RESEÑAS DE VETAS

Libros recién publicados y textos de interés permanente.

Nombre: pedsarod
Lugar: santo domingo, Dominican Republic

9.6.07

Novedad: "Contra la República Perfecta" de Adolfo García Ortega



Reseña:

"Contra la República Perfecta" de Adolfo García Ortega

Abada Editores, Madrid 2007


ÍNDICE
Contra la República Perfecta 5
Invisibilidades 25
Los tres Tblínn 35
Notas (estructuralistas) sobre Alonso Berruguete
a la manera de Roland Barthes 39
El cuadro chino 45
La taxista mexicana 53
Dos poemas nihilistas 59
Notas para un poema sobre Moscú (1988) 65
Acerca del hecho de estudiar lenguas exóticas 73
Tipología de los diarios 77
Me acuerdo 91
60 notas sobre Bouvard et Pécuchet 101
Mi película favorita 123
Fidelidad / Infidelidad 129
Proust entre los mortales 137
Tanto por olvidar, por recordar 147


ADOLFO GARCÍA ORTEGA
Contra la República Perfecta

Desmitificación de la literatura, espíritu libertario, mosaico de homenajes,
juegos para amantes de los artificios (y artefactos) literarios, ensayos en
estado puro, biografía camuflada de relato, todo esto más alguna sorpresa
inesperada puede encontrarse en Contra la República Perfecta , una especie
de caja portátil de géneros en miniatura. A lo largo de los distintos textos
de este libro, el lector se ve enfrentado a un entretenido mapa para
orientarse por el territorio desacralizado de la escritura, a la vez que se
traza un guiño cómplice a quienes, como el autor, son fanáticos
enamorados de los libros.

Hay muchos ecos de los escritores preferidos de Adolfo García Ortega,
como Georges Perec, Raymond Queneau o Gustave Flaubert. Y también
mucha ironía, como el texto que da título al libro, especie de gran sátira de
la profesión de escritor y de su mundo viciado. Los Diarios como
representación, la vida doméstica de Proust, el análisis detallista de
Bouvard et Pécuchet, el cine de Fritz Lang, la escultura de Berruguete
estudiada como un texto, o el relato sobre un tapiz chino del siglo XI son
algunos de los asuntos tratados en este libro lleno de ecos literarios y
agudas reflexiones de nuestro más genuino escritor postmoderno.

* * *
A DOLFO GARCÍA ORTEGA nació en Valladolid, en 1958, y vive en Madrid
desde 1982. Ha estado vinculado al mundo del libro, la comunicación y la
literatura desde 1980. Actualmente es Adjunto a la Dirección del Área
Editorial de Grupo Planeta. Ha escrito libros en el campo de la poesía, del
ensayo, del relato y, sobre todo, de la novela. Como poeta, destacan sus
libros Fortuna , Las cenizas del paraíso y otros poemas, Travesía y Te
adoro Kafka.
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Ha publicado los libros de relatos Privado paraíso y Un fin
de siglo, género en el que obtuvo el Premio NH de Cuentos 1997 y el
premio UNED de Narración Breve 2004. Sus novelas son Mampaso , Los
días rusos, Café Hugo, Lobo, El comprador de aniversarios (Premio Dulce
Chacón 2004) y Autómata (Premio de la Crítica de Castilla y León 2007).
Algunas de sus novelas se han traducido a varios idiomas. Colabora
habitualmente en el diario El País .
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25.5.07

"Pelando la cebolla" / Gunther Grass


Günter Grass: "Me dejé seducir por el nazismo sin hacer preguntas"


Pelando la cebolla
Günter Grass
Colección: Literaturas
Páginas: 456
Fecha de publicación: 16/5/2007
Género: Novela
Precio: 21.50 €
ISBN: 978-84-204-7140-2
EAN: 9788420471402

«El recuerdo se asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella.»
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Pelando la cebolla es un extraordinario ejercicio de memoria en el que Günter Grass se pregunta sin autocomplacencia y con absoluta sinceridad por los sucesos que marcaron los primeros años de su vida. Desde su niñez en Danzig, su incorporación a la Waffen SS, su trabajo como minero sobre los escombros de aquella Alemania de posguerra, hasta su exilio en París, donde escribirá a lo largo de dos durísimos años El tambor de hojalata.
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Este libro es la narración de una vida intensa y es, a la vez, una honesta confesión en la que Günter Grass plantea cómo el no preguntar supone una forma de compromiso. Las páginas de Pelando la cebolla gozan de una frescura y fuerza genuinas que nos invitan a adentrarnos en la obra de un escritor que ya es uno de los clásicos indiscutidos de la literatura actual.

La crítica ha dicho

«Preciso y auténtico. Describe sin vergüenza, pero lleno de dudas, el surgimiento de un artista, una piel de cebolla tras otra.»
Die Zeit
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«El libro es mucho más y mucho menos que una confesión. Tiene mucho que contar.»
Frankfurter Allgemeine Zeitung
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«Grass ha logrado una obra maestra literaria, temáticamente cautivadora, estilísticamente muy artística y despiadadamente abierta.»
Stuttgarter Zeitung
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«Un cariñoso retrato familiar, una sensacional obra.»
Der Spiegel
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«En Pelando la cebolla hay muchos pasajes que cautivan al lector con una fuerza inconfundible.»
Der Tagesspiegel



http://www.elcultural.es/HTML/20060907/Letras18559.asp

Pelando la cebolla. La mala memoria de Günter Grass
Günter Grass
Beim Haüten der Zwiebwl.
Ed.Steidl, Göttingen, Alemania, 2006.
480 páginas. 24 euros

El autodesignado preceptor moral de la Alemania de posguerra, Günter Grass (1927), confesó en una entrevista al "Frankfurter Allgemeine Zeitung" (12 de agosto) su pertenencia juvenil a la Waffen-SS. La admisión de su pertenencia al temido cuerpo sugiere preguntas que exigen reflexión: ¿por qué Grass silenció durante tanto tiempo un desliz juvenil de tal índole? ¿ocasionará la declaración algún daño al valor de su obra literaria?
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Otra interrogación que deberá despejarse concierne el efecto de la noticia sobre el estatus del escritor literario del siglo XX. La comercialización ya hace tambalearse la figura del autor en su pedestal de artista, los escándalos provocados por hechos silenciados (Louis-Ferdinand Céline, Christa Wolf, Paul de Man, y muchos otros creadores más) quizás exijan también responsabilidades por el daño causado al entorno cultural.
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Parto de que Günter Grass es, en principio, sólo culpable de haber silenciado durante tanto tiempo su comportamiento juvenil, porque no se le pueden pedir responsabilidades al Grass muchacho, perteneciente a una familia pobre de su natal Danzig (la Gdansk polaca actual), ni condenar el deseo de sumarse a un cuerpo de elite relumbrante para luchar por su patria. El valor de una obra proviene de su significado cultural del que el literario es sólo un componente.
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Günter Grass resulta justamente famoso desde la publicación de su novela El tambor de hojalata (1959), y una parte de ese renombre proviene de la perspectiva intelectual del narrador, que incluso le valieron la merecida notabilidad conferida por los premios Príncipe de Asturias y el premio Nobel. A lo largo de su dilatada carrera literaria Grass adquirió un doble renombre como izquierdista insobornable y como escritor. Su posición intelectual reforzó su marca autorial y comercial, permitiéndole una acomodada forma de vida, acorde con una vitalidad gustosa del regalo, con mucha mujer y mesas bien servidas.
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La famosa entrevista adelantaba el contenido de Pelando la cebolla (que en España publicará Alfaguara en unos meses), donde narra sus recuerdos de dos décadas cruciales de su vida, de 1939 a 1959, desde el comienzo de la II guerra mundial hasta la publicación de la mencionada novela El tambor.
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En una frase del tercer capítulo (del que reproducimos algunos fragmentos en estas páginas) confiesa: "Yo me inscribí voluntario en la Waffen-SS" (pág. 75). Toda la primera parte del libro viene dominada por el cuestionamiento de qué le llevó a ofrecerse voluntario, si fue la pobreza, el ambiente familiar, mientras obviaba los hechos evidentes de ver cómo los disidentes, un maestro, por ejemplo, desaparecían de su entorno.
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Resulta realmente curioso el hecho de que Günter Grass confiese el pecado, pero no acepte claramente la culpa. Tampoco parece haberse propuesto contar con detalle el asunto. Todo el recuento es minucioso en los episodios narrados, pero en realidad resulta fragmentario, poco coherente. Está lleno de historias breves, instancias de su vida juvenil, el reclutamiento, el momento en que lo hicieron prisionero, etcétera. Sería una injusticia filtrar el libro entero a través de unas frases o decisiones juveniles, como dije antes, aunque igualmente resultaría inaceptable no sopesar el modo en que se confiesa. El texto refleja sin duda al mejor Grass, dueño de un estilo inimitable, que no es ajeno al humor.
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Conocemos enseguida su antipatía hacia el padre, decidido partidario de Hitler, y del amor por su madre, una amante de la música y católica ardiente, de quien él heredó la disposición hacia el cultivo de las artes. La segunda parte del libro viene dedicada a contar el ascenso del joven a la posición de un artista laureado, cuando publicó El tambor del hojalata. Cuenta a lo largo de sus numerosas páginas infinidad de recuerdos de su vida, los diferentes momentos cuando conoció el éxito como dibujante, como poeta, los diversos amigos, mujeres. Todo ello tiene menos interés que la primera parte, pero nos permite ir reconociendo episodios que vimos antes reflejados en sus novelas. Sí sorprende que en este glorioso hacerse del autor la culpa de la primera parte no aparece.
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La obra está contada por un narrador en tercera persona, y sigue una forma muy concreta, la del pelado de una cebolla, que va desgajando los episodios de su vida. El libro viene ilustrado por una serie de dibujos de una cebolla en diversos estadios del pelado, más los de la portada y contraportada, debidos al autor. Uno tiene la impresión de que Grass necesitaba confesar su secreto, y que lo hace utilizando los mejores recursos de su repertorio literario. Por eso el libro está tan repleto de historias, de recuerdos, no siempre claros y completos, pero siempre contados con una enorme fuerza y precisión verbal.
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Grass se revela otra vez en este libro como un verdadero maestro del arte de contar, el que siempre ha sido. No obstante, al finalizar la lectura sentí que otro muro de Berlín se caía, que la polarización política conseguida por el personaje Grass, al que acompañaron en el viaje tantos otros escritores, se deshacía, y que se venderá también comercialmente, como los trozos del muro. La confesión extraerá su precio, como debe de ser, porque Günter Grass no acaba de aceptar la culpa, apenas comienza a contemplarla.
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Confío que la admisión del hecho le llevará a decir abiertamente: siento haber acosado a tantas gentes. Sí pienso que la cultura europea gana a Grass como autor de carne y hueso, despojado de la bermeja túnica sacerdotal y de la pose de oráculo, a quien escucharemos con placer sus historias de hierros y de felices experiencias humanas.
Germán GULLÓN el cultural/ Madrid
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Citas de Pelando la cebolla


"Queda claro que yo me ofrecí voluntario para el servicio de la Waffen. ¿Cuándo? ¿Por qué?""Vestidos con el uniforme atraíamos las miradas. Poderosos púberes que defendíamos el frente interno, de casa […]. Finalmente nos tomaban en serio". "En los cines del barrio [de Danzing] veía [...] a Alemania rodeada de enemigos, luchando con valor en una guerra a la defensiva, realizando esfuerzos heroicos en las estepas de Rusia. […] Éramos un baluarte contra la marea roja". "La pregunta persiste: ¿me asustó entonces el ver en la oficina de reclutamiento la doble S, que 60 años después todavía me horripila?" "En la piel de la cebolla no encuentro ninguna señal de susto ni de miedo.
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Debí de considerar a la Waffen-SS como una unidad de élite, que entraba en acción cada vez que era necesario abrir un frente. […] Además las Waffen-SS tenían un aire europeo: agrupados en divisiones luchaban juntos franceses, flamencos, [...] en el frente del Este […] para salvarnos de una oleada bolchevique". "Durante mi entrenamiento para el combate con tanques no supe nada de crímenes de guerra […]. Pero mi llamada ignorancia no puede encubrir el hecho de que pertenecí a un cuerpo, un sistema, que planeó y organizó la destrucción de millones de seres humanos.
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Aunque yo mismo no me considerara culpable, siempre queda algo en la conciencia que no se puede limpiar, eso que solemos llamar con frecuencia responsabilidad compartida. Es seguro que tendré que vivir con ello para el resto de mi vida". "Con el paso del tiempo empecé a darme cuenta, aunque todavía dubitativo, de que desconocía o, dicho con mayor precisión, no quería admitir, que yo había estado envuelto en un asunto criminal, cuya carga con los años no se aminoraba ni era posible enterrar en el olvido, y del que todavía sufro."


