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SINOPSIS:
El siglo XXI se ha despertado con el renacimiento del terror. Las guerras de Afganistán y de Irak, las luchas étnicas en el continente africano, la situación en Oriente Próximo y distintas manifestaciones del terrorismo internacional revitalizan el fenómeno del colonialismo, ese lado oscuro de la colonización, y señalan la necesidad de realizar un balance de su historia.
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Alrededor del Marc Ferro –director de estudios en L’Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales–, un equipo de historiadores (Thomas Beaufils / Yves Bénot / Carmen Bernand / Pierre Brocheux / Catherine Coquery-Vidrovitch / Pascale Cornuel / Sylvie Ballet / Alastair Davidson / Marie Fourcade / Arlette Gautier / Leslie Manigat / Elikia M’Bokolo / Marcel Merle / Claire Mouradian / Pap Ndiaye / Jacques Poloni-Simard / Jaques Pouchepadass / Alain rucio / Pierre-François Souyri / Mariella Villasante Cervello / Nadja Vuckovic) describen las páginas más sangrientas, los excesos y los crímenes, pero también los discursos que legitimaron la empresa colonial.
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Las conquistas y después las luchas por la independencia han constituido, sin duda, los episodios más traumáticos de la colonización mundial, que tuvieron como consecuencia tanto el exterminio de pueblos enteros y el agotamiento de sus recursos naturales como las guerras de liberación; pero la colonización supuso además la trata de esclavos, es decir, la deportación de entre diez y catorce millones de personas al Nuevo Mundo; y una vez abolida la esclavitud, las terribles condiciones de vida y de trabajo para gran parte de la humanidad.
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Una explotación económica que el industrial siglo XIX aceleró y sistematizó. A lo largo de todo este proceso, las naciones conquistadoras defendieron una ideología que, lejos de ocultar los excesos cometidos, como nos gusta creer hoy, se afanaba en justificarlos.
También descubrimos que la violencia de la colonización no emanó sólo de Occidente y que existieron en el mundo otomano y en el árabe; que bajo el vocablo de «expansión territorial», Rusia y posteriormente Japón organizaron un sistema de explotación o de negación de la identidad nacional; y que el racismo que ha acompañado y sostenido los excesos del colonialismo ha podido contagiar además a los pueblos colonizados.
En conclusión, el colonialismo no ha dejado únicamente heridas muy difíciles de cicatrizar (como en el caso de Vietnam, Indochina y Haití, o de dos naciones enemigas, como India y Pakistán), sino que se perpetúa en el siglo XXI bajo otras formas que "El libro negro del colonialismo" pone en evidencia.
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ACOGIDA DEL LIBRO / COMENTARIOS:
"Provechosa lectura". Manuel Lucena Giraldo, "ABC".
"Minuciosa obra". Ángel Vivas, "El Mundo".
"Se ha conseguido un libro tan voluminoso como ágil. Los autores no incurren en la mera narración blindada de fechas o estadísticas, pero tampoco faltan datos y el aparato bibliográfico busca no vencer por aplastamiento". Miguel Bayón, "El País". .
PERFIL:
Marc Ferro, París (1924), es director de estudios en L'Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales. Especialista en la revolución rusa y de la URSS y en historia del cine, es autor de "La Révolution de 1917" (1967), "La Grande Guerre, 1914-1918" (1968), "Cinéma et histoire" (1976), "L'Occident devant la révolution soviétique" (1980), "Suez" (1981), "Comment on raconte l'histoire aux enfants à travers le monde" (1983), "L'histoire sous surveillance: science et conscience de l'histoire" (1985), "Pétain" (1987), "Les origines de la Perestroïka" (1990), "Questions sur la Deuxième Guerre Mondiale" (1993), "Histoire des colonisations, des conquêtes aux indépendances (XIIIe-XXe siècle)" (1994), "L'internationale" (1996); "Les sociétés malades du progrès" (1999), "Que transmettre à nos enfants" (con Philippe Jammet, 2000), "Les Tabous de l'histoire" (2002), "Histoire de France" (2003), "Le choc de l'Islam" (2003), "Le cinéma, une vision de l'histoire" (2003) y "Les individus face aux crises du XXe siècle" (2005). De sus libros, se han traducido al castellano "Cine e historia" (1980), "Nicolás II" (1993), "Historia contemporánea y cine" (1995), "La Gran Guerra 1914-1918" (1998), "Historia de Francia" (2003) y "El conflicto del Islam" (2004).
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Marc Ferro
"El libro negro del colonialismo"
Dirigido por Marc FerroTraducción de Carlo Caranci.
