y poco urbanizada, con grandes desigualdades sociales y culturales - y regionales -, un elevado grado de analfabetismo y una profunda escasez de clases medias. Sin embargo, justo por entonces la economía española acortaba distancias con otros países, los efectos económicos de la pérdida de las colonias no fueron tan negativos y la repatriación de capitales supuso una importante inyección en la economía española. Gracias a las reformas fiscales, el presupuesto del Estado consiguió a comienzos de siglo, por primera vez, arrojar superávits, aunque ello no quería decir que el Estado español dejara de ser un Estado pobre en recursos, ni que aquella solvencia momentánea fuera a convertirse en habitual. España distaba mucho todavía de los países más desarrollados, pero el panorama no era tan inmóvil como algunos diagnosticaban.
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¿Y la política? Sobre la Monarquía de la Restauración se arrojó el calificativo de "oligarquía y caciquismo", que quedó desde entonces acuñado como la esencia del régimen político, con toda su carga peyorativa. Que la sociedad y la política españolas eran 'oligárquicas', es decir, que eran regidas y controladas por unas minorías, es cierto; y que para ello se apoyaban en redes clientelares - sus notables y sus 'caciques' - que permitían a los dos partidos políticos dinásticos, conservadores y liberales, preparar las elecciones y acomodar sus resultados al turno pacífico de unos y otros, también. Aquello no era una democracia, evidentemente, pero tampoco lo eran todavía la mayor parte de los países europeos. La Monarquía restaurada en 1875 había conseguido poner fin a la profunda inestabilidad del siglo XIX y puso en pie un sistema parangonable a otros europeos de la época: una Monarquía constitucional, aunque con soberanía compartida de las Cortes con el Rey. Bajo la condición de aceptar las reglas de juego, incorporó a muchos liberales que, a partir de su primer gobierno en 1881, sumaron a la Constitución sus conquistas políticas culminando en la aprobación del sufragio universal en 1890. Se consiguió romper el maleficio del 'exclusivismo' a favor de un solo partido que había predominado en el reinado de Isabel II, en aras de la alternancia y, con ello, eliminar uno de los motivos de la persistente intervención del Ejército en la vida política.
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Con el cambio de siglo se acrecentaron las críticas al régimen y las denuncias del falseamiento de sus presupuestos liberales y de su insuficiencia democrática. Las críticas recayeron sobre todo en los dos partidos gobernantes, en la clase política, y se acrecentaron como consecuencia del 98. ¿Cómo romper el círculo vicioso de unas leyes que habían introducido el sufragio universal y unas prácticas políticas que lo desvirtuaban? Unos venían opinando que se había superpuesto una estructura política demasiado avanzada sobre un país atrasado y con una cultura liberal escasamente arraigada; el resultado obligado había sido la distorsión del sufragio. Para otros, sin embargo, la distorsión del sufragio no era sino consecuencia de la voluntad de dominio de aquella 'oligarquía' dispuesta a utilizar todos los recursos, la violencia incluída, para mantenerse en el poder. En ningún país europeo fue fácil el tránsito desde el liberalismo a la democracia y en los países en que tuvo éxito, fue una delicada obra de 'ingeniería' política, no exenta de conflictos y dificultades, para la que no era requisito suficiente un elevado grado de desarrollo económico y de modernización social, aunque sí ayudaba.
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España vivía aquel proceso desde su situación peculiar. En 1897 murió en un atentado anarquista el artífice principal del régimen de la Restauración, Antonio Cánovas del Castillo. A Sagasta, el 'viejo pastor' de las huestes liberales, el fin de siglo le pillaba ya políticamente agotado. Sus dos partidos habían sido los pilares de la estabilización restauracionista. El 98 y el cambio de siglo abrían perspectivas inquietantes: un nuevo rey, Alfonso XIII, a punto de cumplir la mayoría de edad; un relevo difícil del liderazgo político; las inercias de la política clientelar, la inexistencia de un cuerpo electoral y de una opinión pública estructurada, y el rechazo consciente de la política por amplios sectores de la población, desde el catolicismo más intransigente y antiliberal, que había negado legitimidad a la Constitución de 1876, hasta la cultura obrerista de anarquistas y socialistas. La transición que se estaba dando en Europa de una política de minorías a otra de masas había empezado a producirse en España, pero era todavía muy limitada. Persistía una desmovilización política, salpicada de conflictos, sobre cuyas causas los historiadores han dado versiones dispares y muchas veces irreconciliables. Los políticos dinásticos que debían tomar el relevo eran conscientes de que ya no era suficiente la estabilidad política conseguida, sino que había que convertir aquella Monarquía constitucional en una Monarquía parlamentaria y democrática. No se consiguió. Las explicaciones de por qué fue así nos llevarían demasiado.