Günter Grass llora lágrimas propias "Pelando la cebolla"

Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Günter Grass leyó de su libro "Pelando la cebolla" en la Berliner Ensamble.

En la primera lectura pública de su nueva obra, el premio Nóbel alemán pela la cebolla de sus muy dolorosos recuerdos. Una autobiografía entre hechos y ficción en donde no hay fronteras claras, pero sí muchas metáforas.


"¡Pero si yo lo que soy es escritor. Lean mi libro y como lucho en él. Así me pueden entender mejor!", replicó Grass, por estos días, a propósito de su mea culpa sobre el mayor pecado político de su vida.

El literato alemán nacido en Gdansk, hoy en Polonia, trabajó tres años en lo que desde este agosto de 2006 ha salido al público como la primera parte de su tan sensacional como irritable biografía.

Su confesión de que militó en las filas de las tenebrosas SS de las tropas hitlerianas ha causado desde comprensión hasta estupor, en todo el mundo. Pero una cosa es un capítulo en la vida de una persona y otra su obra de toda la vida.

Dos épocas en dos siglos
La autobiografía, en donde a lo largo de sus 479 hojas el laureado escritor recapitula su vida entre 1939 y 1959, reflejada en épocas de dos siglos, es una publicación de la editorial Steidl de Göttingen,

La obra comienza con el joven Grass de 12 años de edad. Un cumpleaños que coincide con un evento que habría de partir la historia mundial en dos: el estallido de la II Segunda Guerra Mundial. Esa historia muy personal empotrada en otra universal termina justamente con la publicación de "El tambor de hojalata", probablemente la médula de su mundo narrativo que en 1959 marcó el comienzo de su carrera profesional.

Cuando no sólo las liliáceas hacen llorar

"Pelando la cebolla" no es un una mera autobiografía, es literatura autobiográfica. Los recuerdos son como una cebolla, dice el mismo autor. Capa tras capa tiene que ser desvelada para llegar a los más profundos interiores de nuestra memoria.

Y como le sucede a todo aquel que pela uno de esos bulbos: las lágrimas no se hacen esperar. Así como escudriñar en la memoria propia puede hacer reflotar dolores de otros tiempos que nunca fueron calmados.

Grass escenifica dos cuadros de su yo: el empírico y el artístico. El uno calla o busca evasivas. El otro, el yo poeta, atrapa por sorpresa al yo reticente a la verdad y le estrega una buena cebolla en las narices. No es por eso coincidencia que cuando Grass habla de soldados, los mencione en tercera persona.

De la dualidad y las luchas del yo

El autor pone en escena un drama moral en el cuál él mismo encarna dos personajes: el del pecador y el del redentor. El uno se defiende y el otro acusa. Esta dualidad le inyecta mucha de la fuerza que posee la última obra de Grass.

Y, en efecto, Grass no oculta, no se oculta. Él no tiene pelos en la lengua ahora como nunca los ha tenido. El Nóbel cree en la fuerza liberadora de su obra literaria. Los frutos de su inspiración deben ser también un catalizador de los recuerdos.

Todos tenemos uno que otro "cadáver en el sótano"

Otros sufren, súbitamente, de una "laguna" en la memoria, como el ex canciller alemán Helmut Kohl, durante uno de los procesos sobre dineros ilegales en su partido cristianodemócrata. Pero mientras los políticos olvidan en una semana los errores que cometieron en la anterior, Grass crea una metáfora en la que él mismo se acusa y se eleva a una instancia en donde levita más allá del bien y el mal.

Pelando la cebolla es en definitiva un drama del recuerdo que adquiere un valor metafórico cuando parece replicarle al lector: ¡Yo también necesité mucho tiempo. Pero por todas las cebollas de este mundo, no me he ocultado nada. Vea como lagrimean mis ojos!
José Ospina Valencia / 2007
Deutsche Welle
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8.5.07

'Historia de España. La época del liberalismo'

Isabel II

Historia de España, VI. La época del liberalismo
Josep Fontana
Crítica/Marcial Pons. Barcelona, 2007.
576 páginas, 33 euros

Dos de las editoriales más prestigiosas en el campo de la historiografía –Crítica y Marcial Pons– se lanzan a la aventura de una nueva Historia de España, poniendo el proyecto en manos de dos reconocidos especialistas, J. Fontana y R. Villares, y contando para la materialización del mismo con el concurso de otros trece reputados profesores.
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Podemos decir que, ya desde la autoría, se pretende conjugar la diversidad de perspectivas con un cierto criterio unitario: se trata de encontrar un camino intermedio entre la obra de un solo autor, ya sea enciclopédica (la clásica de Modesto Lafuente) o sintética (las más recientes de Tusell o Domínguez Ortiz) y la dispersión de ópticas y planteamientos que caracteriza esa empresa monumental que es la Historia de España de Menéndez Pidal, luego continuada por Jover. Es verdad que el susodicho camino intermedio no es una novedad.
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Por citar casos recientes con parecidos propósitos, recordemos la Historia de España Alfaguara que dirigió M. Artola y la posterior Historia de España Labor que estuvo a cargo de Tuñón de Lara. En ambos empeños se pretendía, como en éste, trascender los límites del especialista y llegar al gran público con una obra coherente, sólida, distribuida en varios –no muchos– volúmenes, contando con la garantía de acreditados expertos en las diversas etapas.
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Otra significativa concomitancia es que en todas estas realizaciones se adoptaba una voluntad renovadora y un enfoque modernizador, en un alineamiento explícito con lo que se autodenominaba una visión progresista de la historia de España.
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Entonces, ¿qué sentido tiene esta nueva iniciativa, qué pretende aportar al panorama historiográfico? Para cualquier lector al tanto de las novedades en ésta como en cualquier otra parcela de conocimiento, la respuesta es obvia: la aceleración del tiempo en que vivimos es tan brutal que tres décadas –las que nos separan de los manuales antedichos– constituye tiempo más que suficiente como para sentir la necesidad de una puesta al día.
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Ésa es la justificación más evidente y así se expresa en una escueta Introducción general que parece va a repetirse en todos los volúmenes de la colección, con el obvio fin de que los propósitos motrices sean también conocidos por aquellos lectores que se limiten a una parte de la obra. En esas coordenadas generales se inserta un objetivo más definido: no se persigue tanto establecer un "estado de la cuestión"como ofrecer una visión de conjunto del pasado hispano desde la atalaya del presente. Se concibe este presente con un doble carácter: primero, como instalación en un país "de ordenación política plural en su forma de Estado" y abierto al exterior en todos los ámbitos; en segundo lugar y como consecuencia de ello, la obra resultante debe ser la expresión de "lo que un grupo de historiadores españoles de comienzos del siglo XXI piensa de la sociedad en la que viven, convencidos de que el conocimiento del pasado es herramienta imprescindible para proyectar el propio futuro" (p. XI).
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Aunque es de agradecer esa claridad –no sé si tanta contundencia– es evidente que esa perspectiva conlleva ciertos riesgos, desde lo que suele denominarse presentismo hasta una deriva hacia lo políticamente correcto en el análisis histórico, que ya se insinúa en los párrafos finales de la mencionada introducción. Habrá que esperar a los próximos volúmenes para hacer una estimación global de cómo se ha resuelto el reto de conjugar de esa manera pasado y presente. Por lo pronto, el volumen 6 de la colección, dedicado a La época del liberalismo y firmado por la mano experta de J. Fontana, es un magnífico trabajo de síntesis estructurado con claridad y escrito con pulcritud, al que se le pueden poner pocas pegas.
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Ya desde el prólogo –el específico de este volumen, no el general de la colección– deja el autor claro su propósito: quiere "contribuir a la recuperación de este siglo calumniado y maldito" pero sin caer en maniqueísmos ni en superficialidades, entendiendo por estas últimas la historia epidérmica de pronunciamientos e intrigas cortesanas. Le interesan por el contrario las luchas y frustraciones de esa inmensa mayoría condenada a malvivir sin derechos, esa machadiana "estirpe redentora" sometida a un negro hori- zonte de sudores y ayunos, sin margen alguno de construir su destino en un país dominado por una oligarquía de militares y terratenientes.
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No es extraño por ello que, pese a la antedicha voluntad de reivindicación del siglo maldito, Fontana tienda a utilizar los tonos más negros en la composición del panorama político, económico y social. Empieza por una "Corona en almoneda" para seguir con un país "entre hambrunas y revueltas"; luego, la invasión napoleónica y la guerra, mucho más contradictoria de lo que después se quiso presentar, y la Constitución de 1812, que es sólo un espejismo de libertad. Lo que se abre paso a continuación es el "terror blanco" y, en el mejor de los casos, una inestabilidad permanente. La violencia se hace omnipresente, ejercida desde un poder oscurantista o en forma de enfrentamiento abierto entre facciones (guerras carlistas), mientras que las reformas no sólo no alivian sino que agravan la situación del campesinado.
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Las alternativas políticas se suceden generando al cabo más frustración que logros concretos, incluyendo en este triste balance la más popular de todas ellas, la Gloriosa de 1868, que lleva a una República incapaz de "responder a las expectativas de quienes hubieran podido defenderla". Dos han sido los parámetros desde los que se ha venido trazando la valoración global de este "siglo XIX corto", es decir, de 1808 a 1874: "fracaso" (del liberalismo) y "normalidad" (sobre todo en la evolución socioeconómica, aunque también en el discurrir político), categorías obviamente antitéticas, expresión de perspectivas contrapuestas. Fontana, en desacuerdo con ambas, introduce un concepto alternativo, el de atraso.
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Con este término define un ritmo de avance, el español, que queda muy por debajo de otras naciones del occidente europeo, sea cual sea el objeto de comparación, desde la esperanza de vida a la escolarización, pasando por la mortalidad infantil, la estructura pro-ductiva o el grado de urbanización. Así, en definitiva, la etapa en cuestión queda caracterizada en el balance final por una serie de grandes problemas que no reciben adecuada respuesta de un Estado débil o, como dice Fontana, de unas "clases dominantes" preocupadas tan sólo "de imponer un modelo social". El cuadro que presenta el autor no destaca por el progreso conseguido sino más bien por las ocasiones perdidas: un raquitismo económico –un crecimiento agrario muy limitado, un desarrollo industrial frágil y desordenado que dejaba un país sin articular–, acompañado del gran fiasco nacional de la educación pública –de ahí, a su vez, un "débil proceso de nacionalización"–, y culminado en fin con un juego político falseado y corrupto.
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Una situación, en suma, que podría sintetizarse con una amarga reflexión de un viejo republicano, J. M. Bonilla: "Todo cuanto existe en España es contrario a la existencia de la libertad". Teniendo en cuenta que ésta era la época del liberalismo, la paradoja no puede ser más sangrante.
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7.5.07

"América en la encrucijada" / Francis Fukuyama

Francis Fukuyama
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Traducción de Gabriel Dolls.
Ediciones B. Barcelona, 2007.
237 páginas, 17 euros