La esfera de los libros, 2005-
1051 páginas, 19'95 euros
La historia de la expansión colonial europea contiene muchos episodios de abusos y atrocidades, algunos bien conocidos y otros olvidados. Una docena de estudiosos, en su mayoría franceses, han recopilado buena parte de ellos en El libro del negro del colonialismo. Su lectura recuerda todo el mal que se hizo en nombre de la civilización.
El título del libro lo dice todo: no se trata de presentar un balance del legado colonial sino de evocar el lado más oscuro de la colonización, aunque la historia de ésta no se pueda reducir, como reconoce en el prólogo Marc Ferro, a la de sus fechorías. Desde el exterminio de los habitantes de las Antillas en las décadas que siguieron a la llegada de Colón, a los horrores del Congo colonial sometido a una feroz explotación bajo el dominio privado de Leopoldo II de Bélgica, pasando por la trata de esclavos, los autores van desentrañando toda una serie de atrocidades lamentables, la mayor parte de ellas perpetradas por europeos. Se echa a faltar sin embargo un capítulo general sobre la naturaleza del fenómeno estudiado, que en realidad ni siquiera queda definido.
¿Debemos entender por colonialismo toda forma de sometimiento de un territorio por la fuerza? En ese caso, el libro debía haber comenzado con Menes, el legendario unificador del alto y el bajo Egipto, que seguramente no logró esa unión mediante un referéndum, o con Sargón de Acad, fundador del primer imperio conocido en Mesopotamia. Pero nada de eso se menciona, pues el libro comienza con Colón. Ello es legítimo, pero se debería haber recordado que, antes de que Colón llegara a América, el mundo había conocido ya innumerables casos de sometimiento y de exterminio de unos pueblos por otros. Como suele ocurrir en los libros colectivos, la calidad de los distintos capítulos varía mucho.
El exterminio de los indígenas de las Antillas, por ejemplo, está en general bien narrado, pero repite el desacreditado tópico de que la Española tenía más de un millón de habitantes en 1492, cuando diversos investigadores –como recuerda oportunamente el traductor en una nota– han realizado estimaciones más verosímiles, incluso de tan sólo 40.000 personas. Esto no afecta a la responsabilidad moral de los colonos españoles, enérgicamente denunciados ya en su día por Bartolomé de las Casas, pero ayuda a entender por qué la combinación del abuso colonial y las nuevas enfermedades infecciosas llevó a tan dramático resultado.
Lo más terrible es que episodios semejantes siguieron repitiéndose hasta la etapa final del colonialismo. El libro recuerda, por ejemplo el caso de los hereros de África del Sudoeste, masivamente exterminados por los ocupantes alemanes tras su rebelión de 1904, en el que probablemente fue el primer genocidio del siglo XX. Particular interés tiene el último capítulo, en el que se analizan las demandas de reparaciones por parte de los antiguos colonizados.
Salvo en casos excepcionales, la reparación legal acompañada de indemnización resulta inviable, pero la reparación moral resulta obligada y exige la difusión, en las escuelas y los medios de comunicación, de los horrores que acompañaron a la expansión europea. Esto último no implica negar que en algunos aspectos la expansión europea ha tenido también consecuencias a largo plazo favorables para las gentes de otros continentes, aunque este libro de denuncia no sea el marco adecuado para analizarlas. Su cometido es otro y lo cumple bien.
Juan AVILÉS/ El Cultural
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Entrevista a Marc FerroPor Emilia Lanzas
"Hay una conexión clara y directa entre colonialismo y terrorismo"Marc Ferro es director de estudios de L'École des Hautes Études en Sciences Sociales, especialista en la Revolución rusa, en la URSS y en la historia del cine, es autor, entre otros ensayos, de L'internationale, Pétain, Les origines de la Perestroika, Questions sur la Deuxième Guerre Mondiale… Han sido traducidos al castellano sus libros: Cine e Historia, Nicolás II, Historia contemporánea y cine, La Gran Guerra 1914-1918, Historia de Francia y El conflicto del Islam.
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Acaba de publicar en la editorial Esfera de los Libros, El libro Negro del Colonialismo, siglos XVI al XXI: del extermino al arrepentimiento, un voluminoso estudio que Ferro ha dirigido, y en el que participan numerosos historiadores que hacen un amplio recorrido de las consecuencias de la colonización –o más exactamente de su reverso funesto: el colonialismo; un colonialismo que comenzó en el siglo XVI con el exterminio de gran parte de las poblaciones del Caribe y América del Norte, y que continuó con Australia, África…- y de sus consecuencias que aún hoy padecemos con hechos como las guerras de Afganistán e Irak, las luchas étnicas en África, las acciones terroristas del islamismo radical y los movimientos reivindicativos en Francia.