Los partidos monárquicos debían afrontar su conversión en partidos modernos, movilizadores y de opinión, desplazando el protagonismo de otras instituciones como la Corona y el Ejército, dando entrada a otras fuerzas políticas emergentes. Pero a éstas - republicanos, izquierda obrera, regionalismos y nacionalismos -, correspondía también asumir aquel desafío y la responsabilidad de una incorporación que mantuviera las reglas del orden constitucional.
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No hubo encuentro. Se rompió la alternancia pacífica entre conservadores y liberales y los dos partidos se fragmentaron; las oposiciones cobraron cada vez mayor presencia y algunas se convirtieron en gubernamentales. El bipartidismo inicial del régimen mudó en un pluripartidismo en la práctica. Sin que notables y caciques desaparecieran, la competencia política aumentó y la tolerancia de la opinión pública hacia el fraude electoral disminuyó paralelamente. Se superpusieron problemas (la cuestión catalana, la conflictividad social y el mantenimiento del orden público, el compromiso del protectorado español en Marruecos), cuya solución hubiera requerido el consenso de todos. Y todo esto, lejos de ser interpretado como síntomas de un cambio político, fue entendido como evidencia de la decrepitud e inviabilidad del régimen. A ello contribuyó, sin duda, el discurso político deslegitimador del régimen que no hizo sino crecer desde aquella crisis del 98. Con el 98 habían irrumpido en la escena pública los 'intelectuales' que, en generaciones sucesivas, fueron capaces de combinar el esplendor de la 'edad de plata' de la cultura y de la ciencia en España, con una actitud habitualmente pesimista y radicalmente crítica, no ya respecto a la vida política y el futuro de la Monarquía, sino a la propia capacidad del pueblo español para salir de su letargo. En 1914, José Ortega y Gasset, al anunciar la creación de la 'Liga de Eduación Política', decía hablar en nombre de una generación "que nació a la atención reflexiva en la terrible fecha de 1898, y desde entonces no ha presenciado en torno suyo, no ya un día de gloria ni de plenitud, pero ni siquiera una hora de suficiencia".
No tiene sentido ni consistencia responsabilizar a aquellos intelectuales del fracaso de la Monarquía de la Restauración y, con ello, culparles de haber dado la espalda al pasado liberal y a la propia idea de España como nación que aquel representaba. Más de uno se levantaría de su tumba escandalizado. Pero tampoco cabe negar la importancia que tuvo un discurso descalificador que llegaron a asumir los propios políticos monárquicos. Cuando en 1923 el general Primo de Rivera dio su golpe de Estado y echó la culpa de todos los males a los 'políticos profesionales', halló terreno abonado.
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España en este fin de siglo
El problema fundamental de España en el tránsito del siglo XIX al XX - ha escrito Raymond Carr (véase bibliografía) -, fue un problema político: la búsqueda de un sistema que gozase de legitimidad, de ese largo período de aceptación generalizada que proporciona gobiernos estables. Los diferentes regímenes políticos que se sucedieron - la Monarquía de la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República - fracasaron en su intento de conseguir suficiente lealtad y España "se hundió en cuarenta años de 'cirugía de hierro', los de la dictadura de Franco. El nuevo Estado democrático - escribe Carr refiriéndose al actual - posee una legitimidad que les fue negada a todos los regímenes anteriores. Parece, efectivamente, que hemos consolidado una democracia estable y, no sólo eso, sino que vamos a ganar la carrera europea. Bien es verdad que la Europa a la que llegamos no es aquella de comienzos de siglo, y que los desafíos a los que debe responder en este mundo globalizado son radicalmente distintos, pero no deja de ser significativo que se cumpla en este final de siglo aquella aspiración de 'europeización' que estuvo en la mente de tantos en sus primeras décadas.
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Los estudios sobre la transición española a la democracia han sido muchos; incluso el caso español se ha convertido en 'modelo' de eso que en las ciencias sociales ha dado en llamarse 'transitología', al hilo de la última oleada de democratizaciones que comenzó en los años setenta en el Sur de Europa (Grecia, Portugal, España), saltó a América latina y terminó con el hundimiento del comunismo en la Europa del Este, para convertirse en uno de los fenómenos característicos de este final de siglo.