La intervención en Iraq ha resultado un fiasco colosal, pero sería un lamentable error deducir de ello que el mundo estaría más seguro si los Estados Unidos de América renunciaran a ejercer una influencia global.
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La política de guerra preventiva de la administración Bush era peligrosa incluso en su formulación teórica, y su aplicación práctica ha sido un desastre; pero la confianza en que los esfuerzos diplomáticos y las resoluciones de la ONU bastarían para garantizar la seguridad global representa una ingenuidad no menos peligrosa.
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Por ello resultan tan oportunos los argumentos que expone Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en América en la encrucijada. Democracia, poder y herencia conservadora, un libro breve pero de gran solidez intelectual, en el que el gran politólogo norteamericano examina el legado del pensamiento neoconservador, analiza los errores de la administración Bush en Iraq, y propone unas bases sobre las que los Estados Unidos podrían construir una política exterior más eficaz y más aceptable para la comunidad internacional.
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Fukuyama, que en la actualidad pertenece al Consejo Presidencial sobre la Bioética y es catedrático Bernard L. Schwartz de Economía Política Internacional en la School of Advanced International Studies, de la Universidad Johns Hopkins en Washington, insiste en que se ha exagerado la influencia de los intelectuales neoconservadores sobre la administración Bush, puesto que ni Richard Cheney ni Donald Rumsfeld, los grandes impulsores de la guerra contra Iraq, eran conocidos por su afinidad con aquéllos, pero admite que la definición de la política neoconservadora que realizaron en los años noventa William Kristol y Robert Kagan encaja muy bien con los argumentos utilizados por George W. Bush para justificar su política exterior.
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El pensamiento neoconservador, que tiene tras de sí una historia de más de medio siglo, no representa un bloque monolítico, pero Francis Fukuyama cree que su legado se puede resumir en cuatro puntos: la convicción de que la política exterior no puede ignorar la orientación política de los distintos estados, ni su actitud ante la democracia y los derechos humanos; la confianza de que el poder de los Estados Unidos puede utilizarse con fines moralmente elevados; su escepticismo respecto al derecho internacional y las instituciones internacionales; y en el plano de la política interior, su desconfianza hacia los proyectos ambiciosos de ingenieria social, incluidos bastantes aspectos del Estado del bienestar.
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Es decir que el neoconservadurismo combina el idealismo democrático, que se suele asociar al legado del presidente Wilson con una propensión al uso de la fuerza por parte de los Estados Unidos, en la confianza de que América puede defender los valores más elevados mejor que la ONU o cualquier otra institución internacional. Sólo desde esa perspectiva se puede comprender que Bush invocara la democratización de Iraq como una justificación de su intervención bélica. La decisión de invadir Iraq se basó sin embargo en tres errores, según Fukuyama.
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En primer lugar, la administración Bush tergiversó la naturaleza y la gravedad de la amenaza que representaba el terrorismo de Al Qaeda, al suponer, sin pruebas, que Saddam Hussein le podría proporcionar armas de destrucción masiva.
En segundo lugar, no fue capaz de prever la reacción global antiamericana que iba a desencadenar su intervención en Iraq. Y en tercer lugar, infravaloró las dificultades que implicaría la pacificación y democratización de aquel país, un aspecto en el que contravino el tradicional escepticismo neoconservador respecto a los experimentos de ingeniería social, entre los que se encuentra sin duda el intento de transformar toda la estructura y la cultura política de un país.
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Es más, la administración Bush ni siquiera previó que la transformación de Iraq fuera a representar un problema, sino que confió en que los iraquíes se mostrarían agradecidos hacia una intervención que les libraba de la tiranía y procederían a construir un sistema democrático con la misma facilidad con que Polonia, Checoslovaquia o Hungría lo habían hecho tras la caí-da del comunismo. Por el contrario, Fukuyama opina que lo ocurrido en la mayor parte de la Europa excomunista representó un fenómeno excepcional, con cuya repetición en otras latitudes no es prudente contar.
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En términos generales, la guerra preventiva le parece a Fukuyama un planteamiento peligroso, en la medida que su buen uso exige una infrecuente capacidad de prever el futuro. De hecho, no parece nada probable que la administración Bush vaya a recurrir a la guerra frente a los dos miembros restantes del "eje del mal", es decir Irán y Corea del Norte, cuyos inquietantes proyectos nucleares deberán ser controlados de otra manera.
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En cuanto a la retórica de la "guerra contra el terror", Fukuyama es partidario de olvidarla, porque el terrorismo yihadista sólo tiene el apoyo de una minoría de musulmanes, bastantes de ellos jóvenes alienados residentes en Europa occidental, y constituye por tanto una amenaza insurgente que no puede combatirse sólo por medios militares. Y la democratización del mundo árabe es sin duda deseable en sí misma, pero a corto plazo no es de esperar que conduzca a una desaparición del terrorismo, ni mucho menos al triunfo de los valores que defiende Occidente; por el contrario es fácil que inicialmente favoreciera a los islamistas.
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Sobre todo, insiste Fukuyama, hay que tener presente que el impulso fundamental para la democratización vendrá siempre del interior de los países, no de la influencia exterior. En resumen, estamos ante un libro de gran interés, bien servido por una cuidada traducción y un útil índice temático.
AVILÉS, Juan
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¿Es usted un "wilsoniano realista"? Al igual que le ocurrió a monsieur Jourdan, quien hablaba en prosa sin saberlo, es probable que algún lector de América en la encrucijada descubra que es un "wilsoniano realista", expresión con la que Fukuyama describe su propia visión de cómo debería ser la política exterior de su país.
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Una visión que tiene puntos en común con otras escuelas de pensamiento sobre relaciones internacionales, pero que se diferencia de todas ellas. Coincide con la principal corriente del neoconservadurismo en que se debe tener en cuenta la naturaleza de los regímenes que compiten en la escena internacional, pero tiene mucha menos confianza en el empleo de la fuerza americana sin más apoyo que la que le ofrezca en cada caso una "coalición de los dispuestos".
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Coincide con los realistas de la escuela de Kissinger en la conciencia de los límites de lo que es posible lograr, pero no cree como ellos en que las relaciones internacionales sean un simple juego de poder en el que no habría que prestar atención a principios morales. Admite con los liberales internacionalistas que las instituciones internacionales son útiles y que Estados Unidos debe tener en cuenta la opinión mundial, pero no confía en que la seguridad del mundo pudiera quedar garantizada por una ONU reformada ni por las normas del derecho internacional.
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Fukuyama cuenta con que los Estados seguirán protagonizando la escena, pero cree que aumentará el papel de todo tipo de instituciones internacionales, desde las intergubernamentales hasta las surgidas de la iniciativa privada (como la ICANN, que desde California regula los dominios de alto nivel en internet).
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Piensa que la OTAN puede seguir jugando un papel importante, pero que para la promoción de la democracia en el mundo sería conveniente dar vida a una anémica institución fundada en Varsovia en el año 2000 y prácticamente desconocida, la Comunidad de Democracias. Y cree que en muchos terrenos el instrumento de influencia internacional más eficaz con que cuentan los Estados Unidos es el llamado poder blando, es decir la atracción que ejercen la cultura y los valores americanos.
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18.3.07

El libro negro del colonialismo: Marc Ferro



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SINOPSIS:
El siglo XXI se ha despertado con el renacimiento del terror. Las guerras de Afganistán y de Irak, las luchas étnicas en el continente africano, la situación en Oriente Próximo y distintas manifestaciones del terrorismo internacional revitalizan el fenómeno del colonialismo, ese lado oscuro de la colonización, y señalan la necesidad de realizar un balance de su historia.
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Alrededor del Marc Ferro –director de estudios en L’Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales–, un equipo de historiadores (Thomas Beaufils / Yves Bénot / Carmen Bernand / Pierre Brocheux / Catherine Coquery-Vidrovitch / Pascale Cornuel / Sylvie Ballet / Alastair Davidson / Marie Fourcade / Arlette Gautier / Leslie Manigat / Elikia M’Bokolo / Marcel Merle / Claire Mouradian / Pap Ndiaye / Jacques Poloni-Simard / Jaques Pouchepadass / Alain rucio / Pierre-François Souyri / Mariella Villasante Cervello / Nadja Vuckovic) describen las páginas más sangrientas, los excesos y los crímenes, pero también los discursos que legitimaron la empresa colonial.
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Las conquistas y después las luchas por la independencia han constituido, sin duda, los episodios más traumáticos de la colonización mundial, que tuvieron como consecuencia tanto el exterminio de pueblos enteros y el agotamiento de sus recursos naturales como las guerras de liberación; pero la colonización supuso además la trata de esclavos, es decir, la deportación de entre diez y catorce millones de personas al Nuevo Mundo; y una vez abolida la esclavitud, las terribles condiciones de vida y de trabajo para gran parte de la humanidad.
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Una explotación económica que el industrial siglo XIX aceleró y sistematizó. A lo largo de todo este proceso, las naciones conquistadoras defendieron una ideología que, lejos de ocultar los excesos cometidos, como nos gusta creer hoy, se afanaba en justificarlos.


También descubrimos que la violencia de la colonización no emanó sólo de Occidente y que existieron en el mundo otomano y en el árabe; que bajo el vocablo de «expansión territorial», Rusia y posteriormente Japón organizaron un sistema de explotación o de negación de la identidad nacional; y que el racismo que ha acompañado y sostenido los excesos del colonialismo ha podido contagiar además a los pueblos colonizados.

En conclusión, el colonialismo no ha dejado únicamente heridas muy difíciles de cicatrizar (como en el caso de Vietnam, Indochina y Haití, o de dos naciones enemigas, como India y Pakistán), sino que se perpetúa en el siglo XXI bajo otras formas que "El libro negro del colonialismo" pone en evidencia.
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ACOGIDA DEL LIBRO / COMENTARIOS:
"Provechosa lectura". Manuel Lucena Giraldo, "ABC".
"Minuciosa obra". Ángel Vivas, "El Mundo".
"Se ha conseguido un libro tan voluminoso como ágil. Los autores no incurren en la mera narración blindada de fechas o estadísticas, pero tampoco faltan datos y el aparato bibliográfico busca no vencer por aplastamiento".

Miguel Bayón, "El País".
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PERFIL:
Marc Ferro, París (1924), es director de estudios en L'Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales. Especialista en la revolución rusa y de la URSS y en historia del cine, es autor de "La Révolution de 1917" (1967), "La Grande Guerre, 1914-1918" (1968), "Cinéma et histoire" (1976), "L'Occident devant la révolution soviétique" (1980), "Suez" (1981), "Comment on raconte l'histoire aux enfants à travers le monde" (1983), "L'histoire sous surveillance: science et conscience de l'histoire" (1985), "Pétain" (1987), "Les origines de la Perestroïka" (1990), "Questions sur la Deuxième Guerre Mondiale" (1993), "Histoire des colonisations, des conquêtes aux indépendances (XIIIe-XXe siècle)" (1994), "L'internationale" (1996); "Les sociétés malades du progrès" (1999), "Que transmettre à nos enfants" (con Philippe Jammet, 2000), "Les Tabous de l'histoire" (2002), "Histoire de France" (2003), "Le choc de l'Islam" (2003), "Le cinéma, une vision de l'histoire" (2003) y "Les individus face aux crises du XXe siècle" (2005). De sus libros, se han traducido al castellano "Cine e historia" (1980), "Nicolás II" (1993), "Historia contemporánea y cine" (1995), "La Gran Guerra 1914-1918" (1998), "Historia de Francia" (2003) y "El conflicto del Islam" (2004).

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Marc Ferro

"El libro negro del colonialismo"

Dirigido por Marc Ferro

Traducción de Carlo Caranci.
La esfera de los libros, 2005-
1051 páginas, 19'95 euros

La historia de la expansión colonial europea contiene muchos episodios de abusos y atrocidades, algunos bien conocidos y otros olvidados. Una docena de estudiosos, en su mayoría franceses, han recopilado buena parte de ellos en El libro del negro del colonialismo. Su lectura recuerda todo el mal que se hizo en nombre de la civilización.

El título del libro lo dice todo: no se trata de presentar un balance del legado colonial sino de evocar el lado más oscuro de la colonización, aunque la historia de ésta no se pueda reducir, como reconoce en el prólogo Marc Ferro, a la de sus fechorías. Desde el exterminio de los habitantes de las Antillas en las décadas que siguieron a la llegada de Colón, a los horrores del Congo colonial sometido a una feroz explotación bajo el dominio privado de Leopoldo II de Bélgica, pasando por la trata de esclavos, los autores van desentrañando toda una serie de atrocidades lamentables, la mayor parte de ellas perpetradas por europeos. Se echa a faltar sin embargo un capítulo general sobre la naturaleza del fenómeno estudiado, que en realidad ni siquiera queda definido.

¿Debemos entender por colonialismo toda forma de sometimiento de un territorio por la fuerza? En ese caso, el libro debía haber comenzado con Menes, el legendario unificador del alto y el bajo Egipto, que seguramente no logró esa unión mediante un referéndum, o con Sargón de Acad, fundador del primer imperio conocido en Mesopotamia. Pero nada de eso se menciona, pues el libro comienza con Colón. Ello es legítimo, pero se debería haber recordado que, antes de que Colón llegara a América, el mundo había conocido ya innumerables casos de sometimiento y de exterminio de unos pueblos por otros. Como suele ocurrir en los libros colectivos, la calidad de los distintos capítulos varía mucho.