En el prólogo del libro relacionas el terrorismo islamista con los reflujos del colonialismo. ¿Dónde está la conexión?
Antes, tradicionalmente, se nacionalizaba la historia de la colonización. Para los occidentales se veía la colonización de España en Marruecos, de Francia en Argelia, de Rusia en el Cáucaso, de Inglaterra en Egipto… En el mundo islámico, sin embargo, sólo ha habido una colonización que les ha venido por todos lados: Del norte por parte de los rusos, por el oeste de España, por el sur los franceses… De esta forma, los que antes eran esclavos del Islam se han convertido en los amos, y los árabes cayeron en manos de las potencias occidentales. Los árabes se cuestionan cómo han podido convertirse en esclavos de aquellos que fueron sus esclavos. La tortilla se dio la vuelta de una forma brusca, y surgió el resentimiento.
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A finales del siglo XIX, el mundo islámico comenzó a buscar soluciones. La primera fue volver al Islam tradicional, al Islam conquistador; pero esta solución no pudo funcionar. La segunda consistió en imitar a Occidente, crear Estados-Naciones, de ahí surgió la lucha por la independencia. La tercera fue la Revolución islámica que comenzó con Jomeini; pero él no era árabe sino persa, y no tuvo el apoyo de todo el mundo islámico. La cuarta, en la que estamos inmersos, ha sido islamizar la modernidad, que es lo que intenta hacer ahora Bin Laden. Por lo tanto, el islamismo actual es el heredero del colonialismo.
De hecho, el terrorismo en España procede de Marruecos, el terrorismo inglés de Pakistán y el francés –que desde hace diez años está durmiente- procedía de Argelia. Por lo tanto, hay una conexión clara y directa entre colonialismo y terrorismo.
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Y los pasados levantamientos reivindicativos en Francia, ¿también son el precio del colonialismo?
Los que cometen los incendios y salen a protestar a la calle no son sólo musulmanes, hay muchos franceses con ellos. Es un movimiento social. Es una movilización que está fuertemente unida a los barrios. Lo que ha ocurrido en Francia es el resultado del paro y la crisis económica y también un claro fracaso de la integración de los inmigrantes africanos, principalmente. Los que protestan son los excluidos de la sociedad, ya sean blancos, negros, árabes… No sólo queman coches, el gran fracaso social es que estén quemando escuelas, ¿por qué? Porque la educación no les ha proporcionado salidas laborales.
Curiosamente, y esto es un inciso que habría que estudiar, los vietnamitas y los camboyanos, no sé sabe muy bien por qué, están plenamente integrados en la sociedad francesa.
Habría también que puntualizar que los árabes, que se suponen que son musulmanes, van mucho menos a las mezquitas de lo que van los franceses a las iglesias. Pero, como somos una sociedad solidaria, les construimos mezquitas, con lo cual favorecemos la aparición de musulmanes extremistas. La política francesa les quiere convertir en más musulmanes de lo que en realidad son.
Repito: En Francia la integración ha sido un fracaso. Y los jóvenes inmigrantes están realmente enfadados, como muchos jóvenes franceses, porque no pueden acceder a un puesto de trabajo; porque están desocializados, desclasados, no poseen ningún tipo de compromiso con la sociedad. También existe otra cuestión: en estas clases bajas, la diferencia de lo que les aporta el subsidio de desempleo y los sueldos, que se acercan al salario mínimo, es tan pequeña que optan por no trabajar.
¿Qué semejanzas existen entre la colonización y el imperialismo, según Lenin, el estadio supremo del capitalismo?
La colonización fue un movimiento reducido que gestionó la nobleza, ayudada por las monarquías, y que se movía por envío de grupos de personas, como un movimiento exterior que no afectaba a la metrópoli. Con el imperialismo, en cambio, la nación se convierte en el sostén. De hecho puede existir sin colonias. Como ocurre con los norteamericanos en el Caribe. Son, se podría decir, colonias sin bandera. No están presentes, pero se encuentran en los medios financieros, en el poder… Si bien, en Estados Unidos se ha producido un cambio, en Irak el Ejército apareció enarbolando su bandera, lo que no había hecho hasta ahora.
Lo que Schumpeter supo ver a principios del siglo XX es que se produce imperialismo cuando un Estado manifiesta una disposición a expandirse por la fuerza, sin límite alguno.Hoy, lo predominante, es el imperialismo de las multinacionales.
En la historia colonialista, ¿qué peso han tenido las religiones, las necesidades económicas o las ambiciones políticas?