La transición española fue posible, en parte, porque, a diferencia de lo que ocurrió en sus primeras décadas en este final del siglo XX la democracia parecía ser el único horizonte político imaginable en esta esquina del continente europeo. También porque el desarrollo y la modernización de la economía y la sociedad españolas de los años sesenta y primeros setenta eliminaron algunos de los principales obstáculos con los que tropezó la democracia en los primeros treinta años de siglo. La sociedad española era ya una sociedad industrializada y urbanizada, pero, sobre todo, menos desigual, más educada y con unas abundantes clases medias que aseguraban un colchón de estabilidad y moderación.
Pero la democracia fue sobre todo posible porque estuvo presidida por unas elites políticas que primaron la negociación y el pacto frente al conflicto y las exclusiones, y estuvo sostenida por una cultura política, generalizada en la sociedad española, que empujaba hacia el centro del espectro político. Hoy nos parece que no cabía otra salida.
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La transición - ha escrito Juan J. Linz (véase bibliografía)- parece hoy algo inevitable, pero si nos situáramos en los años sesenta, con los instrumentos de predicción que entonces teníamos, probablemente no pensaríamos lo mismo. La transición seguía siendo, en 1975 y 1976, difícil, problemática y llena de interrogantes. Cuando ahora leemos las memorias y análisis de quienes la protagonizaron y recordamos el hilo cronológico de los acontecimientos, la 'historia' de la transición, tomamos conciencia de lo complicada que fue, del milagroso encaje de muchas soluciones. La carga de legitimidad que la democracia - y Europa como horizonte a alcanzar -, tenían en aquellos momentos, fue el cemento con el que fraguó la construcción del nuevo orden político.
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No solamente se cumplió con la transición sino que, algo más de veinte años más tarde, podemos afirmar que, frente a otros casos dudosos, la democracia española está consolidada, lo cual no quiere decir que esté libre de incertidumbres. Una de las incertidumbres a la que la democracia española debe hacer frente deriva del doble carácter que tuvo la transición de los años setenta. No fue solo una transición desde una dictadura autoritaria a una democracia, sino también la transición de un Estado uniforme y centralista a lo que la Constitución de 1978 llamó un 'Estado de las autonomías'. Y esta segunda transición tiene un alcance tan radical como la primera, porque remite a lealtades e identidades múltiples que pueden afectar a los comportamientos y actitudes democráticas, tanto entre los líderes políticos como entre los ciudadanos; y, además, porque puede llegar a afectar a una de las primeras condiciones para poder hablar de democracia consolidada: la existencia de un Estado.
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En todo ese proceso político, y muy especialmente durante la transición a la democracia, el compromiso del 'nunca más' funcionó de manera satisfactoria. La memoria colectiva de la guerra civil, como ha explicado Paloma Aguilar (véase bibliografía) , estuvo presente en muchas cabezas durante la transición; fijó los límites de lo posible y de lo imposible. Se trataba de evitar todo aquello que en los años treinta precipitó el desastre. Pero no deberíamos dejar que esto nos jugara malas pasadas. El 'nunca más' no debe sepultar el pasado sino, por el contrario, ajustar cuentas con él, hacerlo público y asumirlo sin instrumentalizar la historia para legitimar las propias posiciones frente a las del contrario.
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Quizás este fin de siglo, desde esta democracia por fin consolidada, nos permita asomarnos sin vértigos a nuestra historia reciente, a la historia de estos últimos cien años.
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Bibliografía:
Aguilar Fernández, Paloma: Memoria y olvido de la Guerra Civil española. Madrid, Alianza, 1996.
Carr, Raymond: España: de la Restauración a la democracia, 1875-1980. Barcelona, Ariel, 1983. (La cita en el texto se refiere al prólogo)
Cabrera, Mercedes: La industria, la prensa y la política. Nicolás María de Urgoiti (1869-1951). Madrid, Alianza editorial, 1994.
La patronal ante la II República. Organizaciones y estrategia (1931-1936). Madrid, Siglo XXI, 1983. \nLinz, Juan J.: La transición española en perspectiva comparada, en: Tusell, J.; Soto, A.: Historia de la transición (1975-1986). Madrid, Alianza, 1996.
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Cabrera Calvo-Sotelo,
Mercedes.
Diputada por Madrid.P. Socialista
Nacida el 3 de diciembre de 1951 en Madrid.Casada. Dos hijos. Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Catedrática de la Universidad Complutense de Madrid. Desde el 10 de abril de 2006 es Ministra de Educación y Ciencia.
Negritas: Vetas
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Nota de Reseñas de Vetas
INVITAMOS A NUESTROS LECTORES A ENVIARNOS SU OPINIÓN SOBRE ÉSTE LIBRO, QUE RECOMENDAMOS MUY ESPECIALMENTE. GRACIAS.