El exterminio de los indígenas de las Antillas, por ejemplo, está en general bien narrado, pero repite el desacreditado tópico de que la Española tenía más de un millón de habitantes en 1492, cuando diversos investigadores –como recuerda oportunamente el traductor en una nota– han realizado estimaciones más verosímiles, incluso de tan sólo 40.000 personas. Esto no afecta a la responsabilidad moral de los colonos españoles, enérgicamente denunciados ya en su día por Bartolomé de las Casas, pero ayuda a entender por qué la combinación del abuso colonial y las nuevas enfermedades infecciosas llevó a tan dramático resultado.


Lo más terrible es que episodios semejantes siguieron repitiéndose hasta la etapa final del colonialismo. El libro recuerda, por ejemplo el caso de los hereros de África del Sudoeste, masivamente exterminados por los ocupantes alemanes tras su rebelión de 1904, en el que probablemente fue el primer genocidio del siglo XX. Particular interés tiene el último capítulo, en el que se analizan las demandas de reparaciones por parte de los antiguos colonizados.


Salvo en casos excepcionales, la reparación legal acompañada de indemnización resulta inviable, pero la reparación moral resulta obligada y exige la difusión, en las escuelas y los medios de comunicación, de los horrores que acompañaron a la expansión europea. Esto último no implica negar que en algunos aspectos la expansión europea ha tenido también consecuencias a largo plazo favorables para las gentes de otros continentes, aunque este libro de denuncia no sea el marco adecuado para analizarlas. Su cometido es otro y lo cumple bien.
Juan AVILÉS/ El Cultural

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Entrevista a Marc Ferro


Por Emilia Lanzas


"Hay una conexión clara y directa entre colonialismo y terrorismo"


Marc Ferro es director de estudios de L'École des Hautes Études en Sciences Sociales, especialista en la Revolución rusa, en la URSS y en la historia del cine, es autor, entre otros ensayos, de L'internationale, Pétain, Les origines de la Perestroika, Questions sur la Deuxième Guerre Mondiale… Han sido traducidos al castellano sus libros: Cine e Historia, Nicolás II, Historia contemporánea y cine, La Gran Guerra 1914-1918, Historia de Francia y El conflicto del Islam.
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Acaba de publicar en la editorial Esfera de los Libros, El libro Negro del Colonialismo, siglos XVI al XXI: del extermino al arrepentimiento, un voluminoso estudio que Ferro ha dirigido, y en el que participan numerosos historiadores que hacen un amplio recorrido de las consecuencias de la colonización –o más exactamente de su reverso funesto: el colonialismo; un colonialismo que comenzó en el siglo XVI con el exterminio de gran parte de las poblaciones del Caribe y América del Norte, y que continuó con Australia, África…- y de sus consecuencias que aún hoy padecemos con hechos como las guerras de Afganistán e Irak, las luchas étnicas en África, las acciones terroristas del islamismo radical y los movimientos reivindicativos en Francia.

En el prólogo del libro relacionas el terrorismo islamista con los reflujos del colonialismo. ¿Dónde está la conexión?

Antes, tradicionalmente, se nacionalizaba la historia de la colonización. Para los occidentales se veía la colonización de España en Marruecos, de Francia en Argelia, de Rusia en el Cáucaso, de Inglaterra en Egipto… En el mundo islámico, sin embargo, sólo ha habido una colonización que les ha venido por todos lados: Del norte por parte de los rusos, por el oeste de España, por el sur los franceses… De esta forma, los que antes eran esclavos del Islam se han convertido en los amos, y los árabes cayeron en manos de las potencias occidentales. Los árabes se cuestionan cómo han podido convertirse en esclavos de aquellos que fueron sus esclavos. La tortilla se dio la vuelta de una forma brusca, y surgió el resentimiento.
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A finales del siglo XIX, el mundo islámico comenzó a buscar soluciones. La primera fue volver al Islam tradicional, al Islam conquistador; pero esta solución no pudo funcionar. La segunda consistió en imitar a Occidente, crear Estados-Naciones, de ahí surgió la lucha por la independencia. La tercera fue la Revolución islámica que comenzó con Jomeini; pero él no era árabe sino persa, y no tuvo el apoyo de todo el mundo islámico. La cuarta, en la que estamos inmersos, ha sido islamizar la modernidad, que es lo que intenta hacer ahora Bin Laden. Por lo tanto, el islamismo actual es el heredero del colonialismo.

De hecho, el terrorismo en España procede de Marruecos, el terrorismo inglés de Pakistán y el francés –que desde hace diez años está durmiente- procedía de Argelia. Por lo tanto, hay una conexión clara y directa entre colonialismo y terrorismo.
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Y los pasados levantamientos reivindicativos en Francia, ¿también son el precio del colonialismo?

Los que cometen los incendios y salen a protestar a la calle no son sólo musulmanes, hay muchos franceses con ellos. Es un movimiento social. Es una movilización que está fuertemente unida a los barrios. Lo que ha ocurrido en Francia es el resultado del paro y la crisis económica y también un claro fracaso de la integración de los inmigrantes africanos, principalmente. Los que protestan son los excluidos de la sociedad, ya sean blancos, negros, árabes… No sólo queman coches, el gran fracaso social es que estén quemando escuelas, ¿por qué? Porque la educación no les ha proporcionado salidas laborales.

Curiosamente, y esto es un inciso que habría que estudiar, los vietnamitas y los camboyanos, no sé sabe muy bien por qué, están plenamente integrados en la sociedad francesa.

Habría también que puntualizar que los árabes, que se suponen que son musulmanes, van mucho menos a las mezquitas de lo que van los franceses a las iglesias. Pero, como somos una sociedad solidaria, les construimos mezquitas, con lo cual favorecemos la aparición de musulmanes extremistas. La política francesa les quiere convertir en más musulmanes de lo que en realidad son.

Repito: En Francia la integración ha sido un fracaso. Y los jóvenes inmigrantes están realmente enfadados, como muchos jóvenes franceses, porque no pueden acceder a un puesto de trabajo; porque están desocializados, desclasados, no poseen ningún tipo de compromiso con la sociedad. También existe otra cuestión: en estas clases bajas, la diferencia de lo que les aporta el subsidio de desempleo y los sueldos, que se acercan al salario mínimo, es tan pequeña que optan por no trabajar.

¿Qué semejanzas existen entre la colonización y el imperialismo, según Lenin, el estadio supremo del capitalismo?


La colonización fue un movimiento reducido que gestionó la nobleza, ayudada por las monarquías, y que se movía por envío de grupos de personas, como un movimiento exterior que no afectaba a la metrópoli. Con el imperialismo, en cambio, la nación se convierte en el sostén. De hecho puede existir sin colonias. Como ocurre con los norteamericanos en el Caribe. Son, se podría decir, colonias sin bandera. No están presentes, pero se encuentran en los medios financieros, en el poder… Si bien, en Estados Unidos se ha producido un cambio, en Irak el Ejército apareció enarbolando su bandera, lo que no había hecho hasta ahora.

Lo que Schumpeter supo ver a principios del siglo XX es que se produce imperialismo cuando un Estado manifiesta una disposición a expandirse por la fuerza, sin límite alguno.Hoy, lo predominante, es el imperialismo de las multinacionales.

En la historia colonialista, ¿qué peso han tenido las religiones, las necesidades económicas o las ambiciones políticas?


Depende de las épocas. Pero, desde mi punto de vista, en un principio, los motivos religiosos fueron tan fuertes como los económicos y los políticos. Por ejemplo, Colón le explica a la reina Isabel que el dinero que consiga de sus conquistas servirá para recuperar Jerusalén, ésa era su obsesión, ligada a un mesianismo criptojudío. Hoy, esto suena a ilusión porque nuestra visión es exclusivamente economicista, pero en el siglo XVI las cosas eran bien distintas. No hay una balanza exacta para sopesar los motivos. Cuando Francia fue a Indochina, aunque sin duda existían intereses económicos, la principal razón era la de adquirir prestigio, un motivo exclusivamente imperialista. La Marina francesa quería estar al mismo nivel que la inglesa. Las rutas comerciales surgieron más adelante…
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En Canadá, en el siglo XVII, los franceses querían ocupar el territorio para arrebatárselo a los protestantes. Por su lado, el establecimiento de colonos rusos en Siberia es impulsado por los zares para multiplicar el número de contribuyentes y, en el caso de Inglaterra, ya desde la época de Humphrey Gilbert, en el siglo XVI, la finalidad principal era crear bases navales para el comercio y tierras para los colonos protestantes.

Se ha querido justificar el colonialismo en la supremacía de la raza blanca y de la cultura occidental. ¿Piensa que esta idea sigue imperante?

Uno de los rasgos estructurales del colonialismo fueron las actitudes racistas fundamentadas en una afirmación de desigualdad: existen razas no aptas para el progreso, por eso es mejor que desaparezcan. La trata de negros procede ya de los romanos y antes que ellos, de los fenicios y los cartagineses, pero los prejuicios aumentaron con la trata árabe en la Edad Media. En la gran época de los imperios islámicos, que comienza en el siglo X, millones de esclavos negros fueron llevados al mediterráneo y al océano Índico. La violencia de la colonización existió en el mundo otomano y en el árabe. No todo lo malo proviene de Occidente…

Hoy en día, sin embargo, el racismo interior dentro de cada uno de los Estados, es más fuerte que el racismo exterior. En Japón, por ejemplo, hay una clara actitud anti-coreana muy arraigada.

En cambio, en América del Sur, el racismo continúa siendo un motor político muy poderoso. Tal vez porque, en su independencia, hubo tres períodos: en primer lugar, el levantamiento de los colonos, en 1825, que pertenecían a la Corona; en segundo lugar, la emancipación de los criollos que ocuparon el gobierno y, sólo desde hace cinco años, la intervención de los indios en la vida política; tal y como está ocurriendo en Perú, en Ecuador, en Bolivia. La revuelta de los indígenas se está produciendo ahora; la independencia partió de los propios colonos españoles.

En la mayoría de los colonialismos se produjo un exterminio de la población autóctona. El libro se subtitula "del extermino al arrepentimiento". ¿Pero no parece que lo haya habido en casos como Australia, Estados Unidos y en España en donde aún hoy seguimos conmemorando el Descubrimiento?

El arrepentimiento no es total, pero sí se vislumbran visos, al menos. En Australia, por ejemplo, algunas personas se enorgullecen de sus ancestros aborígenes, igual que en Estados Unidos. Es un primer paso que, aunque no sea social es, al menos moral. Está claro que los norteamericanos están muy lejos del arrepentimiento en el caso de los indios. Al igual que, se les "olvida", que conquistaron tres Estados de Méjico en 1848: California, Nuevo Méjico y Arizona.
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Alguna vez se lo he mencionado y se escandalizan. Sin embargo, los mejicanos lo tienen bien presente, como el exterminio de indios por parte de los españoles. En Francia existe ahora ese arrepentimiento porque domina la ideología de los Derechos del Hombre y no tanto la de Estado-Nación. Los crímenes y los abusos siempre se justificaban por el bien de las colonias. En Francia, los manuales escolares de los dos primeros tercios del siglo XX contaban aún con entusiasmo cómo Bugeaud y Saint-Arnaud incendiaban los aduares en tiempos de la conquista de Argelia. Pero si el hecho de denunciar estos abusos ponía en entredicho la labor de Francia, entonces se negaba su existencia: mi gobierno se puede equivocar, mi país nunca.

África es el continente en el que confluyen todas las potencias colonizadoras. Es un continente totalmente esquilmado.