Depende de las épocas. Pero, desde mi punto de vista, en un principio, los motivos religiosos fueron tan fuertes como los económicos y los políticos. Por ejemplo, Colón le explica a la reina Isabel que el dinero que consiga de sus conquistas servirá para recuperar Jerusalén, ésa era su obsesión, ligada a un mesianismo criptojudío. Hoy, esto suena a ilusión porque nuestra visión es exclusivamente economicista, pero en el siglo XVI las cosas eran bien distintas. No hay una balanza exacta para sopesar los motivos. Cuando Francia fue a Indochina, aunque sin duda existían intereses económicos, la principal razón era la de adquirir prestigio, un motivo exclusivamente imperialista. La Marina francesa quería estar al mismo nivel que la inglesa. Las rutas comerciales surgieron más adelante…
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En Canadá, en el siglo XVII, los franceses querían ocupar el territorio para arrebatárselo a los protestantes. Por su lado, el establecimiento de colonos rusos en Siberia es impulsado por los zares para multiplicar el número de contribuyentes y, en el caso de Inglaterra, ya desde la época de Humphrey Gilbert, en el siglo XVI, la finalidad principal era crear bases navales para el comercio y tierras para los colonos protestantes.
Se ha querido justificar el colonialismo en la supremacía de la raza blanca y de la cultura occidental. ¿Piensa que esta idea sigue imperante?
Uno de los rasgos estructurales del colonialismo fueron las actitudes racistas fundamentadas en una afirmación de desigualdad: existen razas no aptas para el progreso, por eso es mejor que desaparezcan. La trata de negros procede ya de los romanos y antes que ellos, de los fenicios y los cartagineses, pero los prejuicios aumentaron con la trata árabe en la Edad Media. En la gran época de los imperios islámicos, que comienza en el siglo X, millones de esclavos negros fueron llevados al mediterráneo y al océano Índico. La violencia de la colonización existió en el mundo otomano y en el árabe. No todo lo malo proviene de Occidente…
Hoy en día, sin embargo, el racismo interior dentro de cada uno de los Estados, es más fuerte que el racismo exterior. En Japón, por ejemplo, hay una clara actitud anti-coreana muy arraigada.
En cambio, en América del Sur, el racismo continúa siendo un motor político muy poderoso. Tal vez porque, en su independencia, hubo tres períodos: en primer lugar, el levantamiento de los colonos, en 1825, que pertenecían a la Corona; en segundo lugar, la emancipación de los criollos que ocuparon el gobierno y, sólo desde hace cinco años, la intervención de los indios en la vida política; tal y como está ocurriendo en Perú, en Ecuador, en Bolivia. La revuelta de los indígenas se está produciendo ahora; la independencia partió de los propios colonos españoles.
En la mayoría de los colonialismos se produjo un exterminio de la población autóctona. El libro se subtitula "del extermino al arrepentimiento". ¿Pero no parece que lo haya habido en casos como Australia, Estados Unidos y en España en donde aún hoy seguimos conmemorando el Descubrimiento?
El arrepentimiento no es total, pero sí se vislumbran visos, al menos. En Australia, por ejemplo, algunas personas se enorgullecen de sus ancestros aborígenes, igual que en Estados Unidos. Es un primer paso que, aunque no sea social es, al menos moral. Está claro que los norteamericanos están muy lejos del arrepentimiento en el caso de los indios. Al igual que, se les "olvida", que conquistaron tres Estados de Méjico en 1848: California, Nuevo Méjico y Arizona.
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Alguna vez se lo he mencionado y se escandalizan. Sin embargo, los mejicanos lo tienen bien presente, como el exterminio de indios por parte de los españoles. En Francia existe ahora ese arrepentimiento porque domina la ideología de los Derechos del Hombre y no tanto la de Estado-Nación. Los crímenes y los abusos siempre se justificaban por el bien de las colonias. En Francia, los manuales escolares de los dos primeros tercios del siglo XX contaban aún con entusiasmo cómo Bugeaud y Saint-Arnaud incendiaban los aduares en tiempos de la conquista de Argelia. Pero si el hecho de denunciar estos abusos ponía en entredicho la labor de Francia, entonces se negaba su existencia: mi gobierno se puede equivocar, mi país nunca.
África es el continente en el que confluyen todas las potencias colonizadoras. Es un continente totalmente esquilmado.
Cuando comenzó la independencia de la mayoría de los países africanos, años 60/70, hubo una idea predominante en los movimientos independentistas: que Europa había realizado un auténtico pillaje de sus recursos naturales. Eso era cierto, sin duda, pero una vez que consiguieron recuperar su libertad, la mayoría de la población abandonó sus monocultivos, sus pequeños ganados para explotar grandes plantaciones de café, algodón, etc.; con vistas a la exportación. Sin embargo, con la mundialización los productos de las materias primas rebajaron enormemente su precio, y se quedaron sin recursos para vivir. Entonces comenzaron los grandes flujos migratorios del campo a las ciudades. Ciudades que crecieron sin infraestructuras, sin servicios, sin trabajo… Esto les llevó a la emigración. La solución es que los países africanos desarrollen una producción interior que permita vivir a su población, tal como ha ocurrido en Mali. La solución no son las ayudas externas, porque éstas suelen caer en manos de sus dirigentes, la mayoría corruptos.