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4.11.06

SERGE GRUZINSKI: SENDEROS DE MESTIZAJES




Serge Gruzinski

La mezcla de culturas y los mestizajes resultantes, un fenómeno que crece día a día en todo el mundo, están poniendo en duda nuestras ideas sobre el tema. Pero ¿se trata de fenómenos realmente nuevos? ¿No es cierto que la universalización de la cultura empezó en América, durante el caos que siguió a la conquista, cuando el viejo y el nuevo mundo entraron en contacto? Igualmente, ya en el Renacimiento, la colonización occidental provocó un primer brote de mestizaje que, bajo diferentes formas, prefiguró muchos de los acontecimientos que están teniendo lugar en nuestros días, en el inicio de un nuevo milenio. Serge Gruzinski, en este libro fascinante, empieza analizando el México español --que le proporciona numerosas pistas para su investigación--, define lo que él llama el «pensamiento mestizo» y, en fin, propone una magistral exploración tanto de los «mestizajes de la imagen» como de la «creación mestiza», demostrando que las artes y las culturas no han cesado de mezclarse entre sí a lo largo de los tiempos, más allá de cualquier frontera, desde las sierras de México a la Florencia de los Médicis, de las películas de Peter Greenaway al cine de Hong Kong.

Fuentes diversas





Senderos de mestizajes

Por Elizabeth Burgos
Historiadora y antropóloga venezolana, radicada en Paris



Serge Gruzinski, La Pensée Métisse
Fayard, París, 1999, 345 pp

Con la publicación de La pensée métisse, el historiador francés Serge Gruzinski prosigue su minucioso recorrido a través de la Historia de la América ibérica que comenzó como especialista de México con la publicación de Les Hommes-dieux du Mexique, seguido de La Colonisation de l’imaginaire, y de Le Destin brisé de l’empire aztèque, y, ya incursionando en la Historia de toda América, en colaboración con Carmen Bernand, la monumental Histoire du Nouveau Monde.

Obra que ya forma un corpus y se caracteriza por la originalidad de su aproche, su sutileza de análisis, a lo cual se suma un verdadero talento de escritura.

Gruzinski posee una forma muy personal de indagar en la Historia por su peculiar manera de mirar; para él la imagen es un soporte historiográfico de primer orden. Tal vez el objeto de sus investigaciones lo haya conducido a ello de manera natural puesto que el Nuevo Mundo, desde su debut en la historia occidental es, por excelencia, un espacio productor y receptor de imágenes. Gruzinski considera que la preeminencia de la imagen no es un dato inédito como se pretende hoy, como tampoco, como lo veremos más adelante, la mundialización, que se originó en 1492, cuando, tras el Descubrimiento de América, se instauró el proceso del comercio a escala planetaria, como también el mestizaje a esa misma escala.

La suya es una obra de horizontes amplios. Su propósito es abarcar el conjunto de la desmesura americana restituyéndole la dimensión que le toca en el ámbito de la Historia Universal. Reto que ha sabido enfrentar eludiendo, en primer término, los tópicos que aquejan aun la historia Iberoamericana. Prueba de ello, los dos volúmenes Historia del Nuevo Mundo, realizados en colaboración con Carmen Bernand. Ni idealización de mundos pasados ni leyendas negras, tópicos rebeldes que siguen empañando el esclarecimiento del complejo entramado americano.