Cuando comenzó la independencia de la mayoría de los países africanos, años 60/70, hubo una idea predominante en los movimientos independentistas: que Europa había realizado un auténtico pillaje de sus recursos naturales. Eso era cierto, sin duda, pero una vez que consiguieron recuperar su libertad, la mayoría de la población abandonó sus monocultivos, sus pequeños ganados para explotar grandes plantaciones de café, algodón, etc.; con vistas a la exportación. Sin embargo, con la mundialización los productos de las materias primas rebajaron enormemente su precio, y se quedaron sin recursos para vivir. Entonces comenzaron los grandes flujos migratorios del campo a las ciudades. Ciudades que crecieron sin infraestructuras, sin servicios, sin trabajo… Esto les llevó a la emigración. La solución es que los países africanos desarrollen una producción interior que permita vivir a su población, tal como ha ocurrido en Mali. La solución no son las ayudas externas, porque éstas suelen caer en manos de sus dirigentes, la mayoría corruptos.

Incluso existen opiniones que defienden que a las colonias les fue mejor como tal que como naciones libres.


Es cierto que tanto ingleses, como franceses, holandeses… mejoraron enormemente las infraestructuras de sus colonias (Nehru escribió que uno de los rasgos más notables de la dominación inglesa en la India es que los mayores males que ésta ha infligido al pueblo indio presentan exteriormente la apariencia de dones del cielo: vías férreas, telégrafo…), pero sólo porque les beneficiaban a los colonizadores. También es cierto que al lograr la independencia, muchos países han bajado el nivel de servicios y demás, pero esos países deseaban la libertad, era lo que les importaba, no ser más o menos prósperos. No querían seguir siendo dominados. Corea, Singapur, Taiwan, India, Arabia Saudí y otros países han sabido aprovechar, desde el punto de vista económico, su independencia.

Todavía existe la esclavitud, pero no parece preocupar ni a los Gobiernos ni a los Organismos Internacionales.


Sí, la esclavitud existe aunque hace ya cien años que se abolió oficialmente. En 1962, Mauritania la declaró ilegal, pero ahí continúa. Sigue habiendo tráfico de personas.También continúa existiendo el colonialismo. No sólo en África negra, en donde, como antes he dicho, hay un colonialismo sin colonos, sino también en Europa y América. Por ejemplo, en París los que hacen los trabajos más duros son los mismos que en su día hacían los trabajos más duros en África. El colonialismo ha sobrevivido en las metrópolis.
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«El islamismo extremo viene de la afrenta sufrida por el mundo árabe»

El prestigioso historiador Marc Ferro presenta el ambicioso estudio 'El libro negro del colonialismo'


ANGEL VIVAS
MADRID.-
Tiene 81 años estupendamente llevados y pertenece al selecto grupo de historiadores franceses aglutinados en torno a la mítica revista Annales. De hecho, la dirigió a partir de 1970, junto con Jacques le Goff y Le Roi Ladurie, nombrados todos por el gran Fernand Braudel. Plenamente activo a la edad en que otros se dedican a la petanca, Marc Ferro nos dio hace pocos años una Historia de Francia (Cátedra) y ahora presenta El libro negro del colonialismo (La Esfera de los Libros), minuciosa obra colectiva que él ha dirigido. El subtítulo es revelador: Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento.

Habla con entusiasmo de su trabajo, o, como dijo Gil de Biedma, con la pasión que da el conocimiento. Lo primero, una precisión: el colonialismo es el lado oscuro de la colonización. Esta puede tener aspectos positivos; el colonialismo, no. Y para que nadie se llame a engaño, las primeras páginas del libro analiza tres exterminios, el de los indios del Caribe, el de los de América del Norte y el de los aborígenes australianos. Luego sigue con la trata de esclavos y los trabajos forzados. «Además, si lo hubiéramos titulado el libro rosa del colonialismo, usted no estaría aquí», dice Ferro con humor.

Más negro que rosa, el volumen, de más de mil páginas, da voz a los colonizados, trata el anticolonialismo y toca otros temas menos siniestros de la cuestión. Es una suerte de enciclopedia, un todo lo que usted siempre quiso saber sobre el colonialismo en el que están también las diferencias entre unos colonialismos y otros. «Por ejemplo, en Argelia había muchos médicos franceses y muy pocos médicos árabes. Sin embargo, los ingleses en la India, dada la gran cantidad de habitantes, sólo se ocupaban de ellos mismos y de los indios que trabajaban junto a ellos, para evitar que les contagiaran enfermedades. Hacia 1900-30, formaron a muchos médicos indios que luego pasaron a Inglaterra».

En el libro, como dice Ferro, se nacionaliza la colonización, se ve por países. Esa, sin embargo, no es la visión de los colonizados.Aparte de la diferencia terminológica (los colonizadores hablan de colonización; los colonizados, de colonialismo), estos últimos perciben el fenómeno de un modo global, se sintieron enjaulados y reaccionaron sin hacer distingos.

El caso de los árabes es claro, y eso nos lleva a un tema de actualidad. «Los árabes se preguntaron si no habían sido capaces de defenderse, y se dieron varias respuestas. La primera fue volver a encontrarse con las raíces del islam, cuando eran ellos los que dominaban a Occidente.

La segunda respuesta, crear Estados como los europeos; fue la respuesta nacionalista. La tercera fue la revolución islámica, de la que el mejor ejemplo fue Irán. Al fracasar todas, se plantean no modernizar el islam sino islamizar la modernidad. El islamismo extremo es el resultado de la afrenta que sufrió el mundo árabe».

Estamos en un terreno peligroso. Pero Marc Ferro es claro: no hay la menor justificación, explicar no es justificar. «El islamismo puede ser pacífico, pero también está claro que el islamismo radical está muy vinculado a sus antiguas metrópolis. En España, vienen de Marruecos; en el Reino Unido, de Pakistán; en Francia, de Argelia». Por otra parte, Ferro coincide con una opinión que va ganando terreno: no hay choque de civilizaciones, el choque es interno a las civilizaciones.

Si hay una cuestión ligada al colonialismo es la del racismo.¿Es éste una premisa de aquél? El historiador matiza. «En realidad, la colonización ha desarrollado el racismo. Se era menos racista en el siglo XVI que después. Eso se ve bien en la América española, donde había mucho mestizaje. En la India pasaba algo parecido; en el siglo XVIII, muchos oficiales ingleses se casaban con indias; luego, esos matrimonios se prohibieron y las indias pasaron a ser amantes. Luego desaparecieron también como amantes».

«El racismo fue creciendo», constata Marc Ferro. «Aunque recientemente ha disminuido. En Francia hay más matrimonios, proporcionalmente, con marroquíes que con portugueses. Y esto es aún más claro con los vietnamitas, que están totalmente integrados».

Otro caso que matiza mucho una visión simplista del colonialismo es el de las colonias españolas. «La independencia no se debió a los indígenas, sino a los criollos. No fue la independencia de las colonias, sino de los colonos; y los indios fueron aliados de la corona española contra los independentistas en los años 20 del siglo XIX», precisa el historiador.

Especialista en cine, es difícil no preguntarle a Marc Ferro por las películas coloniales. Cita una inmediatamente, La carga de la brigada ligera. ¿Y qué le parece La batalla de Argel? «Trata más de la guerra que del colonialismo. Pero quizá es la mejor película de ese tipo. Solamente tiene dos errores: no muestra la cantidad de árabes que querían ser franceses ni tampoco la gran solidaridad que existía en las granjas entre colonos y empleados, que compartían muchas cosas; solamente tenían dos barreras infranqueables, el sexo y que no había ningún poder político para los árabes».
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Marc Ferro


El libro negro del colonialismo
PRIMERAS PÁGINAS - INTRODUCCIÓN:
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Introducción:




"EL COLONIALISMO, REVERSO DE LA COLONIZACIÓN"

Marc Ferro

Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, los sobresaltos de Argelia, las manifestaciones de arrepentimiento que se produjeron en Francia, ¿no representan, acaso, el reflujo de los tiempos de la colonización, del colonialismo?

La actualidad del Libro negro se impone así, aun cuando, como se verá, la colonización no se reduce sólo a sus fechorías, y algunas de las que se le atribuyen no le son imputables. Por otra parte, es cierto, que otras fechorías han sobrevivido a la colonización.1

El colonialismo, ¿es un totalitarismo?

Que El libro negro del colonialismo deba formar pareja con El libro negro del comunismo2 es, por otro lado, una necesidad evidente. Sin embargo, los que trabajan sobre los regímenes totalitarios han leído a Hannah Arendt con un solo ojo, según parece. Así, no han debido de darse cuenta de que junto al nazismo y el comunismo la autora había incluido el imperialismo colonial.3

Efectivamente, entre estos tres regímenes hay un parentesco que ya había señalado el poeta antillano Aimé Césaire, al menos en lo que se refiere al nazismo y al colonialismo: «Lo que el muy cristiano burgués del siglo XX no perdona a Hitler no es el crimen como tal, no es la humillación del hombre como tal, es el crimen contra el hombre blanco [...] por haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas, que hasta entonces sólo se destinaban a los árabes, a los coolíes de la India y a los negros de África».4 En la conferencia de Durban, en 2001, ¿no se los ha considerado, acaso, crímenes contra la humanidad?5

Procedimientos «colonialistas», escribe Aimé Césaire, después de la II Guerra Mundial. De hecho, el colonizado habla menos de colonización que de colonialismo, término que ha llegado tardíamente al vocabulario y que se considera una forma peyorativa atribuida a la colonización, mientras que en su origen —al sustituir al colonismo— buscaba solamente legitimar la expansión ultramarina.
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Ahora bien, aunque es evidente que la colonización no se identifica completamente con el «colonialismo» —ya que, al menos, ha producido igualmente un discurso anticolonialista6—, el término «colonialismo» ha levantado el vuelo en solitario.
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En este último medio siglo, este término se ha apoderado de la totalidad del fenómeno —la colonización, sus excesos, su legitimación— pues, una vez finalizada la descolonización —término poco afortunado, eurocéntrico, que ignora el papel de los pueblos oprimidos en su propia liberación— se habla ya de neocolonialismo, expresión que sufre la competencia de otras, quizá más adecuadas a la realidad. Volveremos sobre ello.

Es evidente que lo que implica el colonialismo para aquellos que lo recuerdan hoy existía ya antes de que el término apareciese, pero su realidad ha sobrevivido a la colonización y a la «descolonización». En las metrópolis —Reino Unido, Francia, Rusia, etc.— el racismo, que es una de sus figuras, se ha extendido, y el contagio ha podido alcanzar, en ultramar, a los colonizados.

Además, después de las independencias ha nacido una nueva forma de explotación, especialmente en el África negra: el colonialismo sin colonos. ¿Cómo analizar y definir los numerosos conflictos surgidos desde el final de la colonización?7
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Para un primer acercamiento constatemos ya que el estudio del colonialismo puede tomar prestados sus instrumentos u observaciones al análisis de otras experiencias históricas, por ejemplo los regímenes totalitarios. En este último caso, junto a un Libro negro ya había aparecido un Libro rosa. Todos estos regímenes han sido objeto, simultáneamente, del mismo oprobio y del mismo elogio. En el caso de la URSS, recordémoslo, tan cercano a nosotros, qué relatos han podido hacer «los regresados de Moscú» del «paraíso soviético», este país encantado cuyos peregrinos volvían con un compromiso inquebrantable.
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Mientras tanto, otros peregrinos quedaban fascinados por los éxitos del fascismo o del nazismo en naciones en que se había reducido el desempleo, donde se habían realizado grandes obras públicas y «donde los trenes llegaban a la hora».Al mismo tiempo, estos regímenes eran objeto de violentas críticas, basadas en hechos, en hechos sangrientos, pero ¿quién quería oírlos?
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En el caso de la colonización, observaremos que su Libro negro precedió al Libro rosa. La primera Memoria de De las Casas data de 1540.



Sin embargo, poco a poco, el «colonismo» ha resultado vencedor, en nombre de Cristo, sobre la lucha contra la trata, en nombre de la civilización. Es cierto que sus argumentos eran alimentados por quienes se beneficiaban de la explotación de las colonias, en Bristol lo mismo que en Nantes o en Lisboa, siempre que, para legitimar su presencia en ultramar, no interviniesen los propios colonos.



La puesta en entredicho ha asumido varios aspectos. Entre otros, la ideología socialista, que no ha dejado de recordar los aspectos negativos de la colonización e incluso sus principios. Sus argumentos participaban de la sustancia del discurso marxista. Para que los profesores de historia lo conociesen bien y lo difundiesen, «era necesario constreñirlos con programas bien definidos», decía Lenin al historiador Pokróvski. «En estos programas deben fijarse los temas que les obligarán objetivamente a adoptar nuestro punto de vista; por ejemplo, incluyamos en el programa la historia de la colonización.