Incluso existen opiniones que defienden que a las colonias les fue mejor como tal que como naciones libres.Es cierto que tanto ingleses, como franceses, holandeses… mejoraron enormemente las infraestructuras de sus colonias (Nehru escribió que uno de los rasgos más notables de la dominación inglesa en la India es que los mayores males que ésta ha infligido al pueblo indio presentan exteriormente la apariencia de dones del cielo: vías férreas, telégrafo…), pero sólo porque les beneficiaban a los colonizadores. También es cierto que al lograr la independencia, muchos países han bajado el nivel de servicios y demás, pero esos países deseaban la libertad, era lo que les importaba, no ser más o menos prósperos. No querían seguir siendo dominados. Corea, Singapur, Taiwan, India, Arabia Saudí y otros países han sabido aprovechar, desde el punto de vista económico, su independencia.
Todavía existe la esclavitud, pero no parece preocupar ni a los Gobiernos ni a los Organismos Internacionales.Sí, la esclavitud existe aunque hace ya cien años que se abolió oficialmente. En 1962, Mauritania la declaró ilegal, pero ahí continúa. Sigue habiendo tráfico de personas.También continúa existiendo el colonialismo. No sólo en África negra, en donde, como antes he dicho, hay un colonialismo sin colonos, sino también en Europa y América. Por ejemplo, en París los que hacen los trabajos más duros son los mismos que en su día hacían los trabajos más duros en África. El colonialismo ha sobrevivido en las metrópolis. ---
«El islamismo extremo viene de la afrenta sufrida por el mundo árabe»El prestigioso historiador Marc Ferro presenta el ambicioso estudio 'El libro negro del colonialismo'
ANGEL VIVAS
MADRID.-
Tiene 81 años estupendamente llevados y pertenece al selecto grupo de historiadores franceses aglutinados en torno a la mítica revista Annales. De hecho, la dirigió a partir de 1970, junto con Jacques le Goff y Le Roi Ladurie, nombrados todos por el gran Fernand Braudel. Plenamente activo a la edad en que otros se dedican a la petanca, Marc Ferro nos dio hace pocos años una Historia de Francia (Cátedra) y ahora presenta El libro negro del colonialismo (La Esfera de los Libros), minuciosa obra colectiva que él ha dirigido. El subtítulo es revelador: Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento.
Habla con entusiasmo de su trabajo, o, como dijo Gil de Biedma, con la pasión que da el conocimiento. Lo primero, una precisión: el colonialismo es el lado oscuro de la colonización. Esta puede tener aspectos positivos; el colonialismo, no. Y para que nadie se llame a engaño, las primeras páginas del libro analiza tres exterminios, el de los indios del Caribe, el de los de América del Norte y el de los aborígenes australianos. Luego sigue con la trata de esclavos y los trabajos forzados. «Además, si lo hubiéramos titulado el libro rosa del colonialismo, usted no estaría aquí», dice Ferro con humor.
Más negro que rosa, el volumen, de más de mil páginas, da voz a los colonizados, trata el anticolonialismo y toca otros temas menos siniestros de la cuestión. Es una suerte de enciclopedia, un todo lo que usted siempre quiso saber sobre el colonialismo en el que están también las diferencias entre unos colonialismos y otros. «Por ejemplo, en Argelia había muchos médicos franceses y muy pocos médicos árabes. Sin embargo, los ingleses en la India, dada la gran cantidad de habitantes, sólo se ocupaban de ellos mismos y de los indios que trabajaban junto a ellos, para evitar que les contagiaran enfermedades. Hacia 1900-30, formaron a muchos médicos indios que luego pasaron a Inglaterra».
En el libro, como dice Ferro, se nacionaliza la colonización, se ve por países. Esa, sin embargo, no es la visión de los colonizados.Aparte de la diferencia terminológica (los colonizadores hablan de colonización; los colonizados, de colonialismo), estos últimos perciben el fenómeno de un modo global, se sintieron enjaulados y reaccionaron sin hacer distingos.
El caso de los árabes es claro, y eso nos lleva a un tema de actualidad. «Los árabes se preguntaron si no habían sido capaces de defenderse, y se dieron varias respuestas. La primera fue volver a encontrarse con las raíces del islam, cuando eran ellos los que dominaban a Occidente.