Ni desvíos en búsqueda de hallazgos de autenticidades preservadas o perdidas de las culturas indígenas: al contrario, su propósito es develar los sutiles intersticios del proceso de occidentalización iniciado tras el choque de la Conquista.

La pensée métisse viene a ser la culminación de los interrogantes que se ha venido planteando Gruzinski desde sus primeros trabajos. Vale la pena entonces mencionar dos obras anteriores suyas que colindan con el mismo tema.

En La colonisation de l’imaginaire, (1988) Gruzinski retoma el hilo de la historia de la Nueva España interrogándose principalmente acerca de cómo nace, se transforma y perece una cultura. Cómo grupos e individuos logran construir y vivir una relación con lo real en sociedades estremecidas por una dominación exterior sin precedente alguno en la historia de las civilizaciones, dada la singularidad de un continente que permaneció durante milenios sin contacto con el resto del mundo. Ante el alcance de semejante fractura, la misión del historiador es la de preguntarse: ¿qué significó en América la expansión de Occidente? ¿Qué tipo de civilización surgió de ese choque? ¿Cómo se ha ido forjando un pensamiento nuevo? Dinámica, que por lo demás, está lejos de concluir, de allí la pertinencia de continuar horadando esas interrogantes.

En esta obra Gruzinski demuestra que muchas de las tempranas expresiones del mundo indígena producidas tras la conquista, y consideradas como absolutamente autóctonas, contienen una asimilación sutil, una reinterpretación apenas perceptible de occidentalización, y nos recuerda con pertinencia que muchos de los códices “prehispánicos”, fueron elaborados después de la Conquista.

En lugar de detenerse en lo que significó la violencia del choque de la Conquista, Gruzinski va a interesarse en las olas expansivas que éste originó; en la infinita complejidad que significó el contacto con el Occidente, en particular, en las consecuencias que tuvo el paso de la pictografía a la escritura alfabética, una de las “consecuencias mayores de la dominación española”: puesto que en pocos años la nobleza indígena descubría la escritura, que como se sabe “remodela la visión de las cosas”, en particular, la manera de sentar una visión del pasado. Cómo no interrogarse entonces, se pregunta Gruzinski, sobre la evolución de la memoria indígena al ser sometida a tales transformaciones; a la distancia que, irremediablemente, se establece con el pasado ante el grado de asimilación de las nuevas formas de vida. Lejos de morir, concluye Gruzinski, las sociedades indígenas, no cesaron de construir y reconstruir su cultura, de forjarse nuevas identidades, de inventarse nuevas memorias, y a ocupar espacios en el seno de la sociedad colonial.

Su pasión por la imagen - “que puede ser vehículo de todos los poderes y de todas las resistencias” - como soporte historiográfico, queda ilustrada en este pormenorizado análisis entre pictografía y escritura.En su obra posterior, La guerre des images, de Christophe Colomb à “Blade Runner (1492-2019) (1990) la imagen, en tanto que portadora de historia, ocupa todo el espacio de la trama. En ella nos sugiera que la guerra de las imágenes no es nada nuevo, puesto que el icono, desde los albores de la historia, ocupó siempre un lugar preponderante en el pensamiento teológico. No obstante, la imagen ejerció desde el siglo XVI un papel preponderante en el descubrimiento, la conquista y la colonización del Nuevo Mundo, alcanzando características de una guerra de imágenes, lejos de haber concluido.

Desde que Cristóbal Colón puso el pie en América fue cuestión de imagen y América se convirtió desde entonces en un fabuloso laboratorio de imágenes. Desde los cemis, que tanto quehacer dieron al religioso catalán Ramón Pané y a Pedro Martyr de Anglería, a la virgen de Guadalupe, a María Lionza, a Pancho Villa, a Eva Perón, a los barbudos cubanos; América ha sido un constante trasiego de imágenes. Imágenes forjadas e impuestas por los Españoles, imágenes forjadas por los indígenas, negociadas y sintetizadas con las primeras, dando origen al manierismo, luego al barroco; otras, dictando líneas políticas, hasta las que han desembocado en lucrativos negocios como Televisa, O Globo y los culebrones venezolanos. América, de receptora de las imágenes impuestas por Occidente en su empresa de dominación, pasó a ser una de las grandes productoras de imágenes, cumpliendo así con la vocación de la imagen como “instrumento estratégico, cultural y político.”