El tema les obligará a exponer su punto de vista burgués, es decir, lo que los franceses piensan del comportamiento de los ingleses en el mundo; lo que los ingleses piensan de los franceses; lo que los alemanes piensan de unos y otros. La propia literatura del tema les obligará a mencionar las atrocidades del capitalismo en general.» Dentro de esta tónica, después de la II Guerra Mundial, Jacques Arnault escribió un Procès du colonialisme [Proceso del colonialismo], en las ediciones de la Nouvelle Critique (1958).

Ahora que ha terminado el siglo XX, debido a un cambio de mentalidades relacionado con los dramas del siglo pasado, debido a la toma de conciencia de las violencias cometidas aquí y en otras partes, un sector de la opinión de las viejas naciones europeas ha hecho suya una ideología de los derechos del hombre que apuntaba hacia el conjunto de los crímenes cometidos en nombre del Estado rojo o pardo, del Estadonación y de las «victorias de la civilización».

Generosas en la denuncia de los crímenes del comunismo o del nazismo, estas sociedades occidentales fingen creer hoy, de buena gana, que los crímenes del colonialismo les han sido ocultados. Ahora bien, esta creencia es un mito, aun cuando algunos de los excesos cometidos hayan sido expurgados adecuadamente de la memoria común.

Así, en Francia, los manuales escolares de los dos primeros tercios del siglo XX nos contaban con qué entusiasmo Bugeaud y SaintArnaud incendiaban los aduares en tiempos de la conquista de Argelia, y cómo, en la India, durante la revuelta de los cipayos en 1857, los oficiales ingleses ataban a hindúes y musulmanes a la boca de sus cañones, cómo Pizarro ejecutó a Atahualpa Yupanqui, cómo Gallieni pasó a espada a los malgaches. Estas violencias eran conocidas y, respecto a Argelia, ya desde la época de Tocqueville.8

En Tonkín, los testigos vieron cien veces «cabezas clavadas en puntas de picas, que se renovaban continuamente», lo que se podía ver reproducido luego en las revistas de la metrópoli.9 El manual MaletIsaac, edición de 1953, escribía que después de la revuelta de la kabila en 1871 «la represión fue rápida y vigorosa, con ejecuciones, deportaciones de jefes, grandes multas y confiscación de tierras». El general Lapasset, a quien cita Ch.R. Ageron en 1972, consideraba ya en 1879 que «El abismo creado entre los colonos y los indígenas sería colmado un día u otro con cadáveres»10.

Todos estos sucesos eran conocidos y públicos, pero si el hecho de denunciarlos tenía por finalidad poner en entredicho la «labor de Francia», entonces se negaba su existencia: mi gobierno puede haberse equivocado, pero mi país siempre tiene razón... Interiorizada, esta convicción persiste, se alimenta de la autocensura de los ciudadanos y también de la censura de las autoridades, todavía hoy. Por ejemplo, ninguna película o emisión de televisión que «denuncie» los abusos cometidos en las colonias figura entre las cien primeras producciones del boxoffice o del índice de audiencia.11

Al otro lado del Atlántico se ha producido un cambio respecto al exterminio de los indios, y se han sucedido continuamente las películas del oeste como Flecha rota, de Delmer Daves (1950), film proindio y antirracista producido con anterioridad a los crímenes cometidos por la aviación estadounidense durante la guerra de Vietnam, que iban a perpetuar el cambio. Sin embargo, en la realidad esta toma de conciencia no ha modificado en absoluto la política de Washington en relación a las «reservas» indias. En Australia, la toma de conciencia, debida a la acción de los aborígenes y de los juristas, es aún más reciente, pero la «mayoría democrática» blanca se opone a que tenga efecto.

Todas estas constataciones requieren una perspectiva nueva en cuanto al papel de los principales actores de la Historia, tanto en la metrópoli como en las colonias, e incluso modificaciones cronológicas que la tradición acabó por establecer.

Hacia el año 2000, como consecuencia de testimonios provenientes de argelinos víctimas de torturas, militares de alta graduación, como los generales Massu y Aussaresses, reconocieron los hechos, aunque asociándolos a la lucha contra el terrorismo.12 Esos hechos, por otra parte, eran tan sabidos como otros, y ya durante la guerra de Argelia numerosas voces, como la de Bonnaud, por ejemplo —lo mismo que hoy, en Rusia, ante los excesos cometidos en Chechenia—, se habían alzado para estigmatizar actos que las autoridades militares niegan o negaban. Ahora bien, al tratarse de departamentos de Argelia, ya se practicaban sevicias contra los nacionalistas mucho antes de que estallase la guerra, sobre todo por parte de la policía.

Notas:
1 Véase infra el cuadro de testimonios, que los enumera.2 Christian Courtois (coord.), Le livre noir du communisme, 2ª edic., Robert Laffont, París, 2000.3 Hannah Arendt, Les origines du totalitarisme. L'impérialisme, Fayard, París, 1997 [ed. cast.: Los orígenes del totalitarismo, trad. Guillermo Solana, Taurus, Madrid, 1998]. 4 Aimé Césaire, Discours sur le colonialisme, Présence Africaine, París, 1955.5 Véase infra el trabajo de Nadja Vuckovi ´c, «Qui demande des réparations et pour quels crimes?» 6 Véase más adelante el trabajo de Marcel Merle, «El anticolonialismo».7 Aunque el término colonialismo no se ha aplicado a la colonización árabe, hablaremos de ella en esta obra; véase infra el trabajo «Sobre la trata y la esclavitud». 8 Tocqueville, De la colonie en Algérie, 1847, Bruselas, reedic. Complexe, 1988.9 Sobre la imaginería colonial, véase Images et colonies, N. Bancel, P. Blanchard, L. Gervereau (compils.), BDIC, Nanterre, 1993.10 Ch.R. Ageron, Politiques coloniales au Maghreb, PUF, París, 1973, p. 229.11 Béatrice FleuryVillate, La Mémoire télévisuelle de la guerre d'Algérie, L'Harmattan, París, 1992.

*Doy las gracias a los demás autores de esta obra, a quienes he dado a leer esta introducción y me han sugerido correcciones útiles.

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8.3.07

El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste


Massimo Gaggi/Edoardo Narduzzi





El matrimonio Arnolfini,
de Van Eyck, símbolo de
la burguesía que hoy,
al parecer, está
condenada a desaparecer




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El fin de la clase media
y el nacimiento de la sociedad de bajo coste

Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi
Traducción de Cuqui Weller.
Lengua de Trapo. Madrid, 2007.
154 páginas,
16'85 euros

Sostiene este libro que la clase media está desapareciendo. Desde el siglo XIX fue la clase social que mantuvo el dique contrarrevolucionario y desempeñó un papel central en el desarrollo y sostenimiento del crecimiento económico. La clase media ha sido el caldo de cultivo de los profesionales y de aquellos que con su esfuerzo y sus virtudes cívicas han contribuido al desarrollo de la sociedad industrial.
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Señalan Máximo Gaggi, subdirector del "Corriere della Sera", y Edoardo Narducci, ensayista y empresario en el sector de la alta tecnología, que el Estado moderno es fruto de la voluntad política de la clase media. Dicha clase encarna el espíritu del Estado de Bienestar cuyos primeros pasos son fruto del empeño de Bismarck a finales del siglo XIX.
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Sin embargo, es a finales de la Segunda Guerra Mundial cuando el gobierno conservador de Winston Churchill se adhiere al Plan Beveridge y crea una red de servicios sociales que van desde la educación a la sanidad pasando por el subsidio de paro y las pensiones. Esta red constituye el gran triunfo de una clase media que legitima el espacio democrático para su desarrollo y una perspectiva política que va más allá de los nacionalismos y que prepara el terreno para lo que con los años será la Unión Europea.
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Tal como van mostrando Gaggi y Narducci a lo largo de estas páginas, "en apenas medio siglo el mercado ha creado una situación sustancialmente distinta". La presencia ostentosa de nuevos ricos es cada vez mayor, y mayor es también la sospecha de que su ingente dinero no es únicamente fruto del funcionamiento del mercado sino también de la evasión fiscal. A la par que aumenta el número de millonarios se detecta un aumento de los trabajadores no especializados y los pensionistas. Pero ni ricos ni pobres son la causa del progresivo debilitamiento que está sufriendo la clase media en Europa. El fenómeno es más complejo, y para exponerlo al lector, Gaggi y Naducci comienzan por trazar los cuatro rasgos más característicos que jalonan la pérdida de densidad de la clase media.
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El primero de ellos se concreta en la aparición de "una aristocracia muy patrimonializada y acaudalada". Gran consumidora de bienes, sus miembros serían los vencedores de la ruleta de la innovación capitalista. El segundo rasgo radica en la consolidación de una élite de tecnócratas del conocimiento con rentas altas y con una notable capacidad de consumo. Dicha élite sería altamente inestable, casi nunca alcanzaría a la aristocracia acaudalada y con frecuencia caería hacia la clase baja.
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La tercera característica del nuevo fenómeno social se apreciaría en la aparición de "una sociedad masificada de renta medio-baja", a la que los servicios de bajo coste proporcionarían un acceso a bienes y servicios antes reservados a clases más acomodadas. Ikea o los vuelos a bajo coste ilustran a la perfección el consumo de esta nueva sociedad masificada e indiferenciada. Por último, el escenario de la desaparición de la clase media que plantean Gaggi y Narducci se completa con una clase "proletarizada" cuyo poder adquisitivo no iría más allá de los bienes de primera necesidad.
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Maestros, funcionarios de bajo nivel o divorciados formarían un grupo cada vez más próximo a poblaciones emergentes del Tercer Mundo. La transformación social jalonada por las cuatro señales que para los autores marcan el desleimiento de la clase media, no sería, a pesar de todo, decisiva si no fuera porque el doble papel que jugaba la clase media no se hubiera ido al garete. Por un lado, su papel moderador, tanto del comunismo como del capitalismo más brutal y competitivo. Un capitalismo, añadamos nosotros, que ya no sería el del modelo renano sino el de ciertas prácticas anglosajonas.
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Por otra parte, habría que añadir la incapacidad de la clase media para mantener un nivel óptimo de demanda adicional de bienes de consumo capaces de garantizar economías de escala. Desaparecida la lucha de clases y globalizado el mercado, los productos se hacen infinitos e interclasistas. De este modo las empresas pueden recuperar en los mercados de Brasil o China las ventas perdidas en Alemania o Italia En opinión de Gaggi y Narducci, el contraste entre una economía en plena expansión y la expansión de amplias masas de gente empobrecida no significa una contradicción sino una muestra más de lo que está ocurriendo.
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Cada vez son más numerosas las enfermeras a domicilio en Estados Unidos que cobran ocho dólares a la hora o cocineros que ganan siete, lo que viene a sumar mil o mil doscientos euros al mes. Cifra con la que se puede sobrevivir si no se tienen hijos, se vive en una población barata o se goza de una excelente salud que no requiera, por ejemplo, gastos de dentista. (En Estados Unidos, el número de personas sin cobertura sanitaria, excepto la básica y gratuita asegurada por el servicio público, sigue creciendo. En 2005 era de cuarenta y cinco millones de ciudadanos). Si a ese sueldo le añadimos un poco más, entonces ya se puede entrar en los servicios de bajo coste.
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Skype, Wal-Mart o Ryanair ejemplifican las nuevas empresas que coronan al consumidor de nueva generación y que nada tiene que ver con el comprador de Ferrari, Bang and Olufsen, Versace o Cartier.
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El progresivo adelgazamiento de la clase media no ha seguido, para nuestros autores, un proceso homogéneo. Su transformación se ha adaptado a tres modelos. El primero estaría representado por la sociedad norteamericana. Un ámbito caracterizado por una considerable movilidad social y por la polarización de rentas y patrimonios. El segundo correspondería al modelo escandinavo. Alta calidad del servicio público y formas de flexibilidad del mercado de trabajo, en un ámbito social en el que la distancia entre las rentas más altas y más bajas no resulta desmesurada. El tercer modelo se incardina en las sociedades asiáticas emergentes.
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Singapur, Taiwan y algunas ciudades chinas ilustran espacios sociales caracterizados por sus élites poderosas, tan bien descritas por Charles Wright Mills, superpuestas a una clase "unificada y conforme" espacios en los que las reglas se imponen desde arriba respetando, eso sí, la tradición. Para los autores en ninguno de estos tres contextos existe la clase media. El desarrollo económico es intenso y va acompañado de una reorientación de valores y de estilos de vida nuevos.
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Tras describir un mundo en el que la clase media se derrumba –la Unión Europea resiste a la baja el desmoronamiento de lo que fue su columna vertebral–, Gaggi y Narducci tratan de plantear un boceto de lo será el gobierno de la sociedad postclase media. Tarea que ellos mismos reconocen difícil porque con una realidad social cada vez más magmática mejorar para todos las condiciones de vida y la igualdad de oportunidades es de enorme complejidad.
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Lo cierto es que tanto el consumidor como el elector se orientan cada vez más en las sociedades occidentales por los deseos de lo que los autores denominan las aspiraciones de la "clase de masa", una amalgama en la que los intereses del votante son móviles, abiertos y tienden a interpretar el presente y el futuro a través de su propia agenda.
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En esta sociedad "desclasificada", la sostenibilidad del llamado modelo social europeo plantea una pregunta que este libro no acaba de responder: ¿Durante cuánto tiempo se podrá mantener un modelo que tiene una evidente dificultad para generar desarrollo económico e innovación tecnológica al ritmo que marcan China o Estados Unidos?
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Bernabé SARABI
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Introducción