La segunda respuesta, crear Estados como los europeos; fue la respuesta nacionalista. La tercera fue la revolución islámica, de la que el mejor ejemplo fue Irán. Al fracasar todas, se plantean no modernizar el islam sino islamizar la modernidad. El islamismo extremo es el resultado de la afrenta que sufrió el mundo árabe».
Estamos en un terreno peligroso. Pero Marc Ferro es claro: no hay la menor justificación, explicar no es justificar. «El islamismo puede ser pacífico, pero también está claro que el islamismo radical está muy vinculado a sus antiguas metrópolis. En España, vienen de Marruecos; en el Reino Unido, de Pakistán; en Francia, de Argelia». Por otra parte, Ferro coincide con una opinión que va ganando terreno: no hay choque de civilizaciones, el choque es interno a las civilizaciones.
Si hay una cuestión ligada al colonialismo es la del racismo.¿Es éste una premisa de aquél? El historiador matiza. «En realidad, la colonización ha desarrollado el racismo. Se era menos racista en el siglo XVI que después. Eso se ve bien en la América española, donde había mucho mestizaje. En la India pasaba algo parecido; en el siglo XVIII, muchos oficiales ingleses se casaban con indias; luego, esos matrimonios se prohibieron y las indias pasaron a ser amantes. Luego desaparecieron también como amantes».
«El racismo fue creciendo», constata Marc Ferro. «Aunque recientemente ha disminuido. En Francia hay más matrimonios, proporcionalmente, con marroquíes que con portugueses. Y esto es aún más claro con los vietnamitas, que están totalmente integrados».
Otro caso que matiza mucho una visión simplista del colonialismo es el de las colonias españolas. «La independencia no se debió a los indígenas, sino a los criollos. No fue la independencia de las colonias, sino de los colonos; y los indios fueron aliados de la corona española contra los independentistas en los años 20 del siglo XIX», precisa el historiador.
Especialista en cine, es difícil no preguntarle a Marc Ferro por las películas coloniales. Cita una inmediatamente, La carga de la brigada ligera. ¿Y qué le parece La batalla de Argel? «Trata más de la guerra que del colonialismo. Pero quizá es la mejor película de ese tipo. Solamente tiene dos errores: no muestra la cantidad de árabes que querían ser franceses ni tampoco la gran solidaridad que existía en las granjas entre colonos y empleados, que compartían muchas cosas; solamente tenían dos barreras infranqueables, el sexo y que no había ningún poder político para los árabes».
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Marc FerroEl libro negro del colonialismoPRIMERAS PÁGINAS - INTRODUCCIÓN:
.Introducción:
"EL COLONIALISMO, REVERSO DE LA COLONIZACIÓN"
Marc Ferro
Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, los sobresaltos de Argelia, las manifestaciones de arrepentimiento que se produjeron en Francia, ¿no representan, acaso, el reflujo de los tiempos de la colonización, del colonialismo?
La actualidad del Libro negro se impone así, aun cuando, como se verá, la colonización no se reduce sólo a sus fechorías, y algunas de las que se le atribuyen no le son imputables. Por otra parte, es cierto, que otras fechorías han sobrevivido a la colonización.1
El colonialismo, ¿es un totalitarismo?
Que El libro negro del colonialismo deba formar pareja con El libro negro del comunismo2 es, por otro lado, una necesidad evidente. Sin embargo, los que trabajan sobre los regímenes totalitarios han leído a Hannah Arendt con un solo ojo, según parece. Así, no han debido de darse cuenta de que junto al nazismo y el comunismo la autora había incluido el imperialismo colonial.3
Efectivamente, entre estos tres regímenes hay un parentesco que ya había señalado el poeta antillano Aimé Césaire, al menos en lo que se refiere al nazismo y al colonialismo: «Lo que el muy cristiano burgués del siglo XX no perdona a Hitler no es el crimen como tal, no es la humillación del hombre como tal, es el crimen contra el hombre blanco [...] por haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas, que hasta entonces sólo se destinaban a los árabes, a los coolíes de la India y a los negros de África».4 En la conferencia de Durban, en 2001, ¿no se los ha considerado, acaso, crímenes contra la humanidad?5
Procedimientos «colonialistas», escribe Aimé Césaire, después de la II Guerra Mundial. De hecho, el colonizado habla menos de colonización que de colonialismo, término que ha llegado tardíamente al vocabulario y que se considera una forma peyorativa atribuida a la colonización, mientras que en su origen —al sustituir al colonismo— buscaba solamente legitimar la expansión ultramarina.
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Ahora bien, aunque es evidente que la colonización no se identifica completamente con el «colonialismo» —ya que, al menos, ha producido igualmente un discurso anticolonialista6—, el término «colonialismo» ha levantado el vuelo en solitario.