Si bien en las dos obras mencionadas Gruzinski se apoyó, ante todo, en la imagen iconográfica, en La Pensée métisseel análisis se torna más sutil, más complejo por tratarse de una materia volátil, casi etérea. Deslindar el mecanismo del advenimiento de un tipo de pensamiento, el mestizo, supone incursionar en el ámbito de lo indecible porque lo que subyace, en el fondo, es la puesta en obra de la materia imperceptible que forja el inconsciente, - inconsciente étnico, lo llamó George Devereux. Y como se sabe, el inconsciente es taimado; actúa, dejando poca cabida a explicaciones lógicas. Parecería que el autor ha logrado percibir el sutil mecanismo, el imperceptible vaivén, la oscilación de ese entredós, no siempre asumido, que permite asimilar y transformar las influencias exteriores, y que termina por forjar algo singular, diferente: es decir lo que vendría a ser el pensamiento latinoamericano; ese occidental sin serlo totalmente, ese híbrido, que puede afirmar como Macunaima, el personaje de Mario de Andrade, fuente de inspiración primigenia de Gruzinski en la factura de esta obra: Sou un tupi tangendo um laúde ,“Soy un tupi que toca laúd”. “No es porque el tupi y el laúd pertenecen a historias diferentes que no pueden encontrarse gracias a la pluma de un poeta en un pueblo indígena administrado por jesuitas”, nos dice Gruzinski, para quien la paradoja reside en que “es en el centro de la metamorfosis y de la precariedad que se aloja la verdadera continuidad de las cosas” axioma que configura el espacio americano.

El título de la obra indudablemente sugestivo, pensamiento mestizo, no sólo trasciende la connotación biológica que se le suele dar a ese término, sino que expresa una de las mayores preocupaciones de hoy por estar emparentada con el fenómeno de mayor impacto del fin de siglo: la mundialización.

La obra está dividida en tres partes: 1) Mezcla, caos y occidentalización. 2) Los mestizajes de la imagen. 3) La creación mestiza. El propósito demostrativo de Gruzinski acerca del mestizaje toma impulso en el análisis del fenómeno de la globalización, que según Gruzinski, si se conociera mejor el siglo XVI de la expansión ibérica, nos ahorraría considerarlo como un hecho inédito y reciente; ni tampoco las mezclas, ni los mestizajes tendrían la novedad que se les atribuye. El mestizaje a nivel planetario se inaugura con la globalización económica que debuta con el descubrimiento de América y toma cuerpo en segunda mitad del siglo XVI siglo que fue “por excelencia el siglo ibérico, así como el nuestro es el siglo americano.”

A Gruzinski le interesa más discernir la alquimia que posibilita que culturas disímiles se alíen; como también dilucidar las circunstancias, las condiciones, y las cadencias de estas aproximaciones. Lo que cuenta es el engranaje y no sus componentes; el momento en que se borran los dualismos y no se puede determinar lo prehispánico de lo hispánico. La incursión a través del siglo XVI es una manera para él de abordar el presente, a la vez que la comprensión del Nuevo Mundo, le brinda una vía de acceso para una mejor comprensión de Europa. Así como procedió Aby Warburg, uno de los padres fundadores de la historia del arte, que al descubrir la existencia de una relación secreta entre la “cultura primitiva” de los indígenas y la civilización del Renacimiento, accedió a una clave que le permitió comprender mejor el mundo del Renacimiento.

Un siglo más tarde Serge Gruzinski retoma la encuesta esbozada por Wasburg en su viaje al territorio Hopi de Nuevo México, y se adentra en los mundos amerindios, y en la Italia del Renacimiento en búsqueda de los códigos americanos que en ellos se infiltraron y demostrando el vaivén que existió en la estética entre América y Europa. Se adentra también en el contexto de la mundialización que surge en el siglo XVI y en su relación particular con el mundo contemporáneo. Por último, constata la dificultad actual de “ver”, de percibir los mestizajes, y aún menos, de analizarlos. Según su percepción, el triunfo de la economía global ha generado tipos de fenómenos que enturbian nuestra capacidad de comprensión, un ejemplo de ello es cuando las reivindicaciones identitarias se transforman en verdaderas fortalezas sitiadas que pueden abarcar; desde la defensa de tradiciones locales, hasta manifestaciones sanguinarias de xenofobia y de purificación étnica.