Por todas partes aparecen nuevos ricos que ostentan su opulencia; entre los trabajadores (en general los no especializados) y pensionistas se detectan focos de pobreza imprevistos; la clase media, en progresivo decrecimiento, pierde renta y seguridad: la sociedad está inmersa en una tempestad.
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Un fenómeno común a gran parte de las democracias industriales de Occidente, pero que en Italia se ha agudizado por el impacto de una paralización económica más grave y duradera que en otros mercados y por una difusión de la evasión fiscal que hace difícil mirar a los nuevos ricos como el producto de un mercado cada vez más despiadado -la "ruthless economy" (economía despiadada) teorizada por Simon Head, director de la Century Foundation- pero que en cualquier caso funciona (Head, 2003).
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Este terremoto, que altera profundamente los mecanismos de distribución de la renta, acelera los procesos que están llevando a la sustancial desaparición de la "clase media" tal y como la hemos conocido en el siglo XX: poco a poco ha perdido sus señas de identidad porque las condiciones históricas que habían determinado su éxito han desaparecido. Pero también se debe a otros factores: sobre todo el fin de la era de las expectativas crecientes, en la que quien no estaba ya "tocado" por el bienestar se sentía, en cualquier caso, "en lista de espera " y no excluido; el final de las seguridades ocupacionales y también el impacto en la estructura social de mecanismos de mercado cuyas señas de identidad se modifican continuamente debido a la evolución tecnológica.
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En muchos países la difusión de la oferta de productos y servicios "low cost" ("de bajo coste"), al aumentar sensiblemente el poder adquisitivo de los salarios, empieza a tener más peso que una reforma fiscal o que el welfare (bienestar). Por lo tanto, tiende a sustituir las viejas estratificaciones de intereses en torno a los mecanismos de redistribución gestionados desde el gobierno por una masa indiferenciada: una "clase que ya no es clase" compuesta por sujetos que, cada vez más, piden ser tutelados como consumidores, además de cómo contribuyentes y como perceptores -actuales o potenciales- de pensiones, asistencia y ayudas de distintos tipos. Este inmenso milieu social limita, por abajo, con las "nuevas pobrezas" de los trabajadores no especializados que se encuentran compitiendo con la mano de obra de los países en vías de desarrollo y, por arriba, con una gran clase acomodada compuesta por los ricos "consolidados" y por la burguesía del conocimiento.
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El declive de la clase media no es ciertamente un relámpago que llega sin avisar: en 1985 (Rosenthal, 1985), el economista del departamento de estadística del Ministerio de Trabajo estadounidense Neal H. Rosenthal se preguntaba si ya se había iniciado -como lo habían denunciado otros- una polarización de las rentas con la consiguiente progresiva reducción de la clase media y la creación, por un lado, de una gran masa de ricos y, por otro, de un ejército de nuevos proletarios. Su análisis lo llevaba a concluir que hasta ese momento no se había verificado nada parecido. Añadía, sin embargo, que los procesos de desindustrialización -entonces apenas iniciados- y el desarrollo de las nuevas tecnologías de alta rentabilidad podrían provocar un fenómeno de este tipo a partir de la segunda mitad de los años noventa.
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Sus previsiones se han revelado bastante exactas, como también la convicción -con visión de futuro, puesto que en 1985 todavía estábamos en la era pre-Internet, Microsoft era una pequeña empresa y Bill Gates estaba empezando a monopolizar los ordenadores personales mundiales con su nuevo sistema operativo- de que las industrias "high tech" ("de alta tecnología") favorecerían una polarización de las rentas.
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Otras voces se han dejado oír en los últimos años: precisamente a mediados de los años noventa (julio de 1997), Rudi Dornbusch, economista del Massachusetts Institute of Technology (MIT), célebre por sus análisis mordaces y un lenguaje rudo y socarrón, publicó Bye bye middle class, un ensayo en el que preveía la inminente desaparición del "big government" ("gran gobierno") (la tendencia de muchos gobiernos a incluir en la esfera pública la mayoría de los servicios dados a los ciudadanos y también una porción considerable de las actividades productivas), del welfare state (estado del bienestar) y de la propia "clase media, acostumbrada a la comodidad, por no decir a la pereza".
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Dornbusch era consciente de que la abolición del estado del bienestar era un desafío que los gobiernos no sabían cómo afrontar. Advertía, sin embargo, que los políticos debían empezar a prepararse para los tiempos difíciles, en los que la competición entre sistemas y empresas, las privatizaciones y la globalización, además de algunas innegables ventajas económicas, producirían también graves problemas sociales, empezando, precisamente, por una reducción de las rentas del trabajador no especializado. Un desafío políticamente difícil, sobre todo para una Europa sacudida, por un lado, por las "inevitables desigualdades y la coexistencia de millonarios enriquecidos gracias a las tecnologías, mientras, por el otro, los electores de la antigua clase media se sienten aislados". Así pues, Dornbusch pronosticaba desde entonces una navegación tempestuosa por democracias que se ven obligadas a ajustar cuentas, al mismo tiempo, con un aumento de las desigualdades y una difusa seguridad económica. Veía sólo una luz en el horizonte: la inminente llegada del euro como "oportunidad para una nueva y dinámica visión de Europa". Si estuviese vivo aún, quién sabe qué abrasivas ironías reservaría a la Europa de hoy, en plena crisis económica, institucional y de liderazgo político.
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Una crisis que puede empujar a los gobiernos del Viejo Continente a ignorar o subestimar el problema de la reinterpretación, además del saneamiento financiero, de sistemas de bienestar que se han construido basándose, sobre todo, en la capacidad contributiva de la clase media: sistemas que están por lo tanto perdiendo la "constituency" ("los electores potenciales ") de referencia.
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Quizá se podría incluso afirmar que estos sistemas han perdido parte de su legitimación política original porque era precisamente la clase media el principal mantenedor político de una infraestructura pública que tenía como finalidad la reducción de los riesgos y las inseguridades de la vida individual y colectiva.
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Aquí existen, obviamente, problemas de garantías mínimas irrenunciables, de derechos que tutelar, de nuevos equilibrios entre libertad y seguridad (el trabajo autónomo ofrece más libertad pero menos garantías). Y también existe la necesidad de proyectar cualquier reforma a largo plazo.
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Pero el problema no radica sólo en el volumen de los recursos financieros disponibles: es importante también el modo en que estos derechos se tutelan. Un sistema de garantías sociales al servicio de las necesidades de una sociedad "desclasificada " sólo puede ser, al menos en parte, original. La forma de organización y las modalidades de funcionamiento de una administración pública pensada para servir a los intereses de la economía material tienden, por ejemplo, a uniformarse en este contexto: la cosa pública en los tiempos de la producción industrial repetía lógicas y modelos de la industria pesada y de masa.
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Hoy, en una sociedad que tiene la etiqueta del cuaternario (es decir, obtiene valores de los servicios innovadores ofrecidos por encima de los básicos), la ayuda que se pide a la administración tiene que ver con la rapidez y la flexibilidad de proceder, así como con el volumen de los servicios producidos.
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La filosofía del consumo de bajo coste, en definitiva, llegará inevitablemente a la esfera pública: lo que significa que quien gobierna el Estado deberá repensar la oferta pública teniendo en cuenta la menor disponibilidad de la clase de la masa para mantener la carga de su financiación. En otras palabras, tendrá que emerger la capacidad de dar vida a un verdadero y propio bienestar de bajo coste.
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Capítulo II.
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El crepúsculo del consumidor burgués
Tres mil millones de nuevos capitalistas en marcha

La clase media, aunque sin una razón de ser política -su papel de contención de los empujes revolucionarios de la clase obrera-, probablemente habría sobrevivido al transcurrir del tiempo si la razón económica que había favorecido su formación no se hubiera desintegrado como la nieve al sol. La sociedad intermedia representaba y representa el tipo ideal de consumidor de última necesidad, preparado para comprar cualquier producto que la oferta sea capaz de proponerle.