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En este último medio siglo, este término se ha apoderado de la totalidad del fenómeno —la colonización, sus excesos, su legitimación— pues, una vez finalizada la descolonización —término poco afortunado, eurocéntrico, que ignora el papel de los pueblos oprimidos en su propia liberación— se habla ya de neocolonialismo, expresión que sufre la competencia de otras, quizá más adecuadas a la realidad. Volveremos sobre ello.
Es evidente que lo que implica el colonialismo para aquellos que lo recuerdan hoy existía ya antes de que el término apareciese, pero su realidad ha sobrevivido a la colonización y a la «descolonización». En las metrópolis —Reino Unido, Francia, Rusia, etc.— el racismo, que es una de sus figuras, se ha extendido, y el contagio ha podido alcanzar, en ultramar, a los colonizados.
Además, después de las independencias ha nacido una nueva forma de explotación, especialmente en el África negra: el colonialismo sin colonos. ¿Cómo analizar y definir los numerosos conflictos surgidos desde el final de la colonización?7
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Para un primer acercamiento constatemos ya que el estudio del colonialismo puede tomar prestados sus instrumentos u observaciones al análisis de otras experiencias históricas, por ejemplo los regímenes totalitarios. En este último caso, junto a un Libro negro ya había aparecido un Libro rosa. Todos estos regímenes han sido objeto, simultáneamente, del mismo oprobio y del mismo elogio. En el caso de la URSS, recordémoslo, tan cercano a nosotros, qué relatos han podido hacer «los regresados de Moscú» del «paraíso soviético», este país encantado cuyos peregrinos volvían con un compromiso inquebrantable.
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Mientras tanto, otros peregrinos quedaban fascinados por los éxitos del fascismo o del nazismo en naciones en que se había reducido el desempleo, donde se habían realizado grandes obras públicas y «donde los trenes llegaban a la hora».Al mismo tiempo, estos regímenes eran objeto de violentas críticas, basadas en hechos, en hechos sangrientos, pero ¿quién quería oírlos?
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En el caso de la colonización, observaremos que su Libro negro precedió al Libro rosa. La primera Memoria de De las Casas data de 1540.
Sin embargo, poco a poco, el «colonismo» ha resultado vencedor, en nombre de Cristo, sobre la lucha contra la trata, en nombre de la civilización. Es cierto que sus argumentos eran alimentados por quienes se beneficiaban de la explotación de las colonias, en Bristol lo mismo que en Nantes o en Lisboa, siempre que, para legitimar su presencia en ultramar, no interviniesen los propios colonos.
La puesta en entredicho ha asumido varios aspectos. Entre otros, la ideología socialista, que no ha dejado de recordar los aspectos negativos de la colonización e incluso sus principios. Sus argumentos participaban de la sustancia del discurso marxista. Para que los profesores de historia lo conociesen bien y lo difundiesen, «era necesario constreñirlos con programas bien definidos», decía Lenin al historiador Pokróvski. «En estos programas deben fijarse los temas que les obligarán objetivamente a adoptar nuestro punto de vista; por ejemplo, incluyamos en el programa la historia de la colonización.
El tema les obligará a exponer su punto de vista burgués, es decir, lo que los franceses piensan del comportamiento de los ingleses en el mundo; lo que los ingleses piensan de los franceses; lo que los alemanes piensan de unos y otros. La propia literatura del tema les obligará a mencionar las atrocidades del capitalismo en general.» Dentro de esta tónica, después de la II Guerra Mundial, Jacques Arnault escribió un Procès du colonialisme [Proceso del colonialismo], en las ediciones de la Nouvelle Critique (1958).
Ahora que ha terminado el siglo XX, debido a un cambio de mentalidades relacionado con los dramas del siglo pasado, debido a la toma de conciencia de las violencias cometidas aquí y en otras partes, un sector de la opinión de las viejas naciones europeas ha hecho suya una ideología de los derechos del hombre que apuntaba hacia el conjunto de los crímenes cometidos en nombre del Estado rojo o pardo, del Estadonación y de las «victorias de la civilización».
Generosas en la denuncia de los crímenes del comunismo o del nazismo, estas sociedades occidentales fingen creer hoy, de buena gana, que los crímenes del colonialismo les han sido ocultados. Ahora bien, esta creencia es un mito, aun cuando algunos de los excesos cometidos hayan sido expurgados adecuadamente de la memoria común.