A primera vista las explicaciones acerca de las razones de estas derivas parecen claras: frente a la fragmentación del Estado debilitado por la globalización emergen las reivindicaciones de identidad étnica, regionales o religiosas. Se asocia mestizaje, uniformización y mundialización; el desenfreno de la economía global sería la causa del melting-pot; la difusión de la World Culture constituye una manifestación directa de la globalización y un filón para la industrias culturales de masa; se tiende a oponer mestizajes e identidades; al mestizaje se le considera la extensión - calculada o soportada - de la mundialización en el plano cultural, mientras que la defensa de las identidades se erige como estandarte “contra el nuevo Moloch universal.”

De hecho, nos dice Gruzinski, el marco es mucho más complejo de lo que parece puesto que no todas las reivindicaciones identitarias son una forma de rechazo del nuevo orden mundial; muchas reaccionan ante el desmantelamiento de un orden anterior, de tipo nacional, neocolonial o socialista; numerosos intereses sensibles a la cuestión identitaria no son adversarios del liberalismo triunfante y del imperio americano, se ha demostrado que la voluntad de exaltar y reivindicar a los indígenas puede llenar las cajas de caudales de los productores de Hollywood. Y por último, los tenores de la political correctness y de los cultural studies elaboran su concepción de un mundo rígido encerrado en comunidades herméticas y autoprotegidas, bajo el abrigo de las ciudadelas universitarias del imperio americano.

Opina que la retórica de la diferencia o de la autenticidad cultural se ha convertido en la noción mejor compartida del mundo, y contribuye de manera insidiosa y paradójica a uniformizar discursos que pretenden al contrario, defender especificidades irreductibles.

Para Gruzinski, la mezcla de culturas cubre fenómenos dispares reacios a los encasillamientos. Existen configuraciones que bien puede ser a la vez originadas por la mundialización y por secuelas que se arrastran de tiempos pasados. Son procesos que escapan a las fronteras de lo cultural y plantean interrogantes que se han ignorado, pero que son esenciales, que al respecto, antes que las ciencias sociales, son los artistas y creadores quienes aportan las respuestas más originales y esclarecedoras.

Historia, historia del arte, historia de las ideas, crítica cinematográfica, son los espacios por los que nos guía nuestro autor llevándonos a deambular a través de los frescos renacentistas, inspirados en los Triunfos de Petrarca que decoran la Casa del Deán, el edificio más antiguo de Puebla, no sin antes habernos llevado al cine, (Gruzinski practica el mestizaje en su manera de escribir la historia, se apropia y recrea; y emplea los soportes más variados) puesto que la película de Peter Greenawy, The Pillow Book , - al borrar los confines de Oriente/Occidente, las nociones de exotismo, de centro, de periferia, y de modernidad pierden su nitidez, quedando inhabilitada la noción del “Otro”- servirá al historiador de preámbulo para prepararnos al recorrido en el que nos hará descubrir frescos que datan del siglo XVII en los que se mezclan dos paganismos: el de la antigüedad, imágenes inspiradas de Las Metamorfosis de Ovidio; y el prehispánico, imágenes inspiradas de las “guerras floridas” dirigidas a la captura de prisioneros destinados a los sacrificios humanos; como lo muestran los frescos espectaculares de temática guerrera de la iglesia agustina del pueblo de Ixmiquilpan.

Al bordar el análisis de la expresión escrita, Gruzinski elige los Cantares mejicanos considerados por los investigadores como un vestigio excepcional y sublime de la poesía prehispánica. Haciendo gala de un amplio conocimiento de la poesía castellana, el autor nos demuestra la influencia de ésta en numerosas imágenes y metáforas contenidas en los Cantares. Según Gruzinski, las interpretaciones indígenas como las españolas son el producto de modificaciones y de alteraciones; puesto que ambas son complementarias en vez de contradictorias. No existen límites que determinen las fronteras de los grados de mestizajes: éste actúa por medio de modulaciones, de deslizamientos los cuales ofrecen un sinnúmero de interpretaciones.