Mejor si va acompañado de cualquier mensaje promocional. Las producciones materiales del siglo pasado se han centrado en las potencialidades de consumo de la clase media: el automóvil, los primeros fármacos, los electrodomésticos, la construcción residencial, el mundo editorial, el ordenador; y a través de todo esto en acaparar todo el universo de productos que han acompañado el aumento del bienestar de los consumidores.
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El matrimonio era perfecto: la industria concebía nuevos productos capaces de satisfacer necesidades a veces reales, a veces solamente latentes, y los presentaba a la voracidad de la clase media, preparada para representar el propio papel de consumidor obediente y poco selectivo. Así las empresas crecían y con ellas también la potencialidad de adquisición de la clase media. Una relación aparentemente indisoluble: por una parte, la clase media, al ahorrar, ponía gran parte del capital necesario a disposición de la industria material para poder ampliar la oferta; por otra parte, al consumir a manos llenas todo lo que podía, satisfacía sus deseos y se realizaba en el plano de la identidad de clase.
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Un sistema con su equilibrio, capaz también de contener el empuje revolucionario de la minoría que estaba llamada a hacer funcionar esas máquinas: obreros que veían en cualquier caso crecer también su nivel de bienestar y que empezaban a tener la fundada esperanza de subir algún peldaño en la escala social, pasando de ser obreros a ser empleados.
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Este sistema funciona mientras el escenario de acción e interacción permanece restringido al ámbito nacional o poco más. Cuando algunos aspectos de esta ecuación estallan o se ponen en entredicho en cuanto a su utilidad "superior", entonces también la clase media está obligada a encarar lo nuevo que avanza. Y en este caso lo nuevo ha avanzado con dos máscaras: la del triunfo de la economía de mercado y la del capitalismo sin fronteras.
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El primer aspecto tiene una implicación intrínsecamente política porque supone un papel del mercado más allá de la dimensión del lugar organizado para el intercambio, hasta convertirse en una verdadera y propia ideología colectiva. Sólo el mercado, según esta interpretación, puede garantizar desarrollo, inclusión, democracia y justicia social. El mercado es la única ideología de la historia "acabada", es decir, la ideología elemental que habilita el funcionamiento regular y aceptado de los intercambios. Pero un mercado transformado en ideología dominante no necesita una clase contrarrevolucionaria que lo defienda, que tutele los intereses que manifiesta. O, por lo menos, así lo creen sus sacerdotes, mientras no se manifiesten algunas reacciones de "rechazo", como el no a la Constitución europea en los referendos de la primavera de 2005 en Francia y Holanda. Por otro lado, en una economía que ya no es nacional sino globalizada -y aquí llegamos al segundo aspecto-, cambian también los papeles de las clases sociales y el propio sistema de los intereses que hay que defender.
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En este terremoto económico, productivo y social, no se cumple el doble papel desarrollado por la clase media: por un lado, el de centro de intereses homogéneos en las democracias electivas posindustriales (dique natural, por lo tanto, no sólo del comunismo sino también del capitalismo "salvaje e hipercompetitivo") y, por otro, el de mantenedor de un nivel óptimo de demanda adicional de bienes de consumo duraderos, necesario para que la industria alcance economías de escala y genere valores; en definitiva, para ganar consenso.
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Hoy, ninguna de estas dos condiciones "se mantiene": la democracia representativa tiene que afrontar la pulverización de los intereses que ya no pueden contar con el cúmulo de ideologías "fuertes" y de un sistema productivo cerrado y basado en bienes de consumo estandarizados, capaces de encarnar un estatus social. La demanda ha alcanzado una escala global, los productos son infinitos y se han hecho "interclasistas" (el ejemplo más citado hoy es el de la iPod), las empresas materiales pueden recuperar en los mercados de Brasil o China las ventas perdidas en Alemania o Italia.
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La globalización ha provocado trastornos económicos y sociales que producirán "tres mil millones de nuevos capitalistas", como dice el eficaz eslogan convertido en el título del último libro de Clyde Prestowitz, gurú republicano del libre comercio (fue consejero del presidente Reagan y negociador de los acuerdos comerciales internacionales durante su mandato). Según Prestowitz (Prestowitz, 2005), las dinámicas actuales son hijas de la coincidencia de tres factores: la derrota del comunismo, que ha empujado a tres mil millones de chinos, rusos e indios al capitalismo (interpretado, además, de manera bastante "agresiva"); la revolución de Internet, que ha "anulado el tiempo"; y la difusión de la mensajería aérea de bajo coste -desde Federal Express a Dhl-, que ha "anulado el espacio". El trabajo de estos enormes grupos de bajo coste se está utilizando en (casi) cualquier parte del mundo porque permite transferir rápidamente mercancías y prestaciones intelectuales con gravámenes insignificantes. Si Estados Unidos no espabila, China volverá pronto a ocupar un papel central, como en la época del Imperio Medio: hacia el año 2050 China superará a los Estados Unidos en renta nacional bruta (aunque, si se usa como medidor el poder adquisitivo, el adelantamiento podría cumplirse en 2025).
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Es precisamente este progresivo desplazamiento de los equilibrios de la demanda mundial hacia los países llamados emergentes lo que mina en la base los cimientos económicos sobre los que la clase media ha encontrado en los últimos siglos su estabilidad. Si la disminución de la demanda del milieu social francés está más que compensada por la capacidad de consumo de los neoacomodados indios, entonces, para quien invierte en el sistema productivo, la necesidad de una clase de consumidores occidentales con la cartera llena se convierte en un aspecto menos vital.
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Dos factores explican bastante bien las razones por las que las lógicas productivas y mercantiles contemporáneas implican la superación de la clase media o, como mínimo, de su papel. Las sociedades "neófitas" del capitalismo global de corte occidental, las asiáticas en particular, están lo más alejadas posible del concepto de clase media. Es más: son, de partida, mucho más parecidas a la imagen del magma social, de la sociedad-masa que hemos señalado anteriormente como el modelo de referencia posmaterial.
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Por ejemplo, China e India -las sociedades y los mercados que, más que otros, rediseñarán los equilibrios mundiales en el transcurso del siglo xxi- se mueven por caminos que prevén la formación de una gran clase de consumidores con un papel político, de hecho, limitado. La aspiración china es la de aprovechar las potencias del mercado para dar vida a una verdadera sociedad de masa con una conciencia nacional y patriótica, pero no de clase, a la que se le garantizan posibilidades de consumo cada vez mayores. De esta manera se afirma el cambio indispensable para llevar a China más allá del comunismo, pero sin deslegitimar al gobierno centralizado de una elite al servicio de los intereses comunes del país: se amplía el espacio de las libertades de elección de consumo dentro de un cuadro político paternalista. Una especie de Singapur elevada a la enésima potencia.
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En cuanto a India, que viene de la tradición de las castas y de la milimétrica segmentación de la sociedad con el objetivo de bloquear su movilidad, la lógica occidental de la clase media no es otra cosa que la aspiración a poder hacer alarde de algunos cientos de miles de consumidores educados, acomodados, no agresivos, como manda la tradición, y capaces de mantener unido un continente verdadero y propio. También la India de las castas tiene que adapatarse, cada día más, a la liberalización del saber y de las oportunidades de realización de los individuos, y aceptar el reto de convertirse en una sociedad abierta e integrada con el resto del mundo y caracterizada por algunos cientos de millones de individuos con una renta disponible cada vez más alineada con la occidental.
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Son precisamente estos grupos de nueva demanda, que se han ido formando a partir de finales de los años setenta y que con el inicio del nuevo siglo han acelerado el paso para ganar papel y peso internacional, los que quitan, cada vez más rápidamente, el oxígeno necesario para alimentar la energía motora de la clase media occidental. No sólo porque contribuyen considerablemente a rediseñar las características de consumo mundial en términos de tipología y costes de los bienes y de los servicios, sino también porque se hace difícil imaginar la supervivencia de una clase media occidental o europea con las características de las últimas décadas cuando asoman al mercado mundial mil quinientos millones de nuevos trabajadores a bajo coste. Sujetos cada vez más escolarizados e indiferentes a las lógicas de quien, en el mundo del bienestar, quiere defender las "conquistas del pasado".
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Así, en los países industrializados, la necesidad económica que hay que satisfacer a través de una clase homogénea de consumidores reconocibles está sujeta a la lógica de los grandes números: para conseguir el mismo resultado es preferible extender lo más rápido posible a cientos de millones de consumidores el umbral del bienestar. La sociedad de masa nace naturalmente con el crecimiento y el desarrollo económico del nuevo mundo. La antigua forma de producción, y con ella las clases que la han alimentado, ha sido arrollada por el nuevo empuje del globo convertido en mercado competitivo y abierto.
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Hay que reflexionar sobre la ironía de la historia: una clase que es hija de la revolución burguesa contra la aristocracia latifundista, pero que después, en su madurez, ha asumido un papel "contrarrevolucionario", es arrollada por una revolución invisible en sus acciones y nunca declarada, sin líderes ni banderas pero despiadada, como cualquier revolución, en conseguir sus propios objetivos.
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Así, sucumbe el papel económico desarrollado con éxito por la clase media, mientras el consumidor burgués sufre una eutanasia más o menos lenta. El mismo destino le espera a la estructura industrial que ha caracterizado a la economía de mercado de la clase media.
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Para comprender bien por qué ocurre esto, es oportuno concentrar la atención en la oferta de bienes y servicios: sólo así se puede entender el vuelco radical que se ha producido mientras tanto en favor de la demanda. Las necesidades de la sociedad de masa que hay que satisfacer son en buena parte originales. Y esto porque existe la exigencia, para quien produce, de desarrollar una oferta estandarizada, pero también, en la medida de lo posible, personalizada, dentro de un modelo productivo dado.
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Wal-Mart o Ikea, por poner dos ejemplos que aclaran la aparente contradicción, encarnan perfectamente esta petición de la demanda masificada, capaces de satisfacer en cualquier sitio por igual, pero con productos flexibles (o componibles), las necesidades de los consumidores en masa.
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Se trata de un fenómeno original para la economía de libre cambio, que uno de los mayores gurús internacionales en materia de estrategia del negocio, C. K. Prahalad, de la Universidad de Michigan (Prahalad, Ramaswamy, 2004), ha explicado con la necesidad para la empresas contemporáneas de aprender a coproducir valores junto a los propios clientes para responder mejor a la segmentación de los gustos. Una evolución que ya está en marcha en la electrónica y en las áreas de manufactura tradicionales. A estos sectores se les unirán otros, pensados para servir a nuevos segmentos de la sociedad de la masa global.
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Es el caso del sector automovilístico, que en 2005 ha registrado el éxito del Dacia Logan, el utilitario de bajo coste de Renault, fabricado en la localidad rumana de Potesti y concebido originalmente para los mercados de los países emergentes a un precio base de cinco mil setecientos euros. El coche, ahora comercializado en Europa, con precio final de siete mil quinientos euros, ha superado todas las previsiones de venta en Francia. A los que más ha atraído ha sido a los mayores de cincuenta años acostumbrados a comprar coches de ocasión. Después están los utilitarios chinos de bajo coste, con precios base todavía más reducidos. Faw Group Corporation ofrece un coche con motor de mil centímetros cúbicos y equipamiento básico a partir de cuatro mil euros, mientras que el grupo Jiangling Motors comercializa el Suv por sólo diecisiete mil euros, mucho menos de lo que piden los productores tradicionales por sus modelos análogos (los productores europeos objetan que algunos de estos coches no son sólo austeros: en las pruebas antichoque han revelado su fragilidad).
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En Londres, en el sector hostelero, se han abierto los primeros hoteles de bajo coste que ofrecen, por unos euros por noche, un espacio básico a quien se contenta con una cama, una luz, poco espacio para ropa y maletas, y servicios higiénicos decentes. Ahora existen también los cruceros de bajo coste -recién lanzados por "easyCruise.com", la nueva aventura del empresario de origen griego Stelios, de treinta y ocho años, famoso por haber sacado a bolsa y triunfado con su compañía aérea easyjet-, que permiten a las parejas disfrutar de un crucero de una semana entre la Costa Azul y la Riviera ligur por unos ochenta euros al día.
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Quien se obstine en producir u organizar modelos de oferta pensados para un consumidor que ya no existe quedará inevitablemente fuera de la escena. Es el caso de los grandes almacenes Sears, que tuvieron una crisis y fueron absorbidos por una cadena mayor, porque continuaron durante muchos años ofreciendo un binomio, producto de media calidad-precio más elevado, cuando los gustos de la mayoría de los consumidores en gran parte se habían movido al bajo coste de Wal-Mart y parecidos, y otra parte acomodada pero minoritaria había preferido, mientras tanto, la oferta más personalizada y de calidad de las cadenas tipo Neiman Marcus y Bloomingdales.
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Es evidente que se trata de pasos no inmediatos o instantáneos, pero también está claro que el movimiento hacia la sociedad de masas, al estar respaldado por un gran número de individuos deseosos de ganarse un puesto en el paraíso del bienestar, es difícil de parar.
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Se trata de una tendencia de superación del mercado de masas, que también se entrevé en la elección de los grandes productores de bienes de consumo, que ahora ya segmentan las grandes masas en tantos mercados con marcas y publicidad orientadas hacia ellos. "Tide" para Procter&Gamble sigue siendo un detergente que, él solo, factura dos mil millones de dólares al año. Pero ya no es un producto "universal" con la misma publicidad en todo el mundo, como sucedía en los años sucesivos a su lanzamiento, en 1949: hoy existen mercados (sobre todo en el Tercer Mundo) que aún permanecen sensibles a una marca que, en cualquier caso, se percibe como garantía de calidad, mientras otros mercados más evolucionados las prefieren más "elitistas" ("Ivory", "Crest") o productos no tan reconocibles, pero que ofrecen la ventaja del precio.
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También la publicidad sigue estos nuevos derroteros: en Estados Unidos, productos que antes se ofrecían a un público indiferenciado, a través de anuncios en las grandes cadenas de televisión nacional, hoy utilizan canales más limitados que apuntan a segmentos específicos del público. Para los jóvenes se usan, por ejemplo, las televisiones de circuito cerrado de la cadena de tiendas Foot Locker, mientras que, si se quiere dirigir a la comunidad negra o latina, se pone publicidad en Upscale, una revista distribuida en las peluquerías de la periferia y en las retransmisiones televisivas más seguidas en los bares hispanos.
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Una confirmación de estas líneas de tendencia se encuentra en un reciente best seller de dos profesores de la escuela de dirección de empresas francesa INSEAD. Al diseñar la estrategia que deben seguir las empresas para adentrarse en lo que se llama "estrategia del océano azul", W. Chan Kim y Renée Mauborgne (Kim, Mauborgne, 2005) explican que, para tener éxito con la producción de un valor innovador, las empresas sólo tienen dos salidas: diferenciar la oferta y producir a bajo coste. El deseo de adquirir a buen precio determina, así, la exigencia de organizar la producción de manera original respecto al pasado.
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Más adelante veremos cómo, con qué implicaciones y con qué incógnitas políticas. Mientras, nos ocuparemos, con datos en la mano, del desmantelamiento que se está llevando a cabo en las viejas clases medias occidentales, columna vertebral de la Revolución industrial y posindustrial y custodio en la defensa de los derechos de propiedad.
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