Así, en Francia, los manuales escolares de los dos primeros tercios del siglo XX nos contaban con qué entusiasmo Bugeaud y SaintArnaud incendiaban los aduares en tiempos de la conquista de Argelia, y cómo, en la India, durante la revuelta de los cipayos en 1857, los oficiales ingleses ataban a hindúes y musulmanes a la boca de sus cañones, cómo Pizarro ejecutó a Atahualpa Yupanqui, cómo Gallieni pasó a espada a los malgaches. Estas violencias eran conocidas y, respecto a Argelia, ya desde la época de Tocqueville.8
En Tonkín, los testigos vieron cien veces «cabezas clavadas en puntas de picas, que se renovaban continuamente», lo que se podía ver reproducido luego en las revistas de la metrópoli.9 El manual MaletIsaac, edición de 1953, escribía que después de la revuelta de la kabila en 1871 «la represión fue rápida y vigorosa, con ejecuciones, deportaciones de jefes, grandes multas y confiscación de tierras». El general Lapasset, a quien cita Ch.R. Ageron en 1972, consideraba ya en 1879 que «El abismo creado entre los colonos y los indígenas sería colmado un día u otro con cadáveres»10.
Todos estos sucesos eran conocidos y públicos, pero si el hecho de denunciarlos tenía por finalidad poner en entredicho la «labor de Francia», entonces se negaba su existencia: mi gobierno puede haberse equivocado, pero mi país siempre tiene razón... Interiorizada, esta convicción persiste, se alimenta de la autocensura de los ciudadanos y también de la censura de las autoridades, todavía hoy. Por ejemplo, ninguna película o emisión de televisión que «denuncie» los abusos cometidos en las colonias figura entre las cien primeras producciones del boxoffice o del índice de audiencia.11
Al otro lado del Atlántico se ha producido un cambio respecto al exterminio de los indios, y se han sucedido continuamente las películas del oeste como Flecha rota, de Delmer Daves (1950), film proindio y antirracista producido con anterioridad a los crímenes cometidos por la aviación estadounidense durante la guerra de Vietnam, que iban a perpetuar el cambio. Sin embargo, en la realidad esta toma de conciencia no ha modificado en absoluto la política de Washington en relación a las «reservas» indias. En Australia, la toma de conciencia, debida a la acción de los aborígenes y de los juristas, es aún más reciente, pero la «mayoría democrática» blanca se opone a que tenga efecto.
Todas estas constataciones requieren una perspectiva nueva en cuanto al papel de los principales actores de la Historia, tanto en la metrópoli como en las colonias, e incluso modificaciones cronológicas que la tradición acabó por establecer.
Hacia el año 2000, como consecuencia de testimonios provenientes de argelinos víctimas de torturas, militares de alta graduación, como los generales Massu y Aussaresses, reconocieron los hechos, aunque asociándolos a la lucha contra el terrorismo.12 Esos hechos, por otra parte, eran tan sabidos como otros, y ya durante la guerra de Argelia numerosas voces, como la de Bonnaud, por ejemplo —lo mismo que hoy, en Rusia, ante los excesos cometidos en Chechenia—, se habían alzado para estigmatizar actos que las autoridades militares niegan o negaban. Ahora bien, al tratarse de departamentos de Argelia, ya se practicaban sevicias contra los nacionalistas mucho antes de que estallase la guerra, sobre todo por parte de la policía.
Notas:
1 Véase infra el cuadro de testimonios, que los enumera.2 Christian Courtois (coord.), Le livre noir du communisme, 2ª edic., Robert Laffont, París, 2000.3 Hannah Arendt, Les origines du totalitarisme. L'impérialisme, Fayard, París, 1997 [ed. cast.: Los orígenes del totalitarismo, trad. Guillermo Solana, Taurus, Madrid, 1998]. 4 Aimé Césaire, Discours sur le colonialisme, Présence Africaine, París, 1955.5 Véase infra el trabajo de Nadja Vuckovi ´c, «Qui demande des réparations et pour quels crimes?» 6 Véase más adelante el trabajo de Marcel Merle, «El anticolonialismo».7 Aunque el término colonialismo no se ha aplicado a la colonización árabe, hablaremos de ella en esta obra; véase infra el trabajo «Sobre la trata y la esclavitud». 8 Tocqueville, De la colonie en Algérie, 1847, Bruselas, reedic. Complexe, 1988.9 Sobre la imaginería colonial, véase Images et colonies, N. Bancel, P. Blanchard, L. Gervereau (compils.), BDIC, Nanterre, 1993.10 Ch.R. Ageron, Politiques coloniales au Maghreb, PUF, París, 1973, p. 229.11 Béatrice FleuryVillate, La Mémoire télévisuelle de la guerre d'Algérie, L'Harmattan, París, 1992.
*Doy las gracias a los demás autores de esta obra, a quienes he dado a leer esta introducción y me han sugerido correcciones útiles.
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