Gruzinski, lejos de idealizar o incurrir en retóricas teológicas, considera que los mestizajes no son una panacea, expresan combates que nunca se ganan y están siempre a punto de recomenzar, pero nos ofrecen el privilegio de pertenecer a varios mundos en una sola vida.
En una época en donde la boga de los esencialismos enrarece el pensamiento y se impone como norma, la obra de Gruzinski nos llega como una bocanada de aire fresco.

Serge Gruzinski, Les quatre parties du monde – Histoire d’une mondialisation, Editions de La Martinière, Paris, 2004. 479 pp.ISBN : 2-84675-104-8

Fuente: Ala de cuervo

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Serge Gruzinski es archivista-paleógrafo y doctor en historia. Ha residido en España, Italia y México, donde desarrolló obras relacionadas con la colonización de México y la reacción de los indios ante la conquista española, en particular
-La colonización de lo imaginario, [1988] (FCE, 1991),
-El destino truncado del imperio azteca [1988] (Aguilar, 1992),
-La guerra de las imágenes [1989] (FCE, 1994).
-La mezcla de las formas y de los estilos entre la América precolombina y la Europa renacentista, lo inspiró L’Amérique de la conquête peinte par les Indiens du Méxique (Flammarion, 1991) y
-L’Aigle et la Sibylle (Imprimerie nationale, 1994).

Con Carmen Bernard, amplió sus reflexiones al conjunto del continente americano en el texto De la idolatría [1998] (FCE, 1993) y en los volúmenes de la Historia del Nuevo Mundo [1991-1993] (FCE, 1996-2000). Luego de indagar acerca del destino de la capital de México en La ciudad de México: una historia [1996] (FCE, 2004), desarrolló una investigación sobre las formas y los mecanismos del mestizaje que materializó en el texto El Pensamiento mestizo [1999] (Paidós, 2000).

Desde hace algunos años se ha interesado en la historia del Brasil y del Imperio portugués, hecho que lo llevó a publicar su obra Les Quatres parties du monde (La Martinière, 2004) Actualmente se desempeña como director de investigaciones en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), dirige la Unidad Mixta de Investigación Empires, Sociétés, Nations, renueva anualmente en París su seminario Cultures et sociétés de l’Amérique coloniale, XVIe – XIXe siècle y es director de tesis doctorales en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales

Profesor Serge Gruzinski
Fuente: Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Paris).
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Elisabeht Burgos:
Nacida en Caracas, en el seno de una familia de alcurnia, dejó la comodidades para unirse a los movimientos de izquierda en los años sesenta. En esos avatares conoció a su futuro esposo, el filosofo francés Régis Debray, autor del libro Revolución en la revolución (obra obligada de la insurrección en Latinoamérica) y quien llegó a Venezuela para entrevistar a Douglas Bravo.
Sus avatares por Latinoamérica la llevaron a Colombia, Ecuador, Perú (donde fue detenida, por sus supuestas vinculaciones con movimientos de izquierda) y Chile, donde trabajó de cerca con Salvador Allende. Participó en la famosa Conferencia Tricontinental de La Habana (1966) y recibió, junto a Debray, entrenamiento militar en Cuba. A los pocos años encabezó una campaña internacional que logró la liberación de su esposo, quien fue detenido y condenado en Bolivia a 30 años de cárcel después de –según la versión de Jhon Lee Anderson– delatar la ubicación del Che Guevara. Posteriormente dejó la agitada vida de revolucionaria y se radicó en Francia.
En 1982 lanzó a la fama a una joven indígena guatemalteca con un libro nacido de una entrevista: Me llamo Rigoberta Menchú: así despertó mi consciencia (Siglo XXI - 1982); obra que jugaría un papel fundamental en el Premio Nóbel de la Paz que ganó la centroamericana. Años después repitió el ejercicio con Daniel “Benigno” Alarcón Ramírez, compañero de Castro y el Che Guevara en la Sierra Maestra: Memorias de un soldado cubano (Tusquets – 1997). Hace poco su firma apareció junto a la de Isabel Allende y Costantin Costa-Gravas en un proclama exigiendo a las FARC la liberación de Ingrid Betancourt.

Fuente: El Nacional, Caracas, Venezuela